“La destrucción de libros continúa en la era digital”: Fernando Báez

Ese hecho escandaloso que los especialistas han dado en llamar bibliocaustos tiene una historia tan larga como la de la intolerancia y la censura.
Fernando Báez (San Félix de Guayana, 1947) es bibliotecólogo, novelista y ensayista.
Fernando Báez (San Félix de Guayana, 1947) es bibliotecólogo, novelista y ensayista. (Especial)

Ciudad de México

En 2004, Fernando Báez publicó Historia universal de la destrucción de libros, “una obra magistral y aterradora”, como la llamó Alberto Manguel.

Diez años después, presenta Nueva Historia universal de la destrucción de libros (Océano, 2014) en la que amplía y actualiza los datos sobre ese atentado a la memoria que es el exterminio de textos —algunos de ellos únicos— por obra del tiempo, de los accidentes, de la naturaleza (las inundaciones, los terremotos, las plagas, etcétera), pero sobre todo de la acción deliberada del hombre.

Los primeros libros —dice Báez— aparecieron en Súmer, Mesopotamia, en el actual sur de Iraq, alrededor de 3 mil años a. C. Ahí también comenzaron los atentados en su contra, que desde entonces han sido incesantes. En esa misma región, en la mítica Bagdad, en pleno siglo XXI se cometió uno de los mayores bibliocaustos de la historia.

Tras la toma de ciudad por las tropas estadunidenses en la segunda Guerra del Golfo Pérsico, los centros culturales fueron saqueados y arrasados por una muchedumbre enloquecida, ante la indiferencia de los invasores. “El 14 de abril [de 2003] se quemaron un millón de libros en la Biblioteca Nacional. También ardió el Archivo Nacional, con más de diez millones de registros del periodo republicano y otomano, y en lo días sucesivos esta situación se repitió con la biblioteca de la Universidad de Bagdad, la biblioteca de Awqaf y decenas de bibliotecas universitarias en Iraq”, dice el especialista venezolano.

En su investigación, Báez documenta la labor de los enemigos del libro en diferentes épocas. Habla del odio a la memoria escrita propalado por regímenes totalitarios, de la intolerancia que desemboca en censura, del miedo que ha alimentado las hogueras, de la paradoja de que muchos biblioclastas hayan sido al mismo tiempo lectores devotos, como Joseph Goebbels, quien en 1933 incitó en la Alemania nazi una quema de libros sin precedente.

En entrevista por correo electrónico, Fernando Báez se refiere a los libros perdidos que le hubiera gustado leer y, entre otros temas, alude a los códices arrasados durante la conquista de México y habla de la destrucción de libros en la época del ciberespacio, cuando un CD es capaz de albergar una biblioteca entera.

Hábleme de Los enemigos del libro, volumen que encontró en la biblioteca de su abuelo y que de alguna manera marcó su camino.

Esta pregunta me trae muchos buenos recuerdos. Yo me crié en una biblioteca pública en mi pueblo natal, en San Félix de Guayana en Venezuela, una biblioteca de provincia que desapareció en una inundación, de modo que cuando recibí algunos de los libros que dejó mi abuelo me sorprendió encontrar un ejemplar de Los enemigos de los libros (1888) de William Blades, en inglés. Es uno de los grandes antecedentes, nunca lo he encontrado en español.

Esa obra me tocó muy de cerca porque supe que existían nada menos que enemigos de los libros, los objetos que aprendí a venerar desde niño, y que entre esos enemigos estaban desde el ser humano hasta los desastres naturales, insectos, hongos y toda clase de catástrofes. Fue entonces que entendí que tenía un tema entre manos hasta que lo escribí, porque así pasa con ciertas obras, y es que uno las escribe para hacer un motín contra el olvido que predomina en toda vida y toda historia.

Una pregunta que puede parecerle extraña: ¿nunca ha sentido el deseo de destruir un libro; por ejemplo, Mi lucha, de Adolfo Hitler, o todos aquellos que propagan el odio?

No. Como investigador, es necesario estudiar esa mentalidad de odio que lleva a los genocidas a justificarse con programas ideológicos de purificación y biblioclastia. Es como estudiar a asesinos seriales: no necesita uno convertirse en uno de ellos para entender la sociopatía que domina esa actitud.

He llegado al punto de compartir este tema con alumnos que son psiquiatras y neurólogos para ir más allá a la hora de proponer una teoría del bibliocausto, indagar en esa perspectiva mental sobre cómo funciona la identidad de quienes atacan libros o bibliotecas, símbolos culturales, como método de vaciar contenidos para poder conducir con mayor tranquilidad a grupos o pueblos.

En su investigación habla de biblioclastas que, sin embargo, fueron grandes lectores. ¿Cómo explica esta contradicción?


Es una paradoja más que una contradicción. La ortodoxia por un libro o un programa político de un lector fanático que considera intocable o sagrado su contenido produce una necesidad de reafirmación destructiva contra el pensamiento alternativo o definido como contrario. Timothy W.

Ryback escribió Los libros del Gran Dictador para estudiar la biblioteca de Hitler que hoy permanece en la sede de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, y descubrió que el psicópata era un ávido lector de Thomas Carlyle, Fichte y Karl May, pero eso no impidió que autorizara a Joseph Goebbels, su ministro de Propaganda, un filólogo admirador de Nietzsche, para que organizara con profesores y alumnos de las mejores universidades de Alemania quemas de libros en Berlín y en las principales ciudades del país. Aconsejado por un filósofo de la escuela legalista, el primer emperador chino ordenó quemar todos los libros que existían para que la historia comenzara con su reinado. Es un esquema terrible.

En México, fray Juan de Zumárraga quemó miles de códices, pero introdujo la imprenta. Diego de Landa hizo lo mismo en el sureste, pero escribió Relación de las cosas de Yucatán. ¿Qué piensa de estos personajes?

Hablé extensamente sobre este tema en El saqueo cultural de América Latina. Ambos personajes atacaron la memoria de pueblos a los que querían evangelizar, adoctrinar y suplantar sus símbolos por una nueva lengua, una nueva religión y una nueva cultura. La Inquisición no estaba conformada por ignorantes: había lectores que conocían muy bien los libros que quemaban y por qué actuaban. Tenían incluso un índice con los libros prohibidos. Y su programa se mide hoy por las consecuencias: hablamos español, la mayoría es cristiana, y el Papa es argentino. Falta un Papa mexicano para que el éxito de la transculturación y colonización del siglo XVI hasta el presente sea total.

Usted escribe: “El libro es el que da volumen a la memoria humana”. Y luego: “No hay identidad sin memoria”. ¿Está en peligro nuestra memoria cuando usted dice que a cada minuto se destruye cuando menos un libro en el mundo?

En un fragmento del sacerdote babilonio Beroso hay constancia de un mito según el cual la primera ciudad del mundo se llamó Pantibiblon o Todos los Libros y que fue arrasada por el diluvio. Es un hecho histórico que somos lo que recordamos que somos. Nuestra identidad no es lógica o matemática, funciona desde la dimensión dinámica del recuerdo. La destrucción de libros ataca ese poderoso vínculo porque de 1.5 millones de especies descritas por biólogos somos la única especie que escribe y hace libros en los que exponemos nuestras respuestas ante los grandes enigmas del azar y de la vida. Hay un libro que también publiqué en esta amada tierra de México titulado Las maravillas perdidas del mundo en el cual explicaba que si revisamos la evolución humana hasta nuestros días encontraremos que es 99% prehistoria y apenas 1% de historia escrita. El salto de la memoria oral a la memoria transmitida por diversos soportes es muy frágil.

Cuando trato de entender los problemas de un país como México, pienso mucho en la terrible mutilación de su memoria, y parto de ese principio porque allí está la base de numerosas contradicciones, desigualdades, autoritarismosy desencuentros.

¿Qué piensa de la censura, punto de partida de la destrucción de libros en diferentes épocas?

En general, ese tema no lo asumo solo como escritor sino como activista radical contra la censura. La censura es una acción de veto, exclusión, prohibición de todo discurso o pensamiento que contradiga la ortodoxia de un grupo, corporación o Estado. La ejercen funcionarios o gerentes, la ejecutan en general con un aire de superioridad moral cuyo objetivo es desmoralizar, desmotivar y silenciar una opinión que ponga en peligro sus intereses. Desde Mesopotamia hasta el siglo XXI ha existido una censura ininterrumpida por razones religiosas, políticas, morales, sociales, étnicas. Al igual que operaba la Damnatio memoriae de los romanos, en la censura hay fases: exclusión, restricción, omisión, condena, eliminación, quema o desaparición del soporte escrito, y si no pueden controlar o sobornar al autor lo acusan de falsos delitos o lo asesinan. Cualquier periodista en México que se dedique al periodismo de investigación podrá comprobar fácilmente que tocar los intereses del poder te deja en libertad condicional de inmediato.

Hábleme de la censura en tiempos del ciberespacio.

Gracias a William Binney, Thomas Drake, Edward Snowden, disidentes del sistema de espionaje corporativo de Estados Unidos, sabemos muchas cosas, aunque también disidentes de China y Rusia proporcionan datos interesantes. La censura simula ser un factor estadístico. Una vez revisado el patrón de un ciudadano, su perfil como lector, como consumidor, como usuario en un buscador como Google o Bing, el tiempo que dedica a conectarse y el tiempo que pasa desconectado, la localización de sus conexiones, sus mensajes clasificados si escribe en su lengua nativa que puede ser inglés o árabe (con todos los dialectos existentes desde Yemen hasta Egipto); una vez que se enlazan incluso factores al azar, se produce una conclusión que permite a un analista determinar si se trata de una pista, un indicio sobre quién es y cómo piensa ese ciudadano. Puede decir que si lee en línea The Guardian y además ha descargado

El Corán tal vez su nombre debe ser ingresado a una lista de probabilidades: la Policía del Pensamiento de Orwell en versión 2.0. Hoy se confunden incluso la censura estatal y corporativa porque las grandes corporaciones hacen negocios debido a sus contactos dentro del Estado. Una censura con software de monitoreo que es capaz de revisar Pc, Laptop, Smartphones, indagar en la Big Data que se ha formado.

¿Qué peligros aguardan a los libros en esta época de revolución digital?

Hay revoluciones tecnológicas en marcha, que sufren la intermediación de la inteligencia económica, y trastornan la veracidad de un proceso inevitable de evolución. El libro electrónico es un ejemplo, originado de una asombrosa coincidencia de logros y actualmente vigilado, reducido al formato de dispositivos de las corporaciones que sabrán cuándo, qué y cómo lees, qué subrayas, qué no te gusta, cuántos clic haces en una librería virtual, y el libro indeseable será estigmatizado no por su condición crítica sino porque no vende, y entonces la herejía será totalitaria al negar cualquier postulado adverso a la transformación y condicionado, además, por su supervisión no confesa.

¿La sobreoferta de títulos es un peligro? ¿Qué piensa de la frase “los demasiados libros” de Gabriel Zaid?


Grande Gabriel Zaid, un maestro del ensayo como Alfonso Reyes o Paz. Yo creo que la idea aplica a una reflexión de Séneca que comentaba la quema de libros en un depósito de Alejandría y se asombraba por tantos libros destruidos porque el estoico creía que bastaba con pocos libros para tener una gran biblioteca. El peligro no es la sobreofertade títulos, sino la escasez de editores independientes. Los planes de lectura parecen copiados unos de otros y no están funcionando; el apoyo de los políticos al mundo del libro es nulo. Las ferias de libros se han transformado en feudos de mafias culturales que promueven a autores que ya no interesan a los jóvenes. Las cadenas de librerías corporativas han perdido la innovación, han ignorado al librero, que es el mejor aliado del libro. Conozco casos de corporaciones que adquieren editoriales para integrarlas en sus grupos multimedia con la finalidad de dirigir por completo la opinión pública.

Usted dice que cuando alguien destruye un disco compacto en el que se almacenan cientos o miles de títulos se destruye una biblioteca entera. Sin embargo, ¿es posible comparar esta destrucción de bibliotecas electrónicas que pueden ser repuestas una y otra vez con la de las bibliotecas con libros de papel?

El libro digital tiene las mismas oportunidades que nosotros como especie ante los desastres naturales que provocará el cambio climático global. No siempre se puede aplicar la reposición digital, no hay garantías de supervivencia en un planeta en el que ocurrirán alteraciones de toda la infraestructura crítica energética que permite la ampliación de las redes. Eso por una parte. Lo otro es que hoy la ciberguerra clonó el esquema de guerras convencionales para superarlo y es capaz de anular con malwarelas fuentes de cualquier repositorio digital. Vivimos en los tiempos de Stuxnet, aunque poca gente sepalo que está pasando. Si supieran lo que he logrado investigar en estos últimos meses, se asombrarían de lo vulnerable que es el libro digital en el ciberespacio, donde cada vez tienes más velocidad y menos privacidad, más interacción y menos protección, más latifundios informativos y más posibilidades de ser manipulado.

Entre tantos miles o millones de libros destruidos a través de la historia, ¿podría mencionarme cinco que le hubiera gustado leer?

·Los diálogos de Aristóteles, cuyos fragmentos sobrevivientes traduje al castellano, y la segunda parte de la Poética.

·La historia de Escitia de Dexipo de Atenas, que vio en una pesadilla el erudito bizantino Juan Tzetzés, quien detestaba su pobreza porque no le permitía comprar libros.

·Sobre las bibliotecas de Marco Terencio Varrón.

·El tomo perdido sobre literatura que formaba parte de la Enciclopedia Yung-lo Ta-tien de China, quemada en 1900. La Enciclopedia... tenía 22 mil 937 fichas sobre temas muy diversos.

·El manuscrito de Avicena destruido en Bagdad en 2003.