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Martes , 16.10.2018 / 01:41 Hoy

Destino: la gayola

A fuego lento


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El registro sumiso de la realidad —la misma que comenzó a padecer la ciudad de Chihuahua en el tiempo en que los cárteles de la droga practicaban todavía una violencia soterrada y los cuerpos de mujeres asesinadas transformaban a Ciudad Juárez en una enorme fosa común— es la consigna que guía el curso de Matagatos. La novela toma el nombre de uno de sus personajes, un ex oficial del ejército, también ex policía —Gilberto Torres—, un psicópata que viola y despedaza niños como si fueran piezas intercambiables. Importa muy poco si este personaje representa un número en algún expediente policiaco o si surgió de la invención; importa, sobre todo, que sirve al propósito de señalar un estado de cosas. Nos hallamos, de este modo, ante otro fruto de la indignación política y social. La literatura se ha ido a otra parte.

Junto a este asesino de perfil bajo, un grupo de niños juega a iniciarse en la libertad y el sexo: apenas tienen edad para vencer sus miedos pero ya piensan en abandonar la casa familiar y bastarse a sí mismos. Son incondicionales, medio salvajes y toscos, unidos porque comparten el mismo origen infortunado hasta que sobreviene la muerte del más precoz, asesinado a tiros en las faldas de un cerro. La novela comienza justamente en este punto, que introduce una atmósfera de abandono e impunidad. Pero una vez que conocemos al psicópata que pasa los días a las puertas de su casa, empalando gatos a los que cuelga sobre el muro de su jardín o vagando por el vecindario en su automóvil, el empuje inicial se consume. Ya que no tiene sorpresas ni profundidades que ofrecer, la novela se concentra en describir un ambiente ingrato donde el futuro se anuncia como una carrera en la policía judicial o un embarazo a los quince años. Llegamos pues a la sociología con aspiraciones narrativas.

El lector no debe recibir favores bajo ninguna circunstancia. No debería ser informado, no en una novela, de que “Una pequeña guerra entre narcotraficantes, la primera de muchas, explotó en las calles de Juárez y la vida se hizo insufrible. Mutilados, decapitados, coches bomba: mensajes redactados con cuerpos humanos”; ni de que “Vivimos en una sociedad que dice que debemos esforzarnos y prosperar individualmente, que no es conveniente meterse donde no te llaman”. Eso suena muy bien para un boletín de alguna ONG o para la escuela parroquial. No debería ocupar el lugar de la ironía y la ambigüedad novelísticas a menos, claro, que se quiera confeccionar un producto destinado al público que abarrota la gayola: su aprobación siempre estará asegurada.

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