Para despeinarse las cejas

Comenzaré con una confesión: no sé durante cuántos años figuró en mi librero un libro de Sigmund Freud que se llamaba El chiste y su relación con el inconsciente. 
Ana García Bergua
(Paola García)

Ciudad de México

Comenzaré con una confesión: no sé durante cuántos años figuró en mi librero un libro de Sigmund Freud que se llamaba El chiste y su relación con el inconsciente. Sé que lo adquirí cuando era bastante joven, esperando ingenuamente que fuera un libro a la vez sesudo y gracioso, un libro de chistes con ejemplos que me hiciera saber por qué da risa lo que da risa. Si lo llegué a leer, probablemente no entendí nada (tenía como quince años y muchas pretensiones intelectuales) y si lo hice, lo olvidé por completo, gracias a Dios. De lo que estoy segura es de que no traía chistes. De hecho, cuando José Luis Martínez S. me pidió este texto, sentí la tentación de buscarlo en una librería, pero no estoy segura de que me haga bien. Tengo la impresión de que me sentía culpable —cosa muy freudiana— de querer leer chistes y entonces un análisis del subconsciente (¡y el subconsciente, válgame Krishnamurti!) le podía dar cierto allure a las ganas de carcajearse.

Debo decir también que junto a ese libro de Freud tenía los libros de Cortázar, especialmente las historias de cronopios y famas, que me gustaban muchísimo, y aquel cuento del hombre que vomitaba conejitos. En realidad, quería leer chistes. En realidad, desde niña leía muchísimas caricaturas: Charlie Brown y Astérix y Obélix, más todos los monitos que traían los periódicos los domingos, que eran una gloria, y además leía a Mark Twain y a Dickens, y más tarde a Ibargüengoitia y a Tito Monterroso con fruición. Adoro las películas de los hermanos Marx, las de Laurel y Hardy, Buster Keaton, Tin Tan y Woody Allen, y los sitcoms que ya casi no hacen, con todo y la risa pregrabada. Pero no es solo que me gusten en medio de otras cosas, es que de verdad adoro lo que hace reír. Y siempre he leído las revistas comenzando por la parte de atrás, generalmente la que trae los chistes. Yo no sé si eso formó un sentido del humor, pero quizá, sí, un temperamento proclive al pitorreo que, lo sé, no siempre es bueno para la salud y lo hace a uno decir barbaridades en medio de las tragedias y los dramas.

Todo esto es, en parte, culpa de mi padre (después de todo, lo de Freud no era tan descabellado), quien por cierto me traía con singular devoción y diligencia los libros de Charlie Brown (hasta se los robaba en el Sanborns de Lafragua, debajo de las oficinas de Barbachano donde trabajaba, porque nunca llegaban a atenderlo); quizá porque había encontrado en esta hija un buen pretexto para leerlos, o porque hallaba en sus hijos un campo abierto a la inoculación del humor (de hecho, mis hermanas Alicia y Amanda lo comparten también). Y es que mi papá, Emilio García Riera, era un hombre muy gracioso, incluso cuando quería ser serio. De hecho, cuando estaba muy serio se despeinaba las cejas para parecerse a Groucho Marx y regresaba a ese talante humorístico que todos le festejábamos. Mi papá fue el hombre que descubrió que la letra del himno mexicano y la de la canción “Dónde vas con mantón de Manila” de la zarzuela La verbena de la Paloma tienen una métrica rigurosamente idéntica. De manera que uno puede cantar la tonada de Jaime Nunó con la letra de La verbena… o bien la de la zarzuela con esos versos aguerridos de González Bocanegra que los mexicanos nunca terminaremos de agradecer. Y de paso, actuar cada canción en el tono que le corresponde. Por cantar esa clase de descubrimientos en lugares públicos, con los comensales muertos de la risa, mi papá se metía en problemas. Una vez, de hecho, estaba en un bar (no sé si el afamado Bar León) y tuvo la mala suerte de que lo escuchara un militar sentado a otra mesa, el cual lo encaró por andarse burlando del himno nacional. Mi papá, entonces, para defenderse, le ofreció sentida disculpa y le aclaró que él no era mexicano, sino de Costa Rica. Seguramente intuía que el odio a los españoles tan acendrado en nuestro país no ayudaría mucho si confesaba su verdadero origen. ¿Ah, sí? —contestó el militar—. A ver, cánteme el himno de Costa Rica. Yo creo que mi papá fue la única persona sobre la Tierra que se vio obligada a inventar un himno de Costa Rica para salvar el pellejo y evitar que le aplicaran el 33, no digamos ya unos trancazos bastante dolorosos. Papá siempre temía un poco al 33, es decir, al artículo de la Constitución mediante el cual México puede expulsar a los extranjeros que intervengan en política o desacaten los símbolos patrios (esto segundo no lo sé, lo estoy inventando). El hecho es que fabricaba chistes literales y canciones a cada rato y se metía en problemas no solo con la solemnidad nacional, sino con la de todos los países, incluido el propio. En eso, admiraba mucho a Estados Unidos por sus cómicos que se burlan de todo, presidente incluido, sin mayores represalias y, de hecho, el episodio del himno de Costa Rica tiene una cosa muy cinematográfica, como de película de Lubitsch. La libertad en el humor le parecía muy saludable y a mí también. Y debo decir también que mi papá era capaz de llamarnos de larga distancia a mi hermana Alicia y a mí desde Guadalajara solo para contarnos un chiste que lo tenía entusiasmado. Él inventó un bolero que se llamaba “Chantaje sentimental” y empezaba: “No sabes cuánto me hieres con esas palabras…”. Con dos tequilas o su equivalente en copas de vino, se lo puedo cantar a quien le interese. Ah, y por cierto: al parecer el himno de Costa Rica inventado por papá resultó muy convincente, pues salió ileso del episodio. Muchas de estas anécdotas salen en su espléndida autobiografía El cine es mejor que la vida, que es conmovedora, y los personajes de sus novelas cuentan sus chistes, lo cual no siempre es bueno para la novela, pero qué le vamos a hacer.

El lector ya se imaginará, entonces, que mi propio sentido del humor proviene en gran medida del de mi papá, una especie de talante dispuesto a la risa que es muy liberador y que considero su mejor herencia. Por lo demás, mi sentido del humor es muy distinto, creo, y siento que está más relacionado con cierta mirada de sesgo más bien pesimista sobre la realidad. Hace poco leí citada una frase de Jorge Ibargüengoitia que decía así: “El humor es una manera peculiar y ligeramente oblicua de percibir las cosas. Como el daltonismo, es algo que afecta permanentemente la visión del individuo, no unas gafas que uno se quita y pone a voluntad” (Ideas en venta). Me parece una descripción de lo más acertada. No es que uno se proponga ser chistoso, sino que toda cosa que formule pasará por ese tamiz tan lleno de reservas sobre la realidad. Entre los escritores mexicanos actuales, reconozco este rasgo cuando leo, por ejemplo, a Rafael Pérez Gay o a Antonio Ortuño. Si el querido Jorge F. Hernández escribiera las cosas que dice, además de las que escribe, el mundo sería un lugar mucho mejor para más gente. También creo que la mirada humorística proviene de una melancolía profunda o, como decía, de un enorme pesimismo —mismos que padezco—, a los que se opone una alegría desbocada o una acidez, por decirlo así, digestiva: hay tragos que solo se pasan riendo. Y no es algo deliberado, es más, creo que he escrito personalmente algunas cosas serias. Hace poco, platicaba con Ana Clavel de los encasillamientos: a mi tocaya no le acababa de convencer el que la definieran como una escritora de textos eróticos y tiene razón, en su literatura hay muchísimo más que erotismo. Por mi parte, siento un poco de inmenso terror cuando se me cataloga como humorista, porque ahora estoy obligada a ser chistosa, cueste lo que cueste, aunque espero que esta petición no incluya los temblores y los incendios, que me ponen muy seria. Lo comprobé hace poco, al platicar con amigos sobre la novela que estoy escribiendo: ¿y es así de divertida y fársica como las otras?, me preguntaron. Chin, exclamé para mis adentros mientras oía cómo me preguntaba a su vez un diablo maligno: ¿y si no? Pero aquí llegamos al borde en el que este tema se convierte en otro; mejor dejémoslo ahí. Lo bueno es que uno siempre puede despeinarse las cejas.