El deseo, la agonía y el ridículo

Philip Roth lanza un dardo certero en la crítica que George O'Hearn le hace a su amigo David Kepesh en El animal moribundo
Los paisajes invisibles
Los paisajes invisibles (Laberinto )

Ciudad de México

Philip Roth lanza un dardo certero en la crítica que George O'Hearn le hace a su amigo David Kepesh en El animal moribundo: "El apego es ruinoso y es tu enemigo. Joseph Conrad: quien forma un vínculo está perdido." O'Hearn se refiere al apasionado, desternillante amor de Kepesh por Consuelo Castillo, una cubana casi cincuenta años más joven que él y su alumna en la universidad, el campus como metafórica isla terrestre que para ciertos hombres sin el talento de Odiseo ilustra al Hades en que creen conjurar la soledad y redimir su inteligencia y atractivo, ah, los catedráticos novelescos, seres que se hermanan con el Don Juan de Byron, pensemos en el trágico David Lurie de Desgracia de J.M. Coetzee o en el no menos insensato Chip Lambert de Las correcciones de Jonathan Franzen, un profesor enamorado es una bestezuela confundida, aunque a Philip Roth el personaje de David Kepesh le sirve para reflexionar sobre el derecho a la locura y el orgasmo de un hombre en la edad crepuscular, tampoco algo excepcional, así observó Coetzee la patética exhibición de un viejo enamorado:

"Tal vez los jóvenes tengan todo el derecho del mundo a vivir protegidos del espectáculo que dan sus mayores cuando están inmersos en los espasmos de la pasión. A fin de cuentas, para eso están las putas: para hacer de tripas corazón y aguantar los momentos de éxtasis de los que ya no tienen derecho al amor" pero volviendo al tema, en El animal moribundo Philip Roth puso sobre la mesa ciertas cartas que blandiría años después en otro libro, Humillación, la historia del actor sexagenario Simon Axler quien contra su voluntad, terminará haciendo el ridículo en el escenario de la vida y no del teatro que precisamente por el horror a las interpretaciones vergonzosas, abandonó en definitiva.

Retirado, con ímpetus suicidas y en un exilio provinciano, Axler cree recuperar la energía en los brazos de Pegeen Stapleford, hija de sus antiguos amigos Asa y Carol, también actores pero de poca monta y mucho menos fama que la que él pudo alcanzar.

Más de veinte años separan a Simon Axler de la joven Pegeen, mucho más si se toma en cuenta que ella es lesbiana y su infatuación tal vez se deba a la emoción que provocan las caricias no exploradas, el caso es que Axler encarna su peor papel, el del anciano lujurioso, maniaco y transgresor que pierde el juego cuando establece un vínculo con su huidiza, impredecible amante. El afecto es ruinoso; el cariño un enemigo cruel.

Efectivamente, Simon Axler, como David Kepesh, caerá en su propia trampa elaborada por el sexo contaminado con amor, por la obsesión del éxtasis en medio de la agonía y la idea fija de una extravagante permanencia y así, Roth plantea una ecuación zoológica: hay hombres que suelen escalar el cuerpo femenino para morir allí, el espejismo es la entrega imposible y la caída el abrazo interrumpido.

El hombre es un animal que si pudiera elegir, optaría por extinguirse en el destello fugaz, la descarga de sí mismo entre unas piernas, aunque el ridículo persista: Kepesh asume su papel de marioneta de Consuelo, Axler se da un escopetazo cuando Pegeen lo cambia por una chica, la ridiculez consiste en la renuncia a la libertad de dejarse oscurecer completamente solo.