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Viernes , 17.08.2018 / 05:02 Hoy

Desear el deseo del otro

Desde su primer libro, "Mentira romántica y verdad novelesca", Girard desmenuzó la estructura del deseo.

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El pasado 4 de noviembre murió René Girard, uno de los pensadores más originales de las últimas décadas. Desde su primer libro, Mentira romántica y verdad novelesca, Girard desmenuzó la estructura del deseo: contrario a la idea de un deseo “romántico”, espontáneo, mediante el cual los héroes literarios (y los seres humanos reales) orientan sus acciones movidos por la espontaneidad de anhelos elevados, postuló la “verdad novelesca”: que el deseo es siempre triangular, mimético, pues se desea aquello que en primera instancia desea alguien más. De este modo, la envidia (desear lo que tiene el otro) es el verdadero motor inmóvil, y su efecto corrosivo se neutraliza por lo general, primero a partir de aceptarla como tal y, después, dirá Girard, al elegir como modelo para orientar nuestro deseo a un agente externo, lejano, que sirva de paradigma para nuestros actos sin los conflictos fraternales que suele suscitar la competencia con seres cercanos.

Así, el Quijote no compite con caballeros andantes reales, sino que al tratar de emularlos (principalmente a Amadís de Gaula), al desear ser aquello que ellos antes que él desearon ser, recorre un camino propio cuya singularidad lo convierte en uno de los personajes literarios más celebres de la historia.

En cambio, en nuestra actualidad, al vivir bajo un sistema de creencias abiertamente basado en la competencia y en el deseo de aventajar al prójimo de todas las maneras posibles (condensado en la famosa frase de Gordon Gecko en la película Wall Street: “Greed is good”), hemos producido sociedades envidiosas, pobladas por individuos ansiosos, que difícilmente se contentarán con lo que tienen, pues siempre existe un vecino o colega con un mejor coche, una mujer más guapa, un trabajo más creativo, etc. De esta manera, a partir de la intuición girardiana, es posible darse cuenta de que bajo el paradigma de la acumulación incesante el asunto no es nunca la meta (¿cuánto dinero necesitaría tener Carlos Slim para decir “Suficiente, no necesito más”?), sino la perpetuación del mecanismo del deseo, como un blanco en eterno movimiento que entre más veces fuera alcanzado por las flechas disparadas en su dirección se moviera hacia distancias más lejanas.

Por fortuna, gracias a las nuevas tecnologías no necesitamos adivinar qué desean los otros, para a su vez saber qué debemos desear nosotros (principio elemental de la publicidad, por ejemplo), sino que nos encontramos inundados de páginas web que califican y clasifican todo tipo de productos y servicios, a partir de la (in)satisfacción experimentada por ese tirano implacable conocido como usuario. De ese modo, podemos utilizarlas como inmejorable guía para saber que quizá no deseamos lo mejor ni lo más bonito, pero al menos tenemos la certeza de estar deseando exactamente lo mismo que todos los demás.

Larga vida a las obras magistrales de René Girard.

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