La desdicha de ser invisible:Ralph Ellison

El 1 de marzo fue el centenario del nacimiento del autor estadunidense, quien reflexionó sobre el racismo en una única y célebre novela.
Ellison
Ellison (Especial)

Ciudad de México

Los pioneros de la literatura norteamericana escrita por negros fueron Richard Wright y, más tarde, James Baldwin: rompiendo las barreras de su negritud lograron publicar sus libros en editoriales de blancos, lo que no es poca cosa si se entiende que en su tiempo la segregación racial era cosa común en Estados Unidos. El primero de ellos, Wright, conoció e impulsó a un joven músico con pretensiones literarias, Ralph Ellison, quien habría de convertirse en la figura mayor de su generación y las posteriores. Su novela El hombre invisible es considerada por especialistas como la mejor de la posguerra y una de las más brillantes de la producción estadunidense de todos los tiempos.

Quienes piensan así tienen mucho de razón, porque se trata de un ejercicio narrativo de aliento mayor sustentado en reflexiones de peso enorme, a partir sobre todo de ideas en torno a la condición de ser negro en un país segregacionista. El personaje principal, y narrador, es un veinteañero de color, innominado, que mira y padece los estragos de ser un tipo inferior en una población del sur estadunidense. No obstante, asiste a la universidad y tiene contacto con su máximo dirigente, a quien sirve de manera incondicional, hasta que comete un pecado mayor (llevar a un burdel a uno de los patrocinadores más importantes de la escuela), y eso hace que lo despidan; su jefe, también negro, le sugiere marcharse a Nueva York, y le da falsas cartas de recomendación: en realidad se trataba de deshacerse del chico a toda costa, porque su inteligencia y brillantez, manifestada en su elocuencia, resultaban incómodas.

Instalado a la buena de Dios en Manhattan, se asombra de la cantidad de negros que pueblan la urbe y que van de un lado a otro aparentemente quitados de la pena. No obstante, descubre poco a poco la realidad oprimida de su raza, vive desprecios en carne propia y empieza a cuestionarse al respecto. Cierta vez presencia el lanzamiento de lo que fuera su hogar, de un matrimonio de ancianos negros, y la intervención del vecindario para impedirlo. De ese episodio surge su conocimiento de que en la ciudad, en el país, se ha desatado una oleada de protestas contra el racismo, contra la violencia y el desempleo de la gente de su raza, e inopinadamente se ve involucrado con los líderes de la organización principal, a quienes sirve haciendo y pronunciando discursos: se convierte en pieza fundamental, aunque solo por un tiempo: de nuevo, al darse cuenta de su inteligencia, lo consideran peligroso y lo echan (algunos críticos ven ese movimiento muy cercano a las ideas comunistas).

A partir de ahí empieza a darse cuenta de su invisibilidad, de que no existe a los ojos de los demás. Esto es una metáfora, pero se manifiesta en la vida cotidiana: una vez estuvo a punto de matar a un blanco, quien pese al peligro solo atinaba a llamarle "negro bastardo". Y por supuesto, reflexiona en torno a sus tiempos de pre invisibilidad, cuando no se daba cuenta de su realidad. Piensa entonces en su abuelo, que fue esclavo, y que le enseñó a soñar en la libertad en más de un sentido.

El hombre invisible es una obra voluminosa, y sin embargo en ningún momento pierde intensidad, pues la acción se renueva incesantemente. Los puntos de "reposo" en medio de tanta acción son las reflexiones que parten de la negritud a planos humanísticos de distinta naturaleza. Atestiguamos peleas masivas de boxeo que blancos organizan para burlarse de los negros; de un episodio delirante en que los enfermos mentales de un hospital reciben autorización para ir a un burdel. En la última parte asistimos a una violenta manifestación en las calles de Nueva York, que es incendiada y luce colgados en sus postes de energía eléctrica muchos cadáveres.

El protagonista, después de andar de un hábitat a otro, se apodera de un sótano oscuro y frío, y se las ingenia para iluminarlo robando luz a la compañía correspondiente. En ese, "su hoyo", se pone a escribir sus experiencias, sus ideas, mismas que son las que compartimos los lectores. Si antes era invisible, el personaje se vuelve aún más oscuro en el encierro (literal) que elige para mirar al mundo.

Ralph Ellison nació en Oklahoma City, el 1 de marzo de 1914. Desempeñó los más diver­sos empleos, fue cazador y se apasionó por la música, aficiones que sepultó para dedicarse a la literatura. Con el éxito de su única novela, se volvió conferenciante internacional y profesor en prestigiadas universidades. Publicó algunos cuentos y ensayos en distintas revistas, pero nada tienen que ver con la monumentalidad de El hombre invisible.

La arquitectura de la obra no tiene pierde, pasado y presente se mezclan sin ninguna interferencia, y la narración en primera persona le confiere una autenticidad inobjetable. Está cargada de hermosas metáforas, de imágenes que rayan en lo poético, así sea que el tono general de la obra sea de frustración y desencanto, de desdicha.

La edición que poseo es de la Editorial Lumen, y la traducción corrió a cargo de Andrés Bosch a partir de la edición original de Invisible Man, publicada en 1947 (hay quienes la remiten a 1952, ignoro la razón).