Desde el polvo

Camino, estoy ahora frente a lo que fue mi trabajo. Nada queda más que las piedras y escombros retorcidos del número 168 de Bolívar. Hay personas que tratan de disipar la nube gris sin lograrlo.
La destrucción iguala a las personas a la ciudad. Un fuerte olor a gas me noquea. Pregunto si alguien sabe si en Juan Escutia se cayó algo, nadie responde.
La destrucción iguala a las personas a la ciudad. Un fuerte olor a gas me noquea. Pregunto si alguien sabe si en Juan Escutia se cayó algo, nadie responde. (Ilustración: Luis M. Morales)

México

A veces quiero sentir que salgo de mi cabeza. Somos un cuerpo, como si fuéramos una cosa aparte, obligadas a ser cuerpos. Me he convertido en experta para engañar la soledad. La voluntad jamás debería pasar por el deseo. La Mundial quedó vacía a las dos y media de la mañana. Bajaron la cortina, revisé mi bolsa, sin efectivo. Estoy cansada, me duelen los ojos, las manos, la espalda. La doctora me dijo que estoy mal de los riñones, he pensado en escribirle una carta a la patrona: Estimada señora I-Chang de la dinastía de los Chang, le escribo estas letras porque soy obrera de su maquila, me duelen los riñones, hoy no quiero ir a trabajar. No le informé al mesero que se acabó el efectivo, simplemente pregunté si podía irme a las seis de la mañana. Pedí una botella con seguridad, sin mostrar la angustia de no poder pagarla, ¿qué es lo peor que te puede ocurrir? Nada, que te saquen a golpes, te echen a la patrulla. Nosotras no tenemos para Uber o Cabify, dudo que alguien marche para exigir justicia, el país marcha por universitarias, las del Heaven andaban también de fiesta, nadie marchó por ellas, salvo sus familias. Una vez pude ver al pequeño contingente, no llegaba a  50. No conozco mujer que no tenga miedo de llevar su cuerpo, de estar encerrada en su cuerpo. Caminar por el Centro me atemoriza, no queda lejos de la Roma, prefiero caminar con luz. Martha, Antelma, Laura, Margarita y Juliana me dejaron con la cuenta, se largaron sin pagar. La idea fue mía, vamos a la cantina, tenemos que festejar la vida. Todas tienen hombre, a todas las esperan. A mí ya nadie me espera, se largó, está viviendo con una tipa de 22 años, a veces me llama, pregunta por el perro, me recuerda el hijo que jamás tuvimos, cuando me quiere hacer daño.

Antes de reconocerte vivo, tendrás que morir muchas veces, no me acuerdo en dónde lo leí. Pasan de las cinco de la mañana, voy al lavabo, en el espejo veo a una mujer que está sonriendo, ¿esa soy yo después de tanto tequila?, creo que solo los estúpidos sonríen, no veo motivos para sonreír, ¿para qué?, enjuago la boca, notó una pequeña parte roja, de la última vez que él me mordió para marcarme. Pienso en todas las mujeres con las que él se divertía mientras la estúpida trabajaba 12 horas. El rencor es una forma de estar vivos. Pienso una vez más en el hijo que no tuvimos, la madre que necesita medicina semanal vive conmigo, somos extrañas. Mi padre es una fotografía cortada a la mitad. Olvidé el cepillo de cabello, con los dedos y un poco de agua me desenredo, perdí la liga. No tengo ningún labial que me guste. Ninguno de los que veo en las revistas podría comprarlo, jamás se me verían igual, una vez fui a una tienda de maquillaje en la que te podías probar todo, gratis. Una señorita rubia me dijo: a vos no te quedá nada. Él tenía razón. No sé cómo la voy a librar, afuera me espera la cuenta, al lado me espera el infierno. Ayer la más  necia era Antelma, se me ocurrió que podríamos ir a Acapulco. Todas chocando los vasos, prometimos que al cierre de la cantina nos iríamos. No sucedió, se esfumaron  poco a poco con el pretexto de ir al baño o a fumar. En algún momento me quedé a solas con Martha, me contó que su hija estaba esperando otra vez, que no sabía de quién, estaba desesperada, saqué mis últimos 200 pesos, se los di. El dinero solo trae mala suerte, eso decía alguien, no puedo recordar quién. Deslizo el labial barato, un rosa encendido que no me gusta. Una vez más voy a jugármela. Salgo del baño pensando en todo lo que soy capaz de hacer y decir cuando bebo.

—¿A qué hora abren?

—Ya abrimos.

—Bueno, ¿a qué hora cierran para abrir otra vez?

—A las 11.

Abro la bolsa para ver si de milagro aparece dinero. No puedo arriesgarme. Ante la ausencia de esperanza, pido otra botella.

—Tendrás que pagar la otra que pidieron, la cuenta que dejaron tus amigas.

—Todavía no me voy.

—Déjame hablar con el gerente.

—¿Ya llegó?

—Nunca se fue. 

Y como un disparo, las ráfagas de luz y sombras. Los recuerdos como chispitas. Nos miramos, algo recuerdo, le dije que estaba enamorada de él, que vivía en la colonia Roma, jamás le dije la verdad acerca de la vecindad en la que realmente vivo. Le pedí que no se acomodara en mi mesa porque tenía un hombre celoso capaz de todo que podía llegar en cualquier momento. No existe delito en ser otra persona, por un momento, por algunos años, por algún suceso ¿Cuál es la superioridad de los que descubren nuestras mentiras? Supongamos que alguna vez pude tener la energía para convertirme en lo que nunca seré. La verdad es atractiva en la medida en que nos aleja de nosotros. Falta poco, seré otra vez la primera en llegar. Después de minutos interminables, me traen otra botella. Pido sangrita, limón, bebo. En silencio, pensando en todos los años que me faltan por aguantar, me doy cuenta que algunas personas tan solo podemos soportar, vivir es una carga. Decido no ir después del cuarto tequila de la segunda botella, la primera la compartí con Martha. Ella me sonrió antes de irse, tomó mi mano asegurándome que solo iría por ropa para las dos para irnos a Acapulco. La mentira es atractiva para los que somos desgraciados. En una iluminación de remordimiento, trato de levantarme para ir a trabajar, me tambaleo, decido sentarme. Es probable que no todo me vale un carajo, detesto hacer el ridículo.  La mesa parece un sitio cómodo. Descanso  la cabeza hasta que me despierta la voz del mesero.

—Ya vamos a hacer el simulacro.

—¿Qué?

—El del sismo.

Todos salimos minutos más tarde de forma ordenada. Después regreso a la mesa para intentar soñar algo. Estoy cansada. Las lumbares no dan para más. Ignoro cuánto tiempo ha transcurrido entre mi sueño y el tirón que siento en las piernas. Un movimiento brusco del piso, un sonido seco, algo cruje, el estruendo me obliga a abrir los ojos de golpe. Ahora sí es real, todos corren. Ya se les olvidó el simulacro en el que nos explicaron que no debemos correr. Tengo miedo, ¿si alguien del trabajo me ve?, casi es la hora del turno del primer grupo del almuerzo. Me atravieso al parque. Nadie de la maquila. Polvo, oscuridad. Sí, lo acepto, por primera vez mi irresponsabilidad me salvó. Todos corren. A lo lejos veo autos que comienzan a acercarse. Gritos. Personas que tratan de disipar la nube gris sin lograrlo. Camino, estoy ahora frente a lo que fue mi trabajo. Nada queda más que las piedras y escombros retorcidos del número 168 de Bolívar. Luce como un pastel mal hecho. Ni siquiera tengo teléfono para llamar a casa. Todos empiezan a organizarse, de un estacionamiento cercano llegan las primeras cubetas, las primeras personas, todos hombres, después una mujer se quita los zapatos de tacón, se pone unos tenis que saca de la bolsa, todos ayudan. Solo puedo permanecer mirando, pensando de forma inevitable que tal vez jamás volveré a ver a Juli. Que jamás volveré a pedirle prestado su labial a Margarita, la más grande de todas, tiene 60 años, mantiene a todos sus hijos. Sirenas, caos. No hay luz, los semáforos fallan. Regreso a la cantina, pediré un trago, el mesero se acerca a preguntarme si pagaré la cuenta, le digo que sí, que me traiga la terminal. Le pido un cigarro. Me largo. Camino hasta Izazaga, todos corren o caminan aprisa. Bordeo por la Doctores para bajar por Vértiz hacia la Roma. Son evidentes los edificios lastimados. Las personas que lloran a veces no tienen motivos, esta vez es falso, todos tenemos motivos para llorar, algo me dice que la ciudad que conocí la noche anterior ya no existe. Me gustaría tener un labial que sí me quede, ponérmelo antes de morir. Qué pensamiento tan absurdo, ante la desgracia preferimos evadirnos. Camino por Obregón, cruzo Insurgentes de forma imprudente, ¿existe otra? Deseo llegar a casa, para ver si mi madre está ahí. Veo el edificio de Álvaro Obregón 286, no existe gran diferencia entre ricos y pobres. La destrucción iguala a las personas a la ciudad. Un fuerte olor a gas me noquea. Pregunto si alguien sabe si en Juan Escutia se cayó algo, nadie responde. Camino hacia el parque España. Personas están reunidas ahí, algunas están con maletas. Sus ojos son iguales, en todos la misma incertidumbre. No somos tan distintos. Pienso en ellas, porque a todas las esperaban, alguien seguirá esperándolas siempre. Ciudad espejo, la ciudad piedra, fragmentada, se pulveriza y surge desde el polvo nos refleja en los otros, no se rompe.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).