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Lunes , 22.10.2018 / 01:54 Hoy

De revoluciones y literatura

Reseña

Rojas revisa controvertidos episodios, como el de la feroz crítica de Roberto Fernández Retamar a Carlos Fuentes por considerarlo portavoz de los intereses imperialistas. Igual que a Pablo Neruda
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El boom latinoamericano conforma uno de esos temas que parecen agotados y sobre los que siempre vuelve alguien para demostrar lo vigentes que aún siguen. Gracias a una original aproximación de Xavi Ayén, desde el periodismo cultural, por ejemplo, nos enteramos de que la Superagente Carmen Balcells también recibía el apodo de El Aullido de las Once, pues a esa hora de la mañana se desencadenaba el absolutismo en su agencia literaria. En La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría (México, Taurus, 2018), Rafael Rojas se propone desmontar el lugar común de que la Revolución cubana y el boom de la nueva novela fueron fenómenos estética e ideológicamente asimilables, ya que cada uno de los escritores del cogollo del boom, como categorizaría a su élite José Donoso, núcleo al que se suma una lista ampliada recogida por Rojas, desarrolló desde su contexto nacional un concepto de Revolución que acabaría siendo contradictorio con la idea hegemónica de la izquierda que se quería imponer desde La Habana. 

En el panorama de la Guerra Fría, a raíz del escándalo de Heberto Padilla en 1971 y de la pugna entre revistas emblemáticas como Mundo Nuevo de Emir Rodríguez Monegal; Marcha, bajo la conducción de Ángel Rama, y Casa de las Américas, estandarte de la militancia revolucionaria y del realismo social, se hace evidente una disputa entre los escritores e intelectuales de América Latina en torno a su adscripción política hacia un socialismo cubano cada vez más sovietizado, en la órbita de Europa del Este, o hacia un socialismo democrático más acorde con el pensamiento de la Nueva Izquierda y, sobre todo, en consonancia con el que implementó efímeramente Salvador Allende antes de ser defenestrado por Augusto Pinochet en 1973. Para profundizar en esto, Rojas examina la ambigüedad evolutiva de la idea de Revolución en autores como Octavio Paz, y se detiene nuevamente en polémicas acerca del nexo entre revolución y literatura, como las protagonizadas por el colombiano Óscar Collazos, Vargas Llosa y Julio Cortázar, quien transitó de una etapa en la que afirmaba que un novelista debía dedicarse a revolucionar su arte y no a ser un terrorista de café, a otra en la cual asumía un compromiso con la realidad latinoamericana. Rojas también revisa otros controvertidos episodios, como el de la feroz crítica de Roberto Fernández Retamar a Carlos Fuentes por considerarlo portavoz de los intereses imperialistas. Igual que a Pablo Neruda. La novela del dictador es contemplada bajo renovadas perspectivas. Las estéticas barrocas de José Lezama Lima y Severo Sarduy se redimensionan desde un posicionamiento no solo artístico sino propagandístico.

Un acierto del ensayo de Rojas es echar mano del recurso del análisis epistolario como fuente primaria de la historia intelectual. Su incursión en las bibliotecas de Princeton y de la Universidad de Austin redunda en un excelente trabajo que, o bien proporciona una visión refrescante sobre tópicos del boom ya explorados, o bien se atreve a interpretaciones novedosas sobre los dilemas de la polis literaria en América Latina, el rol del intelectual en la sociedad y el papel de la literatura en las corrientes de izquierda en la época de la Guerra Fría. Como bien señala Rojas, la literatura es también una operación comercial, política y mediática, y su estudio ofrece elementos para el correspondiente deslinde. Quizá lo único que se eche de menos sea una explicación del afianzamiento del boom desde la propia recepción del público ibérico que, harto de un socialrealismo local sometido además a la censura franquista, se apropió en primera instancia de esa literatura de los “bárbaros” latinoamericanos. Es verdad que al boom no lo inventaron la Revolución cubana ni Carlos Barral —al menos no enteramente—, pero el público español, y novelas peninsulares afines a la narrativa latinoamericana más experimental de los 60 y principios de los 70, como las de Luis Martín–Santos, Juan Marsé o Juan Goytisolo, cumplieron un papel fundamental en su internacionalización.

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