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Sábado , 20.10.2018 / 23:39 Hoy

De la propia cola

Escolios

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Desde hace varios días tengo como ensayo de cabecera “De la tristeza” de Montaigne. En este texto, el escritor alude a la historia de un rey que, derrotado en la batalla y vuelto prisionero, observa imperturbable la tortura de su familia más cercana. Nada parece alterar su orgullosa templanza ante la desgracia hasta que azotan a un servidor suyo, y sucede entonces, a partir de este daño aparentemente menor, que la tensión acumulada estalla y el dolor entero aflora. Cierto, los arrebatos climáticos del dolor son inexplicables e inescrutables y no acuden en los momentos en que la convención social los juzga imprescindibles. De estos recovecos de la emoción y de la mente habla Montaigne y eso lo hace un maestro de vida. Cómo vivir una vida con Montaigne (Ariel, 2014), el libro de la escritora inglesa Sara Bakewell, indaga precisamente en la faceta más significativa del inventor del ensayo: no el pensador (falto de sistema y tan profético unas veces como prejuiciado otras), ni el estilista (extraordinario pero finalmente superado por muchos orfebres de su lengua), sino el hombre que, al cuestionarse a sí mismo, enseña un nuevo arte, no doctrinario ni perfeccionista, de vivir. El libro de Bakewell, estructurado en 20 respuestas extraídas de la biografía y obra de Montaigne a la pregunta de cómo vivir, combina erudición y soltura; discurre sobre la trayectoria de Montaigne y explora su impronta y algunos accidentes de su posteridad. Quizá no descubre, para los adeptos de Montaigne, muchas cosas nuevas, pero lo reafirma como cómplice de lo imperfecto y transitorio, es decir como cómplice de lo humano.

En efecto, el nuevo género que crea Montaigne se centra en las pequeñas y grandes decisiones del diario devenir y, con un ingenioso escepticismo, conmina a superar limitaciones y miedos, aceptándolos plenamente. Por ejemplo, Montaigne tiene miedo a la muerte pero lo domina en la mediana edad, gracias a un encuentro próximo con ella que la hace concebirla como un acontecimiento casi trivial, al que la especulación convierte en tormento. Según Montaigne, para escapar de la angustia de la muerte y aprender a vivir es importante mantener el interés y la sorpresa, poner atención al mundo y dejarse inocular por sus extravagancias y maravillas más menudas. Montaigne ahonda en la ambivalencia de sus sentimientos y aspiraciones, se inspira en los grandes maestros de la antigüedad para seguir una regla de vida, pero admite sus fracasos y entiende que, al lado del anhelo de virtud, se instalan la falta, la mezquindad, la debilidad y la mengua. Por eso, como sugiere Montaigne, ningún éxito pasajero debe hacer olvidar la volubilidad de la fortuna, ni atrofiar el sentido humano más importante, el de las proporciones: “no tiene caso que nos subamos en unos zancos, porque aunque llevemos zancos tenemos que andar sobre nuestras propias piernas. Y hasta en el trono más elevado del mundo nos tenemos que sentar sobre nuestro propio culo”.

@Sobreperdonar

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