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Sábado , 20.10.2018 / 02:41 Hoy

De ficción, escritores y T.S. Eliot

La escritora Catalina Aguilar Mastretta, describe su experienciua durante su primera visita a la FIL Guadalajara 2016.

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“Escribí una novela y la presentaré en la FIL”, llevaba algunas semanas diciendo. Y mientras lo decía como que había una parte de mi boca que no se lo creía. “De veras”, le insisto, “se llama Todos los días son nuestros. Es de amor”. No creo, siento a esa rara parte de mi boca pensar con absoluta contundencia. Pero sí, escribí una novela y es de amor. De amor entre un chico y una chica y la mamá de la chica y sus amigas y cosas así de todos los días; pero también, quizá de forma más fundamental, de amor a las historias y a la idea misma de contarlas. Amor a la ficción. Sobre todo ahora que –como siempre– la realidad anda más complicada que nunca, me parece fundamental tenerle amor a los inventos.

Nunca había estado en la FIL. Me la describían como una fiesta y yo les creía. Pero si soy sincera, ahorita viéndola desde la puerta, es como una de esas fiestas a las que da ansiedad entrar porque todo el mundo anda mejor vestido y plantado que uno. Desde siempre sé de esta feria como un lugar para gente grande. Grande de intelecto, de personalidad, de alma. Y ahora de #SomosGrandesLectores. Espero que semejante grandeza venga incluida con el evento y se me haya ido pegando un poco de ella desde ayer que llegué y presenté mi libro flanqueda por dos grandes y queridos amigos. No acabo de saber cómo me siento de visitar la feria en calidad de escritora. Vaya, me siento feliz, pero para arañar al sustantivo debería darme la cabeza para una descripción más digna. Lo que es claro es que como lectora nada me hace más ilusión que la idea de estar aquí y perderme entre cabezas que tiemblan con el esfuerzo inevitable de ver el mundo hecho palabras, hundirme entre los resultados impresos de sus temblores.

Las palabras mejoran al mundo porque lo sobreviven. La magia que le asignamos a los libros viene de que una vez puestos en el mundo existen sin sus creadores y por eso son quizá mejores que ellos, que nunca terminarán de saber para quién trabajaron.

Ayer, por ejemplo, escribí esto antes de encaminarme al avión que me trajo a la FIL, recién salida de pasar la tarde en un teatro neoyorquino viendo Cats. Como lo oyen, hay un revival en Nueva York del icónico musical que a uno lo teletransporta –a punta de pianitos electrónicos y calentadores de pantorrillas– a los tardíos ochenta. Todo es muy mágico, pero la mejor parte del evento siguen siendo las palabras intactas de T.S. Eliot, su capacidad para obligarnos a imaginar lo inimaginable en el nombre de un gato.

T.S. Eliot no tiene idea, pero pasó la tarde trabajando para mí, tantísimos años después de muerto, perdiéndome en la sonoridad que inspiró la de sus letras. Se me olvidó la muela que me dolía y el frío de la calle y la presidencia de Trump. A veces se me atora el mundo entre los dedos y la mejor manera de soltarlo es perderse en las invenciones de alguien más. Es un lujazo ser ahora una minúscula parte de esas invenciones en las que quizá alguien que no imagino podrá perderse. Por eso es padre inventar: regala la paz de las creencias.

Yo no conozco el placer de la fe compartida. No me enseñaron a Dios en la escuela, no aprendí a verlo en la calle, en mi casa pensarlo fue siempre una rareza exclusiva de un proverbial “otro”. Me he arrimado al árbol más cercano: la ficción. Las novelas como evangelios, la tele sofisticada como plegarias de todos los días, el cine siempre como un templo de luces bajas. Y la FIL como una fiesta de palabras en la que perderse. En fin, creyentes, nos vemos por aquí estos días.

JOS

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