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Miércoles , 15.08.2018 / 08:46 Hoy

De escuela neorrealista

Hay momentos en que las imágenes se desbordan gracias a la fotografía, que vuelve poesía los cielos fríos pero abigarrados que aumentan la sensación de una naturaleza salvaje, casi primitiva.

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Fuego en el mar es un documental que se vale del montaje para dar la impresión de que estamos viendo una ficción; el autor se va a lo seguro y recurre a una estructura en paralelo, la del niño Samuel, campesino aislado en la inmensidad de la naturaleza que fantasea con disparar y matar, además de practicar puntería con una resortera con la única intención de aniquilar. Pero se marea en una embarcación y hasta vomita; las secuencias de los migrantes africanos que son visualmente escalofriantes.

Hay momentos en que las imágenes se desbordan gracias a la fotografía, que vuelve poesía los cielos fríos pero abigarrados que aumentan la sensación de una naturaleza salvaje, casi primitiva; ahí Samuel se da cuenta de una realidad sin melodrama pero de una verdad que se acerca vertiginosamente a la tragedia y al dolor como si fuera el augurio de una maldición perpetrada por El asno de oro.

Cada vez que aparecen los personajes principales, es decir los migrantes, sentimos un nudo en la garganta porque no se trata de una puesta en escena, no es una película de piratas, no es Hollywood: es el legado que dejó la escuela neorrealista; es decir, el cineasta tiene que aprehender a los personajes reales, secuestrarlos, convertirlos en actores y, por medio del montaje, regresarlos a su condición de personaje.

El autor busca con denuedo la forma de atrapar la atención, y no hay duda de que lo logra. El trabajo tiene momentos que recuerdan la obra maestra del documental contemporáneo: En el gran silencio, de Philip Gröning, pero aquí están reconcentrados los temas y caracteres típicos del neorrealismo: la vida de unos campesinos en un lugar recóndito, inhóspito, donde los espacios abiertos, los cielos encapotados y un mar delicuescente son el marco donde se mueve impecablemente un grupo de seres singulares como cada uno de nosotros.

En Fuego en el mar, el montaje cinematográfico también cumple la función de contraste, como decir cielo e infierno. Hacer el retrato de la vida cotidiana de Samuel y de su familia en un lugar agreste pero europeo es la antítesis de la tragedia; sin embargo, justo es decirlo, es ahí donde la historia tropieza, se vuelve monótona, se extravía incluso. No solo queremos ver cómo le ponen anteojos a Samuel —es una secuencia larga— sino más bien su comportamiento en relación con la problemática, con el conflicto. En ese sentido esta parte se queda corta y cobra mayor peso la de los migrantes.

Sí, vale ver un cine diferente en la Sala 8 de la Cineteca Nacional.

"Fuego en el mar" (Italia, Francia, 2016), dirigida por Gianfranco Rosi, con Samuele Pucillo y María Costa.

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