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Sábado , 23.06.2018 / 10:07 Hoy

De ciudadanos a clientes

David Harvey se pregunta si aquello que se conoce como posmodernidad es una ruptura violenta con las formas de organización definitorias de la modernidad.

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Eduardo Rabasa

En su lúcido libro, La condición de la posmodernidad, David Harvey se pregunta si aquello que se conoce como posmodernidad es una ruptura violenta con las formas de organización definitorias de la modernidad, y concluye que, más que su contrario, la posmodernidad es una
especie de fase acelerada del acuerdo capitalista de la modernidad. Aun así, por más que encuentre continuidad con lo anterior, explica que la posmodernidad ha implicado un cambio, entre otras cosas, en la concepción del tiempo y el espacio, otorgando primacía a lo efímero, lo impermanente, lo mudable, pues la narrativa moderna de la marcha hacia el progreso es sustituida por una infinidad de perspectivas y puntos de vista, cada uno tan válido como el de al lado. Un punto de vista similar es el que ha esbozado Zygmunt Bauman al etiquetar a las sociedades contemporáneas como "líquidas".

Uno de los efectos más pronunciados de esta variación en el paradigma dominante la encontramos en lo que quizá sea uno de los mayores cambios políticos de los últimos tres siglos, y es la conversión de los ciudadanos en clientes, así como una tendencia a que los políticos devengan gerentes que deben de gobernar según los principios de eficiencia empresarial y management, como no se ha cansado de repetir recientemente Donald Trump. Ahí donde el ciudadano debía de tomar decisiones complicadas y razonadas, comprendiendo que en términos políticos toda decisión conlleva un costo, y que a menudo se debe de elegir el mal menor entre las opciones existentes, el cliente cambia de partido como cambia de calcetines, otorgando su adhesión a quien mejor alimente sus fantasías, para posteriormente instalarse en una insatisfacción perpetua con el gobernante-producto en turno, pues básicamente jamás le proveerá con los servicios y la calidad de vida que el cliente exige obtener.

Al mismo tiempo, es frecuente escuchar a políticos hablar del fin de las ideologías pues, argumentan, lo importante es la eficiencia en gestionar un modelo de sociedad, que además es sumamente desigual, prácticamente no cuestionado ya por nadie. Entonces, los niveles de aprobación o insatisfacción ya no vendrán dados por la concordancia o rechazo hacia el modelo político que enarbole el gobernante en turno, sino por el sitio que cada quien ocupe en la cadena alimenticia del sistema de producción neoliberal. La alternancia en el poder se convierte en una especie de ritual cíclico donde los clientes van castigando periódicamente al gerente por no cumplir con las promesas que en sentido estricto todos sabían que era imposible cumplir. Pero esta aparente paradoja carece de importancia, y todo el mundo acepta las reglas del juego, pues quizá la máxima que defina mejor que ninguna otra a nuestra época es "El cliente siempre tiene la razón".

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