El teatro es un diálogo con el presente: David Olguín

La historia casi surrealista pero verídica de Julia Pastrana, “la mujer más fea del mundo", es llevada a escena por este dramaturgo como una indagación en la estética y los cánones de belleza
 David Olguín
David Olguín (Omar Meneses)

Febrero de 2013. Julia Pastrana regresa a su ciudad natal, Sinaloa de Leyva, 153 años después de su muerte. De origen indígena, Julia fue una bailarina y una mujer extraordinariamente fina, pero tenía una gruesa barba y una frente muy velluda. “Pero lo que nos concierte es que tenía en ambas quijadas, superior e inferior, una irregular doble hilera de dientes (…) Debido al exceso de dientes, su boca se proyectaba y su cara tenía la apariencia de un gorila”, escribió Charles Darwin en 1868.

La apasionante y extraña historia de Julia, que era conocida como la mujer simio o la mujer más fea del mundo, que pasó su vida exhibiéndose en freak shows y fue comprada por el empresario estadunidense Theodore W. Lent, es el punto de partida de La belleza, de David Olguín, una aventura escénica donde se reflexiona sobre los cánones de la estética y el amor.

Sobre esta pieza, David Olguín, editor, narrador, ensayista, académico y sin duda uno de los creadores escénicos mexicanos más importantes de nuestros días, nos habla en esta entrevista, en la que también destaca los momentos que vive el teatro mexicano actual.

¿Qué te llevó a elegir la anécdota y el tema para La belleza?

En 2013 me enteré del caso, cuando repatriaron a México los restos momificados de Julia Pastrana, y a partir de ahí llamó mi atención la historia de un personaje tan enigmático como ella. No habríamos tenido noticia de Julia si no es por una activista anglo-mexicana, Laura Anderson Barbata, quien se empeñó y batalló a lo largo de ocho años por rescatar a Julia del sótano del hospital donde estaba. Sin duda, todo eso es un poco del surrealismo mexicano: una momia repatriada durante el actual gobierno de Mario López Valdez (Malova) y dándole la bienvenida con música sinaloense para finalmente encontrar lapaz, para llegar a la sepultura. Recuerdo cómo la prensa describía a la momia como una mosca dentro de una caja de concreto, es decir, nada entra ahí, no va a ser vista. Me puse a investigar y quien en realidad me empezó a fascinar fue Theodore W. Lent, el marido y promotor de Julia. Él me llevó a la discusión o a la pregunta de: ¿qué enganchó a estos dos personajes más allá de los asuntos económicos…? Aunque creo que está bien retratado en la obra, no considero que el dinero sea el enganche fundamental entre ellos. Lo comprobé al descubrir en fuentes inglesas y estadunidenses —había pocas referencias en español— que Lent se había casado en segundas nupcias con otra mujer barbada, a la que le había puesto el nombre de la primera; uno podría pensar que lo hizo únicamente para aprovechar la fama que había dejado la otra, pero no, yo sentía que había tela de dónde contar, que había una historia fascinante. Después me dediqué durante estos dos años —a cuentagotas— a investigar mucho a propósito del caso y una vez que me senté a escribirla la obra salió en breve; no así todo el proceso de acumulación de datos.

El título invita a una reflexión sobre los estereotipos de belleza, amor y estética.

Sí. Es un amor chueco, extraño, pero hay amor. Yo pienso que es una discusión que se da en el arte, en la vida, en la filosofía, que parte de la visión platónica de si la belleza está en el objeto o en la persona en sí, cuando en realidad está en los ojos de quien mira. Platón da la solución idealista de que la belleza es un valor que no depende de la mirada del que observa, pero el amor en última instancia nos prueba lo contrario. ¿Qué te engancha a otra persona, qué hace que mires o te apasiones por determinada gente que solo tus ojos ven como bello, deseable, como algo que anhelas…? Creo que esa es la discusión de fondo de la obra. Aquí me voy al siglo XIX, a esta idea de los side freak shows, de la espectacularidad sobre la fealdad, la deformidad, lo extraño, lo raro, y que curiosamente donde florece es en las metrópolis blancas, como si ellos impusieran los cánones de belleza. En una cultura como la mexicana, mestiza, con un fuerte arraigo indígena, con dichos como “hay que mejorar la raza”, con la sensación de que las élites mexicanas intenten ser europeas en términos de su apariencia, y todo lo que implica el racismo mexicano, le da al tema actualidad. Quise reflexionar directamente sobre esa idea de belleza e indirectamente sobre esa relación entre lo canónico y lo heterodoxo en términos de la imagen impuesta por el patrón de belleza.

¿Fue parte de la búsqueda en esta obra la confrontación entre la fealdad y lo risible y lo “espectacular” que esto puede ser…?

Quise sacarla de esa idea de espectacularidad y acentuar la singularidad del encuentro de dos seres humanos raros, extraños; cada uno en su naturaleza. Quería acentuar, por un lado, esa fealdad externa de Julia frente a algo que los pocos documentos que hay sobre ella destacan enormemente: su agudeza, su inteligencia, su gracia en el escenario. Su confidente, una condesa austriaca, hablaba de una enorme sensibilidad y delicadeza interior, que te lleva a recordar La Bella y la Bestia. Me generaba una especial inquietud el enganche entre este tipo de personas y Lent. El hecho de que no existiera nada alrededor de la biografía de Theodore me permitió desatar los diablos de la imaginación: cómo podía engancharse él a esa persona. Preguntas como esas me llevaron a sacarlo de la idea del reflector y del espectáculo para convertirlo en un fenómeno de singularidad humana. De reflexión sobre lo único, lo particular, lo excepcional. En esos terrenos de lo amoroso y lo sentimental, qué es lo que hace que entre dos personas de condiciones tan diferentes, sociales, físicas, económicas y demás, se dé esa unión que genera el amor y la pasión…

Más allá de las historias o coyunturas noticiosas, ¿cuáles son los ejes para tu trabajo teatral?

Por un lado, tengo el miedo de siempre: el público, da terror, da pánico. Y por otro lado, los que nos dedicamos a esto necesitamos el miradero, que es el tema que está presente en La belleza, Julia es una criatura para ser vista, pero a la vez da la sensación de tener la mirada del otro, y que da pavor, es como un doblez. Desde muy chico descubrí que necesitaba ser visto y a la vez me daba pánico el asunto, y creo que es algo que sigue vivo, presente, a pesar del tiempo, del oficio, de que entiendo más cosas y que manejo con mayor conciencia tanto las leyes de la construcción del texto como de la puesta en escena, de entender la teatralidad como el encuentro colectivo, con distintas miradas y voces; agradezco que lo siga teniendo porque me genera un infinito respeto por el teatro. A medida que creo que sé más, también cobro conciencia de que ignoro mucho más de ese fenómeno tan fascinante e inabarcable. De mis maestros aprendí tanto ése respeto como la ambición de que no se es ser mejor en función de un tiempo. El teatro es como una batalla con uno mismo, se debe intentar depurar técnicas, construir una voz o una manera de mirar en la escena.

Sin embargo, desde tus primeras obras persisten ciertos elementos tragicómicos.

Sí, es una mirada donde todo el tiempo estoy pulsando temas bastante terribles, a veces difíciles, pero que los exploro de una forma irónica, cáustica o sarcástica que permite hacer un contrapunto todo el tiempo, y en medio de eso, se encuentran esos contrastes, esos claroscuros de la grandeza humana frente a la mezquindad, la vileza, nuestros lados oscuros, pero cada vez me interesa más pulsar aquellos elementos que nos hacen resistir, continuar, que nos dan esperanza, que hablan también de la grandeza de los seres humanos. Margules decía que el teatro era un instrumento de conocimiento de los seres humanos, que en gente que consideramos simple podría existir más complejidad y que la complejidad no radicaba en el conocimiento. Esas palabras me las grabé como un tatuaje que de alguna manera, quizás sin acabar de entenderlas, con el tiempo y los años, cuando empiezas a ver el calado de la vida y de las cosas, te das cuenta de que es fascinante mirar a los otros.

¿Te has sentido influenciado por la escena contemporánea, por las modas? ¿Se han convertido como en una medida para crear con determinadas reglas?

Claro que sí. En los últimos 10 años he estado trabajando muy cerca de gente joven, tanto en la escritura como en la dirección, y son muchas las discusiones que me han generado, que me hacen cuestionar mis puntos de vista sobre la dramaturgia o la dirección de escena. El teatro es un diálogo con el presente, decía Hugo Hiriart. Es una ambición frente al tiempo porque tenemos toda una tradición detrás. El teatro se da en el presente, en ese sentido tienes que pulsar las ideas de tu tiempo, afirmarte en determinadas cosas pero en otras saber permearte de las discusiones actuales. Uno de los debates actuales es la llamada post-dramaticidad, es decir, las formas que no obedecen a los relatos escénicos, a la ruptura con los conceptos de personaje; son cosas que evidentemente te llevan a escribir de manera diferente y a afirmar otras. En La belleza quise tener como base un cuento poderoso, quise construir un personaje, ante todo Lent, un personaje intenso en su constitución interna, todo eso es algo que el canon post-dramático te diría que no es posible. El punto es preguntarte quién te da permiso… Tenemos en la dramaturgia contemporánea voces poderosísimas que también lo están haciendo, el punto es ése: ¿quién te da permiso, a quién le copias…?

¿Qué pasa en el teatro joven, qué tendencias existen en el teatro contemporáneo mexicano?

Hay una gran variedad de líneas y búsquedas en el teatro joven mexicano. Yo encuentro una pluralidad y riqueza excepcional. Para mí, eso hace atractiva la escena y escritura actuales en relación con otros momentos históricos. Lo mismo siento que ocurre en otros lugares, nada menos que en la meca de la post-dramaticidad: Alemania. Sin embargo, creo que glorificamos un tanto esas vanguardias por nuestros típicos síndromes de creadores colonizados. Si revisas la escena alemana y a creadores como Thomas Ostermeier, uno de los principales críticos de la post-dramaticidad en este momento en Alemania, y a la par ves la enorme cantidad de textos con la variedad de estéticas y discursos tan impresionantes como se ve en la tradición alemana, encontrarás también un poderoso discurso de aquellos que escriben historias y cuentos, y pasan por la guillotina de “No más obras maestras” de Artaud.

Si eso pasa allá, yo siento que en México, además de la diversidad que tenemos, hay mucha innovación por moda, por imitación, y me interesan mucho más aquellos autores y directores que tienen una voz donde verdaderamente se apropian de las técnicas, los recursos y las posibilidades que ofrecen estas innovaciones. Considero que, en este sentido, hemos perdido perspectiva —el teatro es algo efímero— y se nos olvida que existieron Gurrola, Jodorowski, Margules, Julio Castillo, quien hizo muchos experimentos desde la escritura en escena. En De película, por ejemplo, Castillo tenía un dramaturgo a la mano, a Blanca Peña, su esposa, y juntos iban escribiéndola; el espectáculo fue extraordinario, quizá no el texto como tal. Es decir, creo que nuestra memoria teatral es muy flaca, olvidamos nuestra historia y glorificamos con mucha facilidad tradiciones que ya hemos pulsado nosotros, a nuestro propio ritmo y manera, y que han enriquecido mucho la escena mexicana.

Por un lado, sí, hay un momento muy vigoroso e interesante de joven teatro mexicano, desde voces muy apegadas a la post-dramaticidad como la de Alberto Villarreal, que es uno de los más interesantes en esa línea, muy preparado, con una visión muy particular y poderosa; pero también hay otros autores como Gibrán Portela, Itzel Lara o Verónica Bujeiro que, cada uno de manera muy diferente, pulsa historias con voces auténticas, eso me resulta más interesante en un autor dramático.

RECUADRO

David Olguín, Ciudad de México 1953. Ha dirigido Belice, La señorita Julia, El atentado, La puerta del fondo y Los asesinos, entre otras piezas. Ha publicado La representación (1985), Sábato: ida y vuelta (1987) y Clipperton (2006).

La belleza se reestrena el 11 de febrero en el Teatro El Milagro (Milán 24, col. Juárez). Jueves y viernes 20:30 h, sábados 19:00 h y domingos 18:00 h. Con Laura Almela, Mauricio Pimentel y Rodrigo Espinosa