El cosmos interior

El símil computacional parece ser algo más que una figura retórica y se transforma en una posibilidad a futuro por expandir los límites.
El cerebro: nuestra historia. David Eagleman. Anagrama. Barcelona, España, 2017.
El cerebro: nuestra historia. David Eagleman. Anagrama. Barcelona, España, 2017. (Especial)

México

De madre profesora de biología y padre psiquiatra, David Eagleman (Nuevo México, Estados Unidos, 1971) creció prácticamente sin televisión o solo con el permiso de ver la serie Cosmos de Carl Sagan, cuyos 13 episodios se exhibieron en 1980, cuando tenía nueve años de edad.

Acaso esos factores (los oficios de los padres y una serie de divulgación científica vista en la infancia, más un tiempo libre no sujeto a los rigores de la pantalla casera) lo llevaron por los rumbos de la neurociencia y el afán por compartir, de forma amable y lúcida, sus conocimientos. Su proyecto sobre el cerebro (documental y libro) es una suerte de réplica de lo hecho por Sagan, trasladado a ese cosmos interior cuyo centro es el cerebro humano.

Aquella vieja expresión griega del “conócete a ti mismo” podría ser el epígrafe de su trabajo, pues, como lo explica Eagleman, en el centro de la vida de los hombres está esa “extraña materia computacional que hay dentro de nuestro cráneo”, que es “la maquinaria perceptiva mediante la que nos movemos por el mundo, la materia de la que surgen las decisiones, el material a partir del cual se forja la imaginación”.

El símil computacional parece ser algo más que una figura retórica y se transforma en una posibilidad a futuro por expandir los límites. El avance en el estudio del cerebro va a la par de los desarrollos tecnológicos, y podría llegarse al punto en el que los saberes de uno (la summa de una vida, su esencia, sus conocimientos) sean descargados en un hardware adecuado, no biológico, para dar a ese ser una suerte de inmortalidad.

Son seis las preguntas que se hace Eagleman: ¿quién soy?, ¿qué es la realidad?, ¿quién está al mando?, ¿cómo decido?, ¿le necesito? y ¿quiénes seremos? Asuntos muy claros que reciben respuestas del mismo calibre.

En el capítulo cuarto, por ejemplo, habla del cerebro como un parlamento neuronal compuesto por partidos políticos rivales que compiten a la hora de llevar el timón de la nave del Estado. “A veces decidimos de manera egoísta, a veces de manera generosa, o impulsiva, y a veces con visión a largo plazo. Somos criaturas complejas porque estamos compuestos de muchas pulsiones. Y todas quieren estar al mando”.

Tal vez pueda reprochársele un optimismo excesivo. Habla del “clamoroso éxito” de la especie debido a “las singulares propiedades del menos de kilo y medio de materia almacenado dentro de nuestro cráneo”… cuando un asomo a nuestro entorno nos lleva siempre a recordar, como lo entendió Shakespeare, que en efecto el hombre es capaz de grandes hazañas pero a menudo está más cerca de las bestias.