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Viernes , 20.07.2018 / 14:41 Hoy

David Bacon: “Los fotógrafos tomamos partido”

El libro En los campos del norte documenta la ruda cotidianidad de los migrantes a través de un discurso textual y visual.La siguiente conversación gira en torno de la foto como objeto estético.
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Melina Balcázar Moreno

En su más reciente libro, En los campos del norte (In the Fields of the North / En los campos del norte, University of California Press/ Colegio de la Frontera Norte, California/ México, 2017), el fotógrafo estadunidense David Bacon (Nueva York, 1948) da cuenta de la compleja realidad social de los trabajadores migrantes en Estados Unidos. Su atención no se concentra únicamente en las dificultades que enfrentan o en la precariedad de sus condiciones de vida, sino que pone énfasis también en sus acciones de resistencia, en su lucha por una vida digna. Durante más de tres décadas, ha seguido paso a paso —tanto gráficamente como a través de testimonios— la vida de quienes han logrado llegar al norte, motivado “por la fuerte convicción del poder de la imagen y de las palabras para impulsar transformaciones”.[1] La obra de David Bacon se distingue por su persistencia y determinación por estar presente en los momentos definitorios en la vida de los trabajadores.

Al igual que en sus libros anteriores, como El derecho a quedarse en casa (2015), este libro combina fotografías con entrevistas e historias personales. ¿Por qué esta necesidad de reunir la imagen y el testimonio?

Es una cuestión un tanto polémica. Por lo menos en Estados Unidos, es muy común encontrar en las escuelas de periodismo la ideología de que una imagen tiene que ser completamente autónoma, constituirse en un icono. Todo tiene que ser autorreferencial como si no hubiera necesidad de palabras y la imagen debiera sostenerse por sí misma. A mi parecer, eso forma parte de la despolitización de la fotografía, que consiste en separar del contexto en el que se encuentra tanto el sujeto como el fotógrafo, cuyas intenciones tratan de borrarse de esta forma. Como lo hemos visto en la historia de la fotografía, la misma imagen puede significar diferentes cosas según el contexto. Por ello, creo que es importante establecer el contexto político y, en mi práctica como fotógrafo de la izquierda, mi trabajo conlleva intenciones sociales, por lo que es importante establecer el contexto de las imágenes. Esto lo hago mediante varios medios. Uno de ellos es dar importancia a las palabras que contiene la fotografía. Por ejemplo, en la última foto del libro, se ve a unos niños que están haciendo su propia manifestación, y las palabras que aparecen ahí, “Justicia para todos”, son entonces muy importantes, porque son algo que ellos mismos producen, es su propia manera de entender la huelga en la que sus padres están involucrados. El contexto de la foto lo establece además el título que explica en dónde están y lo que ocurría en su entorno en aquel momento.

Así, palabras e imágenes trabajan juntas para crear un documento de la vida de esos trabajadores. Juntas adquieren un poder que ninguna de ellas posee por sí misma. En mi práctica, han influido autores como Studs Terkel, que en su programa de radio en Chicago otorgó un lugar privilegiado a la gente anónima, en sus famosas historias orales. He intentado aprender de él, de su estilo. De ahí que al momento de transcribir las entrevistas que realizo con la gente que fotografío elimine las preguntas, a fin de darle la forma de un testimonio, de restituir su fuerza como historia.

Hay muchos fotógrafos que me inspiran, en particular de la década de 1930, como Otto Hegel y Hansel Mieth, que participaron con sus cámaras en la gran huelga de algodón de 1933 y la huelga de los muelles de la Costa Oeste en 1934, o Matt Herron. Y desde luego fotógrafos como Tina Modotti y Nacho López.

Tengo dos frases favoritas de fotógrafos. La primera es de Alexander Rodchenko: “Debemos tomar fotografías desde todos los ángulos, excepto desde el centro”. En la década de 1920, él y sus compañeros fotógrafos en Moscú fueron pioneros en utilizar ángulos extremos, la composición en diagonal y los primeros planos como un medio para sacudir la perspectiva del espectador y liberarlo de la complacencia. Hoy damos por sentadas estas técnicas, pero poco sabemos sobre su origen y propósito original. La otra frase es de Nacho López: “la fotografía no fue pensada como arte para adornar las paredes, sino para hacer evidente la crueldad ancestral del hombre contra el hombre”.

¿Vería su trabajo como algo artístico o se concentra más bien en su carácter documental? Pienso en las fotos que dedica a los niños, en particular una en la que se observa a una niña en bicicleta, rodeada de una nube de polvo.

No hay una respuesta sencilla a esta pregunta. Como fotógrafo, tengo un respeto por esa tradición, por ese modo de comunicación, que es también una forma de arte, pues los fotógrafos son artistas, crean imágenes, lo cual implica responsabilidad. Por un lado, busco que las imágenes sean bellas, no soy un fotógrafo que solo se concentra en sus propósitos políticos y descuida la imagen. No hay una contradicción entre propósitos sociales, políticos, y propósitos estéticos. De hecho, la tensión, la relación entre ellos es lo que resulta más emocionante.

Actualmente, lo que fue un vínculo evidente se percibe a menudo como un peligroso conflicto de intereses. El canon dicta que los fotógrafos deben ser objetivos y neutrales y deben mantenerse alejados de la realidad que documentan. Sin embargo, creo que nuestro trabajo adquiere poder visual y emocional de su cercanía con los movimientos sociales que documentamos. No somos objetivos, sino que tomamos partido: documentar la realidad social es parte del movimiento por el cambio social.

Como fotógrafo, entiendo el contexto que estoy capturando. Por ejemplo, en la foto de la niña hay algo de ambos aspectos. Estuve en el campamento agrícola Chicanitas en Thermal, California, porque me interesa ese sitio que concentra muchos trabajadores de los campos. Hay alrededor de 400 remolques. La mayoría vienen de Michoacán, son purépechas. Como conozco bien la zona, el desierto en que se encuentra —ya había estado ahí antes en otras ocasiones por mi actividad como sindicalista—, sé que el lugar puede ser bello pero al mismo tiempo muy problemático para la gente que vive ahí, en especial para los niños que sufren graves problemas respiratorios debido al polvo que aparece en la imagen. Sin embargo, la niña que vemos trata de disfrutar de la vida como lo hace cualquier otro niño y se divierte con su bicicleta. Esta foto combina aspectos positivos y negativos pues su vida es así. No quiero presentar a la gente como víctima, en primer lugar porque no se ve de esa forma. Trato de mostrar la complejidad de su situación, por lo que es necesario recurrir a una leyenda que contextualice y permita profundizar el entendimiento de la foto.

Me parece que en el libro se esbozan dos líneas de reflexión que pueden ilustrar los títulos de los capítulos “Ganando la vida sin vivirla” y “Las cosas pueden cambiar”. ¿Cómo se manifiesta su compromiso como fotógrafo? ¿Lo conduce a tomar decisiones técnicas específicas?

Cuando tomo fotos, conservo en mente a Rodchenko y su manera de rechazar la identificación y forzar al espectador a pensar, como lo creía también Brecht. Utilizo los ángulos oblicuos por razones políticas, pero también por el dinamismo que aportan. Cuando se utilizan con una persona en el campo, en los surcos, se muestra su condición de trabajador; es una manera de hacer ver que el trabajador es más importante que el producto. De ahí que tome las fotos de muy cerca y que utilice un lente de ángulo amplio que me permite agrandar a la persona y además incluir el lugar donde se encuentra. Como se trata de un trabajo manual, es importante mostrar las manos, lo que la persona hace con ellas, lo que les ocurre al trabajar. Trato de incluir la información ligada a sus condiciones de trabajo, cómo están vestidos para protegerse, la dificultad, por ejemplo, de trabajar ocho horas continuas agachado. No es fácil tomar esas fotos, porque uno tiene que lograr acceder al campo, conseguir el permiso del capataz —si no lo hago me echan fuera—, pero también de la misma gente. Tengo que mostrarles que, con mi cámara, no soy alguien peligroso.

No olvido que mi propósito es social y que soy solo uno de los innumerables fotógrafos que han tenido este objetivo. Por mi experiencia como organizador sindical, me interesa promover los movimientos sociales de la gente marginada. En otro momento de mi vida lo hice apoyando a la gente a formar sus sindicatos, ahora lo hago utilizando otras herramientas, pero el propósito sigue siendo el mismo: la justicia social.

¿A quién se dirige En los campos del norte?

El libro está en inglés y en español, ya que se dirige a la gente en ambos lados de la frontera. Es el resultado de una coedición, es nuestra respuesta a Donald Trump, nuestra manera de decirle que si él construye muros, nosotros vamos a saltarlos por medio de los libros y de la cooperación. El hecho de que sea bilingüe también se debe a que la gente en el libro lo es. Aunque la mayoría habla español y se encuentra confrontada con el inglés, practica cotidianamente otras lenguas, como el mixteco (de hecho me gustaría poder ofrecer sus testimonios en sus lenguas, es un proyecto que tenemos y esperamos poder realizar en el futuro). Hemos intentado mostrar nuestro respeto por la cultura de la gente que aparece en el libro, representando los diferentes aspectos de sus vidas.

El libro se dirige, desde luego, al público en general, para mostrar una realidad que no es muy visible para la mayoría de la gente, ni en Estados Unidos ni en México. Las fotos aunadas a los testimonios permiten entender mejor la situación de estos trabajadores que dan de comer a todo un país. Es fundamental hacer que el consumidor entienda lo que está detrás de las frutas y verduras que lleva a su mesa. Al mismo tiempo, el libro se dirige a la misma gente que participó en él, que es, de hecho, el producto de una cooperación con ellos, pues la fotografía es un proyecto cooperativo. Es una manera de devolver a la comunidad las imágenes y palabras que nos ha brindado para que a su vez pueda emplearlas en sus luchas y continúe avanzando.

Podría decir que está dirigido también a los estudiantes. Creo que puede contribuir a convencer a los jóvenes para que tomen parte en la lucha social, ya sea como organizadores, fotógrafos o escritores. He constatado que cuando ven que lo que viven se toma en serio, ellos mismos tienen ganas de hacer algo con sus vidas.

Finalmente, podría decir que se dirige a los fotógrafos. De cierta manera es un libro polémico, porque la verdad es que la fotografía ligada a los movimientos sociales no es muy popular en Estados Unidos. Los grandes museos como el Whitney, el MoMA de New York o de San Francisco no se interesan por este tipo de foto; están todavía muy embelesados con el posmodernismo y no quieren nada que tenga que ver con lo social. Trato de aportar mi voz a ese debate y recalcar que la foto tiene un objetivo, un efecto real, y que no es justo hacer de lado la fotografía social documentalista y marginada al afirmar mediante políticas culturales que lo único que vale la pena ver es todo aquello que no está ligado a los movimientos sociales. No hay que olvidar que las tradiciones de fotografía social en Estados Unidos y México han estado muy ligadas. Aunque sean claramente diferentes, siempre ha existido un intercambio de experiencias, desde los años 1920, en el que busco inscribirme. Hay que fomentar, explorar y popularizar todo lo que compartimos porque eso nos hace más fuertes.


¿Cree que su trabajo se verá afectado con la presidencia Trump?

He sido también activista en el movimiento pro–inmigrante desde hace casi 40 años. Nos estamos preparando ahora para una nueva ola de represión debido a las medidas de Trump, que traerán consigo más redadas, arrestos, deportaciones. No es que no hayamos confrontado este problema durante la administración Obama, que multiplicó los centros de detención. Hubo 12 millones y medio de deportaciones en los últimos ocho años, pero ahora es claro que el problema se agudizará. Estamos organizando a la comunidad, intentando proteger a los trabajadores indocumentados para respaldarlos y defenderlos y veo que lo mismo ocurre en todo el país, lo que me da esperanza y ánimo.

Creo que el trabajo de documentación social es hoy más importante que nunca, ya que vamos a enfrentar una ola de propaganda que proclamará que lo único que importa es el dinero, ser rico. Necesitamos rechazar esa mitología y mostrar la realidad del país. La documentación fotográfica es también una herramienta para conseguir justicia social y vamos a necesitarla aún más porque la situación de los trabajadores se agravará.



[1] Ana Luisa Anza (Claroscuro), en su prefacio al libro, “Nos permite estar presentes de primera mano”.

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