La influencia del naturalista: Darwin a la mexicana

Las teorías del científico inglés fueron recibidas aquí con entusiasmo por los liberales y conservadores positivistas de finales del siglo XIX
Darwin y la evolución de las especies
Darwin y la evolución de las especies (Especial)

Las teorías de Charles Darwin (1809-1882) tuvieron su evolución a la mexicana y repercutieron hasta en la Revolución. A México llegó primero El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871), en francés; su libro anterior, El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, desembarcó después igual en francés, a más de una década de su edición príncipe inglesa de 1859. Pero ésta última obra se discutió en ámbitos políticos, filosóficos y sociales, mucho antes que en los escasos foros científicos, en debates protagonizados por intelectuales liberales y conservadores en el Porfiriato, fascinados ambos bandos por la posibilidad de ver la sociedad como organismo biológico que nace, crece, se reproduce y mejora.

Según las conclusiones de los investigadores universitarios Rosaura Ruiz, Ricardo Noguera y Juan Manuel Rodríguez, esas teorías evolucionistas —que entre otros puntos plantean el origen común de las especies y la selección natural como mecanismo de supervivencia—, desempeñaron un papel relevante “como germen de inspiración ideológica” de liberales y conservadores antes, durante y después de la Revolución Mexicana, al influir en el pensamiento y acciones de personajes  equidistantes como los hermanos Santiago y Justo Sierra, Emilio Rabasa, Andrés Molina Enríquez, Vicente Riva Palacio y José Vasconcelos, quienes las utilizaron para argumentar sus discursos políticos.

Sin embargo, sostiene Noguera, doctor en Ciencias y profesor de Filosofía e Historia de la Biología, el darwinismo sirvió un tiempo para retrasar el estallido de la Revolución a uno de esos bandos políticos, aquel que encabezaban los Sierra y que buscaba la transformación gradual de la sociedad. Pero fracasó.

La Reforma juarista trajo el estudio del positivismo y de las ideas del darwinismo


Ruiz, directora de la facultad de Ciencias de la UNAM, y Noguera y Rodríguez, catedráticos de esa institución superior, recién publicaron Darwin en (y desde) México (Siglo XXI-UNAM), sobre cómo se ha estudiado y abordado el darwinismo en el país, con ensayos propios, de Jonathan Hodge, Carlos López Beltrán, Rafael Guevara Fefer, Francisco Vergara, Jorge Martínez Contreras y José Luis Vera.

La antología de ensayos tuvo su antecedente en el coloquio “Evolución y revolución, cambio biológico, cambio social”, celebrado en 2010 en la Facultad de Ciencias, en Ciudad Universitaria, para conmemorar el centenario de la Revolución, con ponencias sobre la historia nacional y sobre el darwinismo.

En entrevista, los especialistas destacaron la larga tradición de investigaciones y artículos sobre la introducción del darwinismo en México, que se inició en 1959 por el centenario de El origen de las especies, con ensayos de Manuel Maldonado Koerdell y Santiago Genovés en la Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, y con el estudio comparativo de 1974 de Thomas Glick, sobre la recepción del darwinismo en diferentes partes del mundo, que incluyó el caso de México presentado por Roberto Moreno de los Arcos. A ellos se sumaron en las décadas siguientes Eduardo Corona, Arturo Argueta, Ernesto Cordero, Susana Esparza, Ana Barahona y Fernanda Azuela, entre otros.

PRIMERA MENCIÓN Y PRIMERA MENTADA

La primera mención a Darwin en México apareció el 5 de mayo de 1870 en el artículo “La Biblia. La historia, la ciencia y la moral”, publicado bajo seudónimo por Santiago Sierra en el diario El Libre Pensador; y la primera mentada indirecta contra el naturalista se difundió en el medio católico La voz de México el 25 de enero de 1878, en respuesta al libro Compendio de historia de la antigüedad, en la que Justo Sierra apoyaba la teoría darwinista de la evolución y criticaba a la Iglesia y al creacionismo.

Una muestra elocuente sobre cómo era un debate evolución vs. creacionismo es la gran película de 1960 de Stanley Kramer, Inherit the wind (Heredarás el viento), basada en el drama teatral de Jerome Lawrence y Robert Edwin Lee sobre el juicio en 1925 al profesor John Scopes, conocido históricamente como El juicio del mono, acusado de enseñar la teoría de la evolución darwinista en una preparatoria de Hillsboro, contrario a una ley de Tennessee, que prohibía la enseñanza de toda explicación sobre el origen del hombre que no fuera el creacionismo. “Down with Darwin (Abajo con Darwin)”, “Don't monkey with us (No jueguen con nosotros)” “Doomsday for Darwin (Juicio Final a Darwin)”, “Keep Satan out of Hillsboro (Manten a Satán fuera de Hillsboro), alegaban los fanáticos.

SIN CIENCIA

La bióloga Ruiz explica que México recibió las teorías de la evolución sin tener un desarrollo de la ciencia equiparable al de los países de Europa, por lo que sus primeros adeptos fueron los intelectuales.

“La ciencia era una actividad importante en México, pero casi como entretenimiento para abogados, médicos o ingenieros, no propiamente científicos. No había un ambiente para que la ciencia recibiera al darwinismo, por lo que en una primera etapa fue acogido por políticos o abogados más en un ámbito social que científico. Había gente muy culta y preparada como Justo Sierra y su hermano Santiago, quienes se preocuparon por entender el darwinismo.

Otro importante introductor fue Gabino Barreda, uno de los primeros que leyeron las obras de Darwin, si bien no lo convencieron porque para él esas teorías no eran científicas en tanto que no habían seguido el método positivista, comteano”, dice Ruiz.

Fue hasta finales del siglo XIX e inicios del XX que el padre de la biología mexicana y autor de Nociones de biología (1904), Alfonso Luis Herrera, comenzó a poner en práctica el evolucionismo darwinista en el contexto de la investigación científica en el país, refieren Ruiz, Noguera y Rodríguez.


No obstante, Noguera acota que sí se había gestado un nuevo ambiente político, social y educativo durante las presidencias de Benito Juárez (1857-1872) y sus Leyes de Reforma, que abrieron las puertas al pensamiento positivista de Auguste Comte y de Herbert Spencer, al del primer evolucionista, Jean-Baptiste Lamarcke, y después permitió la lectura de Darwin, con su teoría sobre la selección natural.

—¿Qué fascinó a los intelectuales mexicanos de Darwin?

—Particularmente a Justo Sierra (un porfirista) y a Molina Enríquez (un revolucionario) les fascinó la posibilidad de explicar lo social a partir de lo científico. La ciencia entonces ya era una actividad súper renombrada; lo científico es lo serio, lo tangible, lo estudiable. Entonces les parece bastante importante poder aplicar una teoría científica a lo social, es muy atractivo el darwinismo en ese sentido para los políticos mexicanos. Sierra, fundador de la Universidad Nacional en 1910, lo usó mucho, incluso tiene un libro que se llama Evolución política del pueblo mexicano. Poder explicar científicamente a la sociedad, aplicar las teorías evolucionistas de Darwin fue algo que a Sierra le fascinó—, señala Ruiz.

“A muchos intelectuales de entonces les fascina Darwin porque ven la sociedad como un organismo biológico, que nace, crece, se reproduce y se puede mejorar. Esta analogía les parece muy atractiva. Y en ese transcurso de mejora es donde ellos entienden esta idea de la evolución biológica, orgánica y social, siempre con una fijación de progreso, de ser cada vez mejor”, apunta a su vez Noguera.

La diferencia entre las visiones de Sierra y Molina Enríquez radica en la velocidad con la que ambos pensaban deberían darse esos cambios: mientras el primero sostenía que la evolución social tenía que ser gradual, apoyada en la educación, el segundo optaba por una transformación radical, brusca, una revolución, coinciden Ruiz, Noguera y Rodríguez, quienes expresan su oposición al darwinismo social.

Otro punto de contraste es la definición de quiénes eran los más aptos en la sociedad. Para Rabasa, senador, escritor realista y abogado, los más aptos eran los miembros de las clases dominantes; para Molina Enríquez, los indígenas eran los más aptos para generar progreso en la sociedad mexicana. Y ya en la época posrevolucionaria, los más aptos eran los mestizos, la raza cósmica de Vasconcelos.

—¿Darwin impulsó la Revolución Mexicana?

—Para algunos autores sí. En el caso de Emilio Rabasa y Molina Enríquez, sí. También en el caso de Justo Sierra, pero en el sentido de un cambio gradual. Es que no podemos saber si las propias ideas de Sierra fueron motivando la necesidad de un cambio, aunque él lo viera como un cambio gradual, un cambio evolutivo. Siempre tuvo una influencia en la sociedad. Esa necesidad de cambio era inminente, y por más que él dijera “vámonos por lo lento”, pues no, la gente estaba absolutamente harta de la situación del país durante el Porfiriato y entonces hubo un levantamiento—, señala la biologa.

“No fue tanto una influencia directa para la transformación radical, sino más bien un freno con esa idea de la evolución gradual, porque los jacobinos sí querían cambios radicales con armas. Y los debates giraban en torno a si queríamos cambios radicales o no. Los jacobinos desaparecieron durante el Porfiriato, y se optó por una transformación mucho más gradualista, spenceriana, comteana, donde el darwinismo entra de lleno para frenar el ímpetu jacobinista”, concluye Noguera.


No obstante, los investigadores subrayan que ese intento de cambio gradual fracasó y vino el estallido social. Luego, en el México posrevolucionario, el darwinismo fue tergiversado una vez más por el movimiento eugenésico, estudiado en el país, entre otros, por la investigadora Laura Suárez y López Guazo.

SELECCIÓN DE TRADUCCIÓN

Aunque El origen de las especies no tuvo buena acogida en Francia, los investigadores concluyeron en un estudio que los intelectuales mexicanos leyeron a Darwin en francés, en traducción principalmente de Clémence Royer. Al respecto, el doctor Rodríguez advierte sobre un gravísimo error en esa edición.

“La recepción de Darwin en Francia fue muy diferente a otras partes de Europa y mucho contribuyeron las traducciones que hacían hincapié en elementos comunes a los franceses. Por ejemplo, un concepto clave como es el de 'selección' natural, Royer decidió cambiarlo por el de 'elección' natural, porque en francés no existe la palabra 'selección'. Entonces, entre 'selección' y 'elección' hay mucha diferencia. Eso implicó que la teoría de Darwin en Francia fuera terriblemente diferente, y en los países adonde llegó esa traducción pudo haber tenido también implicaciones importantes respecto a la concepción de Darwin y la versión de Royer. Más tarde, el mismo Darwin hizo su labor para que eso cambiara, promoviendo otras traducciones en las que se aclaraban estos puntos”, explica Rodríguez, doctor por la universidad inglesa de Leeds y miembro del Programa Universitario de Bioética de la UNAM.

No obstante, hoy en Francia se celebra la “revolución” del naturalista. Un ejemplo es Darwin l'original, exposición abierta desde el 15 de diciembre pasado al 31 de julio próximo en la Cité des Sciences et de l'Industrie de París, con apoyo del Muséum National d'Histoire Naturelle francés, donde se examinan el pensamiento y métodos de naturalista de Darwin, se conocen sus precursores, seguidores y detractores; y se enseña de manera interactiva, con apoyo de ilustraciones del siglo XIX, sus repercusiones en la zoología, la botánica, la geología, la paleontología, la antropología, la historia e incluso el arte.

PUESTO EN SU LUGAR

No obstante esos antecedentes, los doctores en Ciencias y Filosofía de la Ciencia coinciden en que hoy las teorías de la evolución del sabio inglés se aplican exclusivamente en la ciencia natural y que solo los grupos e individuos más conservadores del planeta todavía defienden el darwinismo social.

“El darwinismo ya ha quedado reducido adonde debió estar siempre: el terreno de la ciencia. Ahí se ha quedado y ahí es donde le toca estar. Se sigue estudiando, es muy importante, pero en lo social ya no tiene impacto”, sostiene Ruiz, ex presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias (2008-2009).