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Sábado , 21.07.2018 / 07:05 Hoy

Dario Fo: el bufón que buscaba a Dios

La ley preveía, según cuenta Darío Fo en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1997, que los ciudadanos podían insultar a su vez a los bufones, difamarlos, y, en caso de necesidad extrema, matarlos

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Fernando Zamora

En 1221 Federico II Hohenstaufen, “estupor del mundo”, “ungido de Dios”, pero sobre todo rey de Sicilia, promulgó una ley contra los jugulatores obloquentes, esos “bufones que difaman e insultan”. La ley preveía, según cuenta Darío Fo en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1997, que los ciudadanos podían insultar a su vez a los bufones, difamarlos, y, en caso de necesidad extrema, matarlos.

Cuando se anunció que Fo había conseguido el galardón sueco, algún periodista italiano (a la sazón molesto por los repetidos ataques de su teatro contra la curia romana) escribió: “han premiado a un bufón”. La cosa, en su idioma original, tiene sutilezas que Fo supo aprovechar pues el bufón a su modo es un juglar. El comediante pudo aceptar como cumplido un ataque y, en el discurso de marras, se mostró orgulloso de encarnar las dos caras del oficio del jugulator obloquente a quien, en 1212, el emperador del mundo había recomendado asesinar.

En fin, que el bufón Darío Fo ha muerto y, en Italia, se vive su deceso con la intensidad que caracteriza a quienes no necesitan de pretextos para reír, beber o llorar. La prensa lamenta su partida porque supo dar a la comedia el peso político que tuvo en la tradición renacentista y medieval. Apenas hace tres años el movimiento Cinco Estrellas, asociación civil que se caracteriza por el escepticismo, por promover la democracia directa y la salida de Italia de Europa, se reunió en la Plaza de la Catedral de Milán. Aquello estuvo lleno de anarquistas, socialistas y defensores de los derechos animales. Hubo, sin embargo, uno que otro conservador y uno que otro capitalista que había ido no tanto por apego a Cinco Estrellas sino solo por ver a Darío Fo quien (juglar de 87 años, pero juglar al fin) se había convertido en una suerte de estrella de rock.

Como se sabe, la carrera de Fo inició en la tradición de la Comedia del Arte, un teatro popular e irreverente que echa mano de la mímica y las tradiciones de carnaval. Y, aunque es cierto que de la Comedia del Arte surgen bufones que vienen y van, también lo es que escritores como Shakespeare y Cervantes encontraron en ella inspiración para algunos de sus más grandes personajes: Falstaff, por ejemplo, y, el más grande de todos, el bufón y juglar de Alonso Quijano: Sancho Panza.

Con la misma inteligencia de los grandes del XVII, Darío Fo encontró en la Comedia del Arte personajes henchidos de refranes, moral laxa y, lo más importante de todo, una posición política que ensalza la libertad. La diferencia es que Fo no se inspiró en el teatro popular para crear a un personaje literario sino para crearse a sí mismo. Era una necesidad existencial. Había llegado joven muy lejos y corría el riesgo de que la fama lo volviese burgués. ¿Quién puede imaginar a un Rigoletto burgués? La cosa no funciona, de modo que Fo tuvo que llevarse hasta el extremo de estar sistemática y gozosamente enfrentado con toda clase de poder. Eran los años sesenta. Volverse burgués era cosa seria, sobre todo para un comediante como él, que había ingresado a la televisión con cierta inocencia, pero en cuanto supo del poder de los medios electrónicos, los abandonó. Volvió al teatro y ya nunca lo dejaría.

Imaginemos la Italia de los años sesenta. El papa Paulo VI aún lanza bendiciones dos metros sobre el suelo en una silla gestatoria que cargan rubios y jóvenes nobles romanos. Lo cubre un palio de seda. En esta Italia, el bufón se burló del papa y de la mafia que controlaba ya desde entonces la Europa Mediterránea. Se burló del capitalismo entendido como un “todo tiene un precio y todo se puede comprar”. Su obra maestra de esos años en que Italia se convertía ya en lo que hoy es: en Mistero Buffo el jugulator obloquente, vestido con un suéter de cuello de tortuga (que aquí en Italia se llama dolce vita), usaba como único recurso una luz (un seguidor) y un micrófono. Nada más. Contaba en tres horas la historia del mundo según Darío Fo. Cuestionaba los milagros de Jesús. Reía con los santos de la tradición popular y, claro, se burlaba de la política del papa en alianza con las mafias siciliana y napolitana que buscaban evitar activamente el ascenso del socialismo. Sin estos tres actores del teatrum mundi, papa, mafia y capital, la historia de Italia hubiese cambiado. Puede que todo hubiese sido mucho peor, pero a Fo hay que darle el crédito de haber sido un poeta en el sentido de Rimbaud: Mistero buffo es la dramaturgia de un vidente.

Amante del teatro de Lorca y Maiakovski, Fo influyó el cinismo de Saramago y el amor al mimo que Fellini exaltó. “Se ha ido El Sumo Dramaturgo”, sentencia Giuseppina Manin en su crónica sobre la muerte de Fo en la edición del 13 de octubre de 2016 en el Corriere della Sera. Ha muerto el director, el empresario teatral, el pintor, el boicoteador del poder. Ha muerto el mimo que escribió más de cien obras y dos novelas. Ha muerto el artista que graciosamente se reconoció bufón la noche que recibió el Nobel. Y como buen bufón, recibió su premio de las manos de un rey. Lo importante, sin embargo, es que lo hizo en nombre de todos los mimos, payasos, volantineros y cuentistas del mundo. Lo recibió en nombre de los maestros vidrieros de su barrio en Sangiano, provincia de Varese, donde creció y donde aprendió a hablar como el obrero, el campesino o el más sencillo militar. “Detrás de cada sarcasmo”, decía, “hay una trágica alusión”. Este es el espíritu de sus burlas, de la comedia política que hizo de Fo el último juglar.

Nadie duda que las cosas han cambiado desde los tiempos en que, bajo el peso de una tiara de casi nueve kilos, el papa Paulo VI lanzaba anatemas contra el mimo y su Mistero buffo. Al contrario, este 13 de octubre El Vaticano le ha ofrecido, también, un homenaje; lo ha hecho sacando del archivo una entrevista que Radio Vaticana le hizo al dramaturgo en el 2014, año en que Fo se adscribió a un grupo que se definía a sí mismo como “ateos que buscan a Dios”. En esta entrevista el Premio Nobel se declara admirador de San Francisco, se describe como un creyente de algo, “de un más allá”. Con todo y todo, otro periódico italiano recuerda que hace apenas tres años, en el 2013, la Santa Sede le negó un espacio teatral en que el mimo deseaba hacer un merecido homenaje a su compañera teatral y a su amante de toda la vida: Franca Rame. “El papa Francisco nos ha censurado”, dijo entonces. “Tal vez en el fondo nos quiere porque no quiere que les hagamos publicidad”.

En gran medida, gracias a las polémicas que a lo largo de toda su vida tuvo el Premio Nobel con el pontificado, Darío Fo se mantuvo vigente. Lleno de vida. Como lo dice en este programa-homenaje que le han hecho en Radio Vaticana el 13 de octubre. Fue la polémica lo que lo tuvo con ojos abiertos porque “¿Sabe?”, dice el juglar, “yo soy ateo pero sigo buscando en alguna parte. A veces creo escuchar a mi esposa, creo que la miro. En Dios no creo, pero lo sigo buscando con los ojos abiertos”.

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