Imaginar el futuro

Danza.
Pedro y el lobo por el Royal Ballet.
Pedro y el lobo por el Royal Ballet. (Cortesía)

Ciudad de México

Continuando con las reflexiones en torno a la danza y su rol en la sociedad, me gustaría proponer esta vez una nueva línea de reflexión: ¿por qué vale la pena enseñar danza y formar artistas en el mundo contemporáneo? ¿En qué medida la enseñanza de las artes es necesaria para la formación de ciudadanos en el siglo XXI? Se trata de un tema de enorme profundidad.

Entender la educación como un proceso de adiestramiento acrítico que capacite en el uso de técnicas y herramientas aplicadas al veloz desarrollo tecnológico ha demostrado que dejar de lado la esencia humana para privilegiar la tecnología trae consecuencias catastróficas no solo para la humanidad, sino para el planeta completo y el resto de las especies que lo habitan. Esto no implica la satanización del desarrollo tecnológico; más bien, la necesidad de volver a la ética para su uso y aplicación.

Ante la necesidad de formar seres éticos, se hace manifiesta la pertinencia de incluir al arte como elemento esencial de un perfil educativo contemporáneo. Las escuelas de arte, lejos de quedar abandonadas, necesitan de un proceso de fortalecimiento que reconozca el rol de los artistas en el enfoque ético de la educación.

Bailarinas y bailarines solo llevan como herramienta de trabajo y expresión el propio cuerpo; es decir que el proceso epistemológico ocurre sobre ellos mismos. Además de llevarlos a una experiencia estética, tal proceso los conduce a una experiencia ética de autoafirmación e intervención sobre el universo en que se ubican, así como de proyección crítica y dinámica del mundo que se propone. Como diría el pedagogo brasileño Paulo Freire: a través de sí mismos, plantean una problematización del futuro. Promueven una visión crítica del presente y la necesaria creación del futuro y no la espera del mismo a modo de destino manifiesto e inexorable.

Es a través de la danza, del arte en general, que transitamos de la estética a la ética. Vale la pena el esfuerzo por alentar la formación de trabajadores del arte, así como por difundir sus creaciones entre niños y jóvenes. Un niño o un joven expuesto a un hecho artístico se sumergirá en un universo estético en que contraste su presente y lo conduzca a reflexionar sobre lo que desea del futuro, a pensarlo, crearlo y trabajar por él. No se trata solo de difundir el arte para acumular experiencias estéticas, sino para asimilar elementos del proceso creativo que admiramos y con ello adquirir un rol dinámico, decisivo en la comunidad.

Reconozcamos la importancia que en un mundo eminentemente tecnológico tienen las escuelas de arte, importancia que, como hemos reflexionado, va más allá del nivel ornamental. Aquí un par de propuestas especialmente dirigidas para que el público joven experimente la magia estética y epistemológica de la danza. En el Teatro Helénico, los sábados y domingos de febrero a las 13:00 horas, el Ballet de la Ciudad de México presenta Pedro y el lobo, el cuento ruso musicalizado por Prokófiev. En el Teatro Benito Juárez, la compañía Athosgarabathos presenta Alicia… Alicia que recrea el maravilloso y complejo texto de Lewis Carroll. La obra estará sábados y domingos de febrero a las 13:00 horas.

Dice Freire: “Sería una contradicción que el ser humano, consciente de estar inacabado, no se insertara en un proceso permanente de búsqueda esperanzadora. Este proceso es la educación”. Yo añado que a este proceso esperanzador necesariamente lo atraviesa el arte.