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Martes , 23.10.2018 / 13:57 Hoy

Daniel, Salomón y Marco

Los ilusionaba construir una poética visual onírica y triste, de íntimos paisajes brumosos donde, como en los sueños, las cosas ocurrieran desencajadas del tiempo.
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Javier Salomón Aceves Gastélum (de 25 años) lucía una larga barba rojiza de marinero eslavo y tocaba la batería; su imaginación partía del mar y del ritmo. Marco Francisco García Ávalos (de 20 años) usaba una gorra azul y tenía los ojos negros; su imaginación tendía hacia un misterio hermético. Jesús Daniel Díaz García (de 20 años) sonreía ante recuerdos de nieve; su imaginación se exaltaba desde el frío.

Aunque nacieron en tierras distintas, Salomón, en Mexicali; Daniel, en Los Cabos, y Marco, en Tepic, su ilusión por el cine los unió en Guadalajara. Los ilusionaba construir una poética visual onírica y triste, de íntimos paisajes brumosos en donde, como a través de los sueños, las cosas ocurrieran desencajadas del tiempo, entre confusos fragmentos increados que inexorablemente avanzaran hasta la solitud y el desencanto.

Daniel, Salomón y Marco: entre los tres, para cumplir con una tarea de la Universidad de Medios Audiovisuales de Jalisco, escribieron el guion de una historia de terror abstracto en donde los personajes son poseídos por una sensación de ausencia que, poco a poco, con implacable delicadeza, comienza a filtrarse en sus pensamientos, sonidos y orgasmos.

¡Unificar sus imaginaciones les costó tanto trabajo! Discutieron ciertas escenas hasta el hartazgo. Al final tomaron la decisión de que cada imaginación fuera responsable de su propio momento.

Por eso en el guion de su película, en cuyo nombre nunca lograron ponerse de acuerdo, cada uno creó su propia secuencia individual. La de Marco tiene sombras y cuevas. La de Daniel se desvanece entre flores congeladas. Salomón no la terminó, pero tenía ideas vagas sobre rock n’ roll y agua.

Marco, Daniel y Salomón viajaron a una casa de campo en Tonalá y durante dos días filmaron, aunque aún tenían muchas dudas acerca de la estética de su cortometraje.

Marco propuso usar blanco y negro, pero a Daniel le parecía un procedimiento anacrónico. Salomón deseaba un movimiento de cámara frenético, pero Marco temía que un ojo en continuo movimiento desviara la atención de lo verdaderamente importante: la presencia del vacío. Los tres coincidían en que los diálogos no eran lo suficientemente concretos y quizá debían acentuar la existencia del silencio.

De eso Daniel, Salomón y Marco hablaban cuando, a su regreso, se averió el coche entre Tonalá y Guadalajara. Un grupo de sicarios los levantó en la carretera y, entre golpes, les preguntó: ¿dónde está Diego Gabriel Mejía? Los sicarios amarraron sogas a los cuellos de Salomón, Daniel y Marco, apretaron hasta matarlos y disolvieron sus cadáveres en ácido. ¿Dónde está El Cholo? No se hagan pendejos, ustedes trabajan para el cartel Nueva Plaza. Marco, Salomón y Daniel: lo único que ellos sabían es que habían ido a Tonalá para hacer una película.

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