Los "cyborgs" pansexuales

Los avances tecnológicos nos aproximan de manera creciente a ese estado de gracia parecido al nirvana, consistente en poder obtener algo al instante.
"Software" del consumismo.
"Software" del consumismo. (Yoshikasu Tsuno/AFP)

México

“El cliente siempre tiene la razón” se ha convertido en la máxima que estructura el comportamiento político, así como aquello que define cada vez más la verdadera valía e identidad: nuestro papel como consumidores. Los avances tecnológicos nos aproximan de manera creciente a ese estado de gracia parecido al nirvana, consistente en poder obtener algo al instante, en tiempo real, sin tener que esperar para obtener aquello que de todas formas no puede satisfacerme. Philip Mirowski ha emparentado las características del consumidor en los modelos de teoría económica neoliberal con la figura del cyborg, que responde estrictamente a una lógica de estímulo-respuesta según las coordenadas inscritas en su software. Las marcas son los santos a los que encomendamos nuestras plegarias y, pese al individualismo feroz de nuestra época, la producción del deseo resulta tan homogénea que termina siendo altamente predecible para esos nuevos sacerdotes que son los publicistas y los jefes de marketing.

La publicidad confiere un carácter pansexual a nuestro deseo, al grado de que podemos adquirir un desodorante en aerosol con efectos afrodisiacos tan inmediatos que con solo aplicarlo seremos perseguidos por hordas de hermosas modelos famélicas. Pero esto no es todo: gracias a la innovación, tan propia de nuestras sociedades de emprendedores, contamos con agencias para organizar el adulterio, o para terminar por nosotros una relación de pareja. Se mire por donde se mire, nuestro deseo se halla más libre e irrestricto que nunca, y estamos en vías de eliminar los aspectos desagradables de las relaciones, para entregarnos a una especie de orgasmo perpetuo que pronto ya ni siquiera necesitará de un otro u otra real, de carne y hueso.

La propia moralidad se ha relajado, siempre y cuando no suceda en aspectos que atentan contra la ética laboral, que nos exige estar atentos al iPhone y disponibles para el jefe las veinticuatro horas del día. Ejecutivos respetables de día, drogadictos y abiertos a las más extremas experiencias sexuales de noche, se nos alienta incluso a expresar la diversidad sexual, étnica, musical y demás, siempre y cuando seamos soldados obedientes en cuanto a los códigos que configuran la ética laboral adecuada. En el agregado, contamos con la bolsa de valores, los mercados y los inversionistas —con su nerviosismo perpetuo— para dictar los cánones normalizadores que habrán de delimitar nuestro comportamiento. En lo individual, no sorprende leer artículos que vinculan el incremento de suicidios en Francia al estrés laboral producido por la conectividad ilimitada.