ENTREVISTA | POR VERÓNICA ORTIZ LAWRENZ

Patricia Arriaga Jordán Cineasta y productora

La cineasta y productora lamenta la poca disposición que hay para hacer programas para niños: "solo les interesa venderles dulces y juguetes, no verdaderas producciones audiovisuales de calidad".

“Sin cultura no queda nada”

Ciudad de México

Patricia Arriaga Jordán es cineasta y productora. Única hija, le siguen tres hermanos que son su "adoración" por "guapos, inteligentes, rudos, apasionados y con gran sentido del humor". Nacida en la Ciudad de México, su papá le enseñó a quererla. "Todos los domingos nos llevaba a conocer algo diferente, un museo, a remar a Chapultepec, al centro". La ciudad era el mundo de los hombres, "con mis tres hermanos menores y mis primos varones mayores". En cambio Tampico, a donde también solía viajar su familia, era el paraíso de las mujeres: "mi abuela, mi mamá, sus hermanas y mis cuatro primas con sus clósets llenos de faldas, vestidos, trajes de baño, moños, perfumes". Patricia nunca jugó a las muñecas, le gustaba darles clases. "El gis y el pizarrón me parecían mágicos". Era la maestra de sus hermanos, odiaban jugar a la escuelita.

En el Colegio Oxford Patricia cursó hasta segundo de prepa porque no había tercero. "Era terrible. Nos manejaban con campanas, chicharras, rezos y miedo. Terminé prepa en el Coronet Hall y descubrí que la escuela podía ser muy divertida. Estudié Comunicación en la Ibero. Cambié de Comunicación a Economía. Me fui al doctorado en economía política en la Graduate Faculty del New School en Nueva York. Empecé con la fotografía en la Ibero, seguí en la Activa de Fotografía en Coyoacán, el Parsons School of Design en Nueva York y el Centro de la Imagen".

En esa época Patricia descubrió a Freud. Devoraba a Sartre, Simone de Beauvoir. Escuchaba a Los Beatles, Bob Dylan, Simon y Garfunkel, a la Piaf, Moustaki, Brassens. Nadaba y noviaba. Novios, siempre mayores que ella. "Me casé a los 20 años con Jorge, abogado inteligente y sagaz. Me divorcié 10 meses después. Él quería un ama de casa, yo un compañero de vida. Empecé a trabajar en la producción de las dos primeras temporadas de Plaza Sésamo. Ahí conocí a John y a mis 23 años empecé a salir con él, de 47. Un hombre extraordinario: judío neoyorquino, guapo, brillante, simpático, culto, y gran conocedor del alma humana. Me enamoré perdidamente de él y él de mí. El hombre de mis sueños. El amor de mi vida. Nos casamos, tuvimos un hijo, Alan, otro hombre extraordinario. A mis 26 nos fuimos a vivir a Nueva York. Me vi rodeada otra vez de hombres: John, sus dos hijos David y Michael, además de Alan. Toda una familia. Los tres son hoy adultos con sus propias familias. Hombres de bien, como decía mi abuela, y yo, feliz por eso".

Ya en México, Patricia organizó un centro de cultura y arte para niños llamado Imaginarium. "Nunca lo pude levantar. Era una propuesta avanzada. Hice talleres de arte en varias escuelas y teatro para niños. Se me ocurrió llevarlo al terreno de mi interés, la televisión". Fue cuando conoció a Alejandra Lajous, directora de Canal Once. "Le hice la propuesta de una barra de educación artística para niños. Me dijo que en ese momento, 1992, el canal no podía invertir en programas infantiles. Me invitó a trabajar en el área de Imagen. Tres años después, Lajous me dijo que había llegado el momento. Me invitaba a dirigir el proyecto de televisión infantil, acepté, por supuesto. Construimos una gran propuesta, desde la televisión pública, empezando por Bizbirije y la barra de Once Niños.

Patricia Arriaga Jordán viste siempre de blanco y negro aunque su color favorito es el rojo. Por eso realizó una película en homenaje a ese color, La última mirada. Es una apasionada de la etimología. Desmenuza palabras para entender el origen de su significado. Su favorita es del árabe: haboob, tormenta de tierra y arena.

¿Qué significa para ti ser productora y cineasta?

Es contar historias, soñar con imágenes; un privilegio. Empecé la productora Nao hace 10 años. Inició como Nao Kids, dedicada a la producción audiovisual infantil. ¡Sorpresa! No existe en México interés por los niños. No era nuevo para mí, pero pensé que habría suficientes proyectos para vivir de ello. Me equivoqué. Hay interés en venderles dulces y juguetes pero para eso no necesitan consultores ni productores especializados. Así que Nao Kids se convirtió en Nao, donde hacemos proyectos para chicos, medianos y grandes. Cortometrajes, mediometrajes, series de televisión, documentales y largometrajes como Bacalar. Trabajamos para: Discovery, National Geographic, Once TV, HBO, Semarnat, entre otras. Lo que nos distingue de la demás productoras es que partimos de la seriedad en el tratamiento del contenido, no hacemos comerciales.

¿Cuáles son tus sueños?

Trabajar en proyectos que me apasionen, que me den suficiente para vivir y me dejen tiempo para fotografiar y escribir mis proyectos personales. Amar y ser amada. Vivir en paz. Que México recobre su centro, dignidad y honor. Todo está tan desarticulado. Quisiera vivir en un México más justo, menos rapaz.

¿Tus nuevos proyectos?

El próximo año escribo un largometraje y una miniserie sobre Tina Modotti. Hace 25 años escribí un guión de cine para Lorraine Bracco y Harvey Keitel. El peor de mi vida. He leído todo sobre Tina Modotti (salvo su expediente policiaco, que no encuentro). Esta vez tengo una historia fascinante que contar. Filmaremos en México, Estados Unidos, Alemania, Italia, España... es un proyecto enorme. Pero hay otros, Guerrillera, un largometraje que narra la guerrilla desde un "ella", no desde un "ellos", como suele hacerse. Tengo una serie de ficción para TV sobre desaparecidos políticos, pero como tiene implicaciones políticas, nadie quiere producirla. Es una pena. América Latina necesita hablar de su pasado. Me espera una exhibición fotográfica. Extraño la fotografía, la necesito.

¿Cómo vez nuestro cine mexicano?

Mejor, más fuerte. Tenemos el reconocimiento en festivales. En taquilla, llevamos dos éxitos arrolladores, Nosotros los nobles y No se aceptan devoluciones. La encrucijada es para nosotros, los cineastas. El público ya votó por el tipo de cine que quiere. Ahora le toca el turno a los cineastas: ¿ese tipo de cine es el que nosotros queremos filmar? ¿Los productores van a arriesgar a propuestas de autor o van a buscar el éxito comercial? En las respuestas a estas preguntas yace el futuro del cine mexicano.

Directores, guionistas, como tu hermano Guillermo Arriaga, actores en el extranjero, en Estados Unidos, ¿ésa es la opción?

Los creadores mexicanos son tan buenos como en cualquier otro país. Pero estamos cortos en escritores para el audiovisual. No sé dónde están. Faltan ideas novedosas, premisas interesantes, diálogos fuertes. Creo que la cultura de la telenovela ha viciado a muchos escritores. Hoy por hoy, las series dramatizadas han cambiado la historia de la televisión. Por tercera vez, la televisión resucita. Es el momento para que escritores se preparen y México dé el paso. ¿Irse o quedarse en México? Es difícil opinar. Cada vida tiene su complejidad. Yo me fui tres veces y no soporté vivir fuera de México. Necesito su caos y energía para crear. Necesito mi lengua, mis amigos y mi familia.

¿Cómo ves el país de ahora, con el regreso del PRI?

Perdido, sin rumbo, en una condición "histérica" donde lo único que hacemos es sentirnos víctimas de quién sea o lo que sea. Solo nos quejamos. Nada nos gusta, nada nos parece, todo criticamos. No hay propuestas, ni ilusión ni identidad. El regreso del PRI no es más que el resultado de la gente que pensó que "todo pasado fue mejor". La gente estaba descontenta con el presente. ¡Sorpresa! El PRI está de regreso y la gente sigue descontenta y el presente sigue dejando mucho qué desear. ¿Qué querremos?, me pregunto. A veces me temo que, eso que queremos, no pueda existir más.

Hay poco apoyo para la cultura.

No se puede dejar a la cultura en manos de la empresa privada. La búsqueda de ganancias crea deformaciones, borra a unos, glorifica a otros. ¿A cuáles? A los que dejan ganancias. Es fundamental el apoyo federal, público, a la cultura. Sin cultura no queda nada, todo se convierte en un gran centro comercial.