Culpar solo a los malvados

Con el advenimiento de la Modernidad, Occidente comenzó a estructurarse principalmente en torno a ciertos valores abstractos que adquirieron tintes cuasi religiosos.
“Cambiarlo todo por tener un poco más”: Montgomery Burns.
“Cambiarlo todo por tener un poco más”: Montgomery Burns. (Especial)

México

Uno de los principales mecanismos para no lidiar con nuestra parte falible consiste en crear una imagen ideal de uno mismo, un tanto inmaculada, mediante la cual nos convertimos en las víctimas bondadosas de la vida y las entidades malvadas que nos rodean. Si bien a nivel individual esto produce comúnmente una cierta incapacidad para entablar un contacto genuino con los demás, que contemple también las complejidades inherentes a toda relación profunda, cuando (como sucede en la actualidad) se produce de manera colectiva se convierte igualmente en un implacable dispositivo social para ni siquiera considerar que quizá fuera deseable —o necesario— contemplar alternativas que implicaran un cambio de rumbo.

Con el advenimiento de la Modernidad, Occidente comenzó a estructurarse principalmente en torno a ciertos valores abstractos (libertad, igualdad, fraternidad) que adquirieron tintes cuasi religiosos, al grado de que hoy poco importa que en la práctica se cumplan o no (vivimos en sociedades donde una inmensa mayoría vive constreñida por la más absoluta necesidad, y no es ni igual ni confraterniza con los privilegiados), pues lo esencial es que formen parte de la narrativa que nos contamos para justificar nuestro estilo de vida colectivo. Un efecto colateral de hipostasiar estos valores es que nos permite encasillar en la categoría de otro malvado a todo aquel a quien consideramos como el culpable de nuestros males, y de esa manera nunca consideramos que nosotros también podamos ser parte del problema y no de la solución.

Así, los ciudadanos respetables de Occidente podríamos enlistar a los terroristas, a los narcos, a los políticos corruptos, a los mesías de izquierda, a los demagogos de derecha, a los empresarios desalmados y a una serie más de alteridades radicales que de manera conjunta producen el horror y la catástrofe cotidiana en la que parecieran transcurrir nuestros días. Y si bien probablemente ninguno de los anteriormente enlistados merezca ni un poco de nuestra compasión, lo cierto es que el pacto social se encuentra tan fundamentalmente resquebrajado que difícilmente alguien podría realmente ufanarse de contribuir con la parte que le toca: el pago de impuestos para financiar lo que es común a todos, lo que nos parece una injusticia que hay que sortear a toda costa, y prácticamente nadie escatima en los medios a la mano para conseguir aquellos fines a los que se haya consagrado la existencia, casi siempre relacionados con la acumulación de propiedades, riqueza, conquistas sexuales, estatus social, fama o poder. Ni siquiera los artistas e intelectuales, esas vanguardias autoproclamadas, escapan por lo general a entregar sus vidas al culto del propio ego y a buscar la celebridad.

Si nos encontramos frente a un quiebre sistémico, producido por un sistema, el neoliberalismo, que ahora incluso amenaza fuertemente con devastar irremediablemente la diversidad ecológica del planeta que habitamos, quizá no exista tarea más urgente que pensar en nuevas formas de organizarnos, estructuradas a partir de categorías distintas, pues nuestra autocomplacencia (neo)liberal nos ha colocado al borde de la violencia indiferenciada y la catástrofe ecológica. ¿Y todo en pro de qué? Como diría el señor Burns: de cambiarlo todo por tener un poco más.