¿Cuánto cuesta el enojo?

El egoísmo y el afán de riqueza, culpables en buena medida de la galopante epidemia de soledad que cada vez más estudios demuestran que aqueja a nuestra época.
Excomulgados de la Iglesia neoliberal.
Excomulgados de la Iglesia neoliberal. (Omar Franco)

México

En la actualidad, es casi una obviedad afirmar que el dinero es el instrumento de poder más decisivo en todo el mundo. Más allá de su evidente utilidad práctica, a lo largo del tiempo el dinero ha ido cobrando vida propia, hasta convertirse en una ideología con tintes religiosos, a cuya adoración (y acumulación) consagramos la mayor parte de nuestras vidas. En términos políticos es cada vez más frecuente la irrupción de millonarios con tendencias de ultraderecha como Berlusconi, Trump, Fox o Macri, que basan buena parte de su plataforma en el éxito empresarial que les permitió acumular fortunas ingentes. El pacto que ofrecen al electorado es darle la ilusión, a cambio de su voto, de que crearán las condiciones para que cada cual pueda también convertirse en un pequeño magnate.

Entre varias otras consecuencias, la omnipresencia del dinero reduce la existencia humana a su valor monetario, al grado de que para definir a una persona a menudo se habla de su networth. Así que un cúmulo de características, contradicciones, anhelos, temores, ilusiones y todo lo que implica ser humano se reduce a un número que, entre mayor sea, pareciera comunicarnos que esa vida ha sido más plena que las definidas por cifras de menor tamaño. Las propias desigualdades producidas por un credo tan brutal han dado pie —como ha señalado Morris Berman para el caso de España tras la crisis económica— a distintas expresiones de un sistema de trueque, donde la gente intercambia bienes o servicios sin necesidad de monetizarlos, recuperando con ello, así sea en pequeños espacios, una dimensión humana fundamentada en ideas como la solidaridad o la cooperación. Los vínculos establecidos son de naturaleza muy distinta de los fundamentados en el egoísmo y el afán de riqueza, culpables en buena medida de la galopante epidemia de soledad que cada vez más estudios demuestran que aqueja a nuestra época.

En países tan desiguales como México existe otro factor ideológico, normalizador, que utiliza al dinero como instrumento de control político: cada vez que algún grupo se organiza para inconformarse de manera pública, marchando o cerrando avenidas como única vía para hacerse escuchar por las autoridades, se produce la avalancha de injurias en su contra, liderada por los medios de comunicación masiva, que invariablemente colocan el énfasis en el costo monetario para la sociedad. No solo habría que analizar la metodología y su significado, pues no necesariamente lo que no se compre en las cuatro horas que dure un bloqueo, o las horas que pasa un banquero atorado en el tráfico, representarán realmente una pérdida económica para nadie. Pero eso no es lo más importante: ya puestos a asignar un valor monetario a cualquier cosa, ¿cuánto cuesta la rabia producida por un sistema que prácticamente desde la cuna determina el tipo de vida a la que pueden aspirar unos y otros? ¿Cuánto vale el dolor ante un hijo muerto o desaparecido por razones que nadie alcanza a comprender? En el México actual, ser acusado de vándalo casi podría ser equivalente a contar con un certificado de excomunión de la Iglesia del neoliberalismo.