Pedro y su nahual

Un cuento de Pablo Weisz Carrington
Pedro y su nahual
Pedro y su nahual (Pablo Weisz Carrington)

Ciudad de México

Pedro Rodríguez era hijo único. Su padre murió cuando él tenía diez años, quedando al cuidado de su madre. Vivían en Jalpan, en la Sierra de San Luis Potosí, donde él comenzó a trabajar en el cultivo del café.

—Pedro, cuando crezcas te vas a casar y me vas a abandonar —le decia su mamá.

—No madrecita, si me caso traigo a mi mujer para que viva con nosotros —le respondía.

Su madre lo miraba con tristeza, como viendo el porvenir.

Pedro se convirtió con los años en un joven fuerte, sano, y alegre. A todos les caía bien. Consiguió trabajo, recogiendo café, en la sierra. Tenía una mulita llamada Chipis y, trabajando duro y sin vicios, pudo mantener bien a su madre; y hasta le sobraba para ahorrar.

Un día que regresaban de la cosecha en la sierra, Pedro y su amigo Emilio Torres, amarraron las mulas a un árbol y se sentaron al lado del camino para cenar.

—¿Has oído hablar de los nahuales? —le pregunto Emilio, mientras se calentaba las manos en el fuego.

—Son solo cuentos, ¿por qué? —le contestó Pedro.

—Pos son almas que se pueden convertir en animales y de regreso a humanos, tienen poderes mágicos —continuó Emilio.

—Yo no creo en esas tonterías —le dijo Pedro con la arrogancia de la juventud.

—Pos dicen que uno, con forma de gato montés se robó una jovencita en Xilitla y nunca más se supo de ella —comentó Emilio con voz misteriosa.

A la noche siguiente, como Emilio tenía gripa, Pedro regresaba solo de la sierra con su mulita cargada de café.

De repente se le cruzó un coyote por el camino, asustando a Chipis, y Pedro casi pierde su carga.

Amarró la mula a un árbol, agarró una piedra y estaba a punto de tirársela al coyote, cuando éste le dijo con voz chillona:

—No me mates Pedro, soy nahual y te puedo ayudar.

—¿Pos qué me vas a dar? —le preguntó Pedro.

—Quiero que vengas a mi mundo —le dijo el coyote.

—Ora no puedo, pero mañana sí —respondió Pedro, despidiéndose del coyote.

Al día siguiente Pedro le dijo a su madre que posiblemente iba a faltar algunos días.

—Ya sabía que un día me ibas a abandonar —le dijo ella, llorosa.

—No llores, mami, yo regresaré —la consoló Pedro, quien partió solo con Chipis, porque Emilio seguía malo de gripa.

Al anochecer el coyote de nuevo se le apareció a Pedro.

—¿Ya estás listo? —le preguntó.

—Ya —le contestó al nahual, amarrando a Chipis de un árbol.

Empezaron a penetrar la maleza, Pedro abriéndose paso con el machete, siguiendo al nahual, que se llamaba Coyotl.

—Ven a mi madriguera —le dijo a Pedro, señalando un hoyo en la ladera del monte.

—¿Y como le hago si estoy más grande que tú? —lo interrogó Pedro.

—Cómete estas bellotas —le indicó Coyotl.

Pedro se las comió con sospecha, pero con ganas de seguir al coyote dentro de su mundo.

—¡Coyotl te ordena achicarte! —chilló el nahual.

Pedro empezó a achicarse, con todo y ropa, hasta quedar del tamaño del nahual.

Los dos entraron en las tinieblas de la madriguera, Pedro guiándose por el brillo de los ojos del coyote. Entraron a una gruta enorme, luminosa, llena de piedras preciosas, que Pedro agarró sin que Coyotl se diera cuenta, y se las metió a la bolsa.

La gruta estaba llena de doncellas preciosas, que jugaban al lado de una poza.

—Este es mi mundo —le dijo Coyotl—, ¿qué te parece?

—¡Sensacional! —respondió Pedro.

—¿De dónde vienen estas mujeres? —interrogó a Coyotl.

—Pos nos las robamos de los pueblos —le contestó el nahual.

Al rato aparecieron otros nahuales, de distintas formas animales.

—Les presento a Pedrito —les dijo Coyotl—. Trátenlo bien porque es mi cuate.

Todos lo saludaron y luego se sentaron en una mesa suntuosa, llena de frutas, manjares de todo tipo y vino en abundancia.

Al rato, Pedro alzó su copa y propuso un brindis, fingiendo beber del vaso. Todos los nahuales, felices, brindaron con él, dándole la bienvenida. Después de varias copas, todos los nahuales estaban cantando, y a la media noche profundamente dormidos.

Pedro aprovechó el momento para escaparse, robándose a Xóchitl, una de las cautivas más hermosas de los nahuales.

Llegando a su pueblo en la noche, fue a visitar al yerbero Don Jacinto.

—Oye, te doy una de estas piedras si nos vuelves a nuestro tamaño normal, a Xóchitl y a mí —le dijo, dándole una de las piedras que tomó de la gruta de los nahuales.

El viejo sacó unas yerbas de su morral y les hizo un té, cantó y prendió incienso en su choza. Después de dos horas de haber bebido la poción, los dos habían recuperado su tamaño normal.

—Vente, vamos a ver a mi madre —le dijo Pedro a Xóchitl, despidiéndose, muy agradecido, de Don Jacinto.

—Quiero ir a ver a mis padres en Xilitla —imploró Xóchitl, muy triste.

Pedro aceptó y al llegar tocaron a la puerta. Les abrió don Juan Valdés, el papá de Xóchitl.

—¿Y tú quién eres? —le preguntó a Pedro.

Pedro le explicó la situación y le dijo que quería casarse con su hija.

—¿Y de qué van a vivir? —le preguntó don Juan.

Pedro sacó algunas de piedras preciosas de su morral y se las ensenó a don Juan, quien quedó convencido de que les iría muy bien.

Después de comunicarse con su madre, Pedro le dijo que iba a quedarse en Xilitla con su mujer, pero que no se preocupara porque él nunca iba a dejar de ayudarla.

Un año después, Xóchitl dio a luz a un niño muy bonito al que llamaron Rafael.

Una noche, con horror Pedro se da cuenta que Xóchitl está en la ventana viendo la luna llena, convirtiéndose lentamente en gato montés, escapando por la ventana. Inútilmente, Pedro la persigue, pero Xochitl es mucho más rápida que él y desaparece para nunca volver.

Pedro, después de años se recupera de la pérdida y educa a Rafaelito en compañía de su madre, siendo rico y feliz al vender las piedras de los nahuales e invertir sabiamente su dinero.

Moraleja: "Nunca te cases con un nahual".