¿Cuál es el sentido del amor hoy?

Este México brutal, de horror y miseria, de calles rotas y violencia, es un lugar horrible para crear nueva vida, es decir, para ser padres...
“Solo soy realista”, dice Héctor y apoya su mano sobre el muslo de Patricia, “me encantaría ser padre, pero simplemente vivimos una época (el siglo XXI en México) en la que no hay manera”.
“Solo soy realista”, dice Héctor y apoya su mano sobre el muslo de Patricia, “me encantaría ser padre, pero simplemente vivimos una época (el siglo XXI en México) en la que no hay manera”. (Ilustración: Alfredo San Juan)

México

“El horno no está para bollos”, dice Héctor Ballesteros con su grave voz lenta mientras, veloz, mueve la cabeza de arriba hacia abajo a manera de afirmación. Me mira con una expresión que casi parece hostil por repentina.

Hace 30 segundos, Héctor, efusivo y sonriente, nos servía tequila —a mí, a él y a su esposa Patricia Hernández— en caballitos de vidrio cortado que colocó sobre obscenos portavasos —muestran mujeres en tanga— con la intención de no maltratar la mesa de su sala.

Patricia justifica los portavasos: “Fueron un regalo de su hermano, que siempre ha sido un marrano”, y luego agrega, con una suave voz opaca que hace pensar en el miedo: “Y a mí no me gusta que Héctor diga eso”.

En su lectura inmediata, “el horno no está para bollos”, se refiere a que este México brutal, de horror y miseria, de calles rotas y violencia sostenida, es un lugar horrible para crear nueva vida. Y ahí, Patricia está de acuerdo. Pero en una segunda lectura, “el horno” es su vientre y “bollos”, hijos posibles. Entonces Patricia, instintivamente, se siente agredida. Siente que su esposo la está comparando con una máquina averiada.

Héctor y Patricia viven en un departamento de la colonia Tránsito. Ella vende ropa en una tienda departamental y él atiende clientes para una telefónica. Entre los dos ganan 17 mil pesos al mes por trabajar 102 horas a la semana. Nacieron en el mismo año: 1984. Dos veces les han vaciado su casa. En enero a ella le robaron su celular y mil pesos en un asalto. Sus ingresos, en cuatro años de vivir juntos, han crecido 2.3 por ciento.

“Lo puedo decir de otro modo…”, Héctor bebe tequila y parpadea, “… ¿para qué tener hijos si no tenemos dinero y vivimos en un país de mierda?”

Patricia se ha planteado dejar a Héctor. La frena la complicidad nocturna y también la frena la esperanza. Una esperanza —se lo ha repetido mil veces— que resulta peligrosa e ilusoria. ¿Qué puede cambiar? ¿Qué va a ser repentinamente tan distinto como para tener dinero y sentirse seguros? Y, sin embargo, cada vez con mayor insistencia, su cuerpo, sus nervios y su sangre le piden ser madre.

“Solo soy realista”, dice Héctor y apoya su mano sobre el muslo de Patricia, “me encantaría ser padre, pero simplemente vivimos una época (el siglo XXI en México) en la que no hay manera”.

Patricia, al sentir el contacto, se pone de pie y se lleva los caballitos de tequila vacíos. Desde la cocina dice:

“¿Pero cuál es entonces el sentido del amor hoy?”

Y su voz suena tan lejana que hace pensar en un fantasma.