Los sin nombre

El cuadrante de la soledad, de José Revueltas, fue la primera obra en el teatro mexicano que alcanzó las 100 representaciones.
José Revueltas.
José Revueltas. (Cortesía)

Ciudad de México

El cuadrante de la soledad, de José Revueltas, fue la primera obra en el teatro mexicano que alcanzó las 100 representaciones, en 1953. Bajo la dirección de Ignacio Retes, con escenografía de Diego Rivera y las actuaciones de los jovencitos Silvia Pinal y José Solé —los únicos sobrevivientes de aquel acontecimiento—, hoy, en el centenario del nacimiento del escritor al que todos los críticos comparan narrativamente con Dostoievski pero que en la escena estaría a la altura de Bertolt Brecht, la Compañía Nacional de Teatro de Luis de Tavira ni siquiera se acordó de que en México tenemos un dramaturgo de primerísimo nivel. Así de lamentable es el teatro oficial que desprecia a sus autores nacionales.

Años después, en 1980, pude ver por primera vez esta obra dirigida por Lola Bravo con la nueva Compañía Titular de Teatro del Instituto Politécnico Nacional, hoy extinta. Escribí el 14 de diciembre de 1980 en el suplemento cultural El gallo ilustrado del periódico El Día: “La historia de una huelga camionera, de unos trabajadores que luchan contra su patrón, apoyado por la política y gente coludida con ella; la historia de la importancia de los medios de comunicación como difusores de patrones de conducta a seguir por las masas, creadores de estereotipos, de normas, pero nunca difusores de cultura, de información esclarecedora, la corrupción, el machismo, las relaciones humanas y las preferencias sexuales son, entre otros tópicos, los temas que trata la historia de Revueltas y que conformarán la idiosincrasia del mexicano con la pérdida de sus raíces culturales” (lo sé: es horrible la redacción).

Me quedé corto en aquel entonces (fue mi primera crítica teatral). Hay un tema nodal en el desenlace de El cuadrante de la soledad: la corrupción y las drogas. Colombina, una puta anciana, con sus declaraciones a la policía como testigo privilegiada del crimen, por primera vez aparecerá ante el mundo con su nombre: “Mi nombre verdadero es Enriqueta Suárez Méndez. De la familia Méndez Suárez, los famosos joyeros”.

Los sin nombre en la obra de Revueltas. Como los asesinos de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, porque los verdaderos apellidos de los narcotraficantes aun no los conocemos. Así de vigente es José Revueltas, desdeñado por la Compañía Nacional de Teatro de Luis de Tavira para hacerle el Homenaje Nacional que se le debe. Aún es tiempo. Ojalá.

Revueltas no pedía aplausos para esta obra. Escribió: “perturbar y desazonar a los otros como él lo está; desnudo y sin espalda, dispuesto a combatir”.

Y ya, me callo. Espero que no pasen otros cien años de soledad y olvido.