La crueldad en estado puro

La crisis griega ha resultado sumamente emblemática en cuanto a las contradicciones y rasgos más crueles del orden económico mundial.
Alexis Tsipras.
Alexis Tsipras. (Yannis Behrakis/Reuters)

México

Para cuando esta columna aparezca, dentro de unas horas, se conocerá el resultado del voto griego sobre lo que la propia Unión Europea ha considerado como la decisión de permanecer o no en el euro, con todas las consecuencias económicas, sociales y políticas que ello entraña. Sin embargo, creo que justo antes de conocer el sentido del voto (sin afán de aventurar pronósticos, es plausible que triunfe el sí a los paquetes de austeridad que exigen las autoridades financieras, con lo cual probablemente caiga el Ejecutivo de Alexis Tsipras y seguramente haya un gobierno técnico de transición) es interesante reflexionar sobre lo que acontece, pues la crisis griega ha resultado sumamente emblemática en cuanto a las contradicciones y rasgos más crueles del orden económico mundial.

La base del argumento que literalmente ha arrojado al desempleo, el hambre y la miseria a millones de griegos —entre los que destacan los jóvenes que no encuentran ningún tipo de oportunidad laboral (el desempleo en los menores de 30 años al parecer roza cifras como el 60 por ciento) y los pensionados que aparecen desesperados en las fotografías— consiste en que durante muchos años fueron irresponsables con el gasto público, y ahora deben pagar las consecuencias mediante una austeridad diseñada para que con el superávit de las finanzas públicas la economía griega pueda pagar a los bancos y organismos financieros internacionales que les han prestado dinero para, paradójicamente, pagar la deuda con los bancos y organismos financieros internacionales. Además de argumentos económicos, se invocan principios morales basados en el castigo y el regaño pues, al parecer, si los griegos no escarmientan (¿más?) otras naciones podrían seguir su irresponsable ejemplo.

Lo curioso es que cuando son los bancos los que se comportan de manera irresponsable y se colapsan, invariablemente son rescatados con fondos públicos, que pagan los contribuyentes durante décadas, y sus dirigentes no van a la cárcel ni pagan de ninguna manera el enorme daño que han causado a la sociedad, como ha sucedido en México con el Fobaproa, y más recientemente en Estados Unidos, España, Irlanda y Portugal, así que ni siquiera la lógica del castigo se salva de la doble moral de quien detenta el poder. Y una vez más asistimos al mecanismo de infundir pánico a lo desconocido para chantajear a un pueblo entero a votar a favor de un camino que les traerá más penurias y sufrimiento, y todo para que los bancos y los organismos financieros no asuman la pérdida que les correspondería ante la crisis generalizada. Algún día se juzgará entre los sistemas más malvados de la historia de la humanidad uno que elige provocar hambre y suicidios masivos entre gente humillada hasta el cansancio con tal de que unos perversos hombrecillos de traje gris puedan añadir más dinero a sus ya de por sí obscenas fortunas.