El cruel prodigio

Escolio.
Juan Gelman
Juan Gelman (Pascual Borzelli Iglesias)

Ciudad de México

El martes 14, día del lamentable deceso de Juan Gelman, me llamaron de un medio de comunicación para pedirme una opinión sobre su obra, decliné comentar pues no pude articular en ese momento la sensación que me provocaban su poesía y su figura. En casos como el de Gelman, la figura pública y la valoración poética suelen confluir y confundirse. En la conocida trayectoria vital y política de Gelman pueden observarse muchos de los dramas más aciagos de la historia reciente y las atrocidades que Gelman sufrió, enfrentó y, si se puede decir así, superó, lo convierten en un auténtico y calificado “testigo moral” de la barbarie de nuestro tiempo. El término “testigo moral” no es meramente descriptivo, el pensador israelí Avishai Margalit le brinda gravedad filosófica, pues denomina a ese espectador, o víctima, de episodios de intolerancia y violencia apenas concebibles, cuyo testimonio busca, por un lado, impedir que esos hechos sean devorados por el olvido y, por el otro, evitar que se cristalicen en un odio petrificante.  La “ejemplaridad” de lo inhumano, entonces, no radica en olvidarlo ni en abrigarlo en una herida perpetua, sino en volverlo útil, es decir, en usarlo como una vacuna contra las rabias ulteriores.

Sin duda, la preponderancia de la figura sobre el creador en su recepción pública no ayudaba a valorar las novedades y recurrencias en la poesía de Gelman. De joven descubrí, con arrobo, Los poemas de Sidney West y otros de sus libros: esa mezcla de crítica social, antipoesía, subversión lingüística y humor dentro de la tragedia me resultaron reveladoras y liberadoras. Luego, esa misma fórmula me llegó a parecer inercial y consideraba que opacaba otras facultades (la visionaria, por ejemplo) de la poesía del Gelman. Tras la noticia de su muerte, quise escuchar esa voz  de nuevo y devoré  la magnífica antología Otromundo (FCE, 2007). Redescubrí una escritura basada en una rara oralidad, mitad registro, mitad invención, entonada por un oído especialmente musical, y pronunciada con chispa. Esa escritura formaba un torrente coloquial, algunas veces anclado en la verbosidad, pero la mayoría culminado en la revelación. Un obituario de Juan Manuel Gómez que ensalza el mérito de Gelman de conservar la vitalidad y el humor después de su martirio, me hace enlazar ese rasgo estilístico con lo humano. En efecto, el humor en Gelman no es un simple recurso poético, sino una virtud que evita que la afrenta se congele en rencor, lo que explica que, como dice Gómez, los sufrimientos “no hayan oscurecido su alma e inclinado su tono y tema poéticos hacia el dolor estéril y amargo”. Cierto, el dolor de Gelman es curativo, sus penas se contentan un poco al expresarse y, sobre todo, sus atmósferas son límpidas y conserva la capacidad de sorprenderse o de sonreír ante la vida y el cruel prodigio del mundo: “La no vida se funde con la vida/ y curva el fuego que/ calienta animales/ dormidos lentamente en la calle”.