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Martes , 17.07.2018 / 22:18 Hoy

La crítica: Teatro: Fiesta escénica de Quito/y II

Concluye este fin de semana después de 17 días de mostrar una decena de producciones teatrales ecuatorianas y 6 obras internacionales que han sido probadas en diferentes festivales del mundo.

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Jaime Chabaud Magnus

La Fiesta Escénica de Quito concluye este fin de semana después de 17 días de mostrar una decena de producciones teatrales ecuatorianas y 6 obras internacionales que han sido probadas en diferentes festivales del mundo (mencionadas en la entrega anterior). Al ojo externo le maravilla el trabajo de gestión de la Fundación Nacional Teatro Sucre porque es evidente que esta fiesta ha salido avante a pesar de adversidades varias que van desde lo presupuestario hasta la complejidad que implica involucrar a los públicos quiteños con un evento cultural ambicioso.

Como toda primera emisión, la Fiesta Escénica de Quito ha tenido que lidiar con una difusión insuficiente y con una falta de apropiación por parte de la población. De los primeros días a los últimos, sin embargo, vino a más. Sorprendentes fueron, también, las ausencias de los grupos ecuatorianos más importantes, a los que se invitó pero declinaron participar. Y los que perdieron fueron ellos, no la Fiesta, porque la presencia de programadores internacionales era una oportunidad de oro para mostrar su trabajo. Grillas, como se ve, ocurren en todas partes.

La participación nacional estuvo representada por artistas de Manta, Guayaquil y Quito, mostrando debilidades y fortalezas. El espléndido trabajo unipersonal de Carlos Gallegos en Barrio Caleidoscopio nos lleva a los recovecos de la mente de Alfonsito, una especie de pequeño paranoico. Este dramaturgo-director-actor ecuatoriano despliega sus enormes dotes en un espacio escénico que se reduce a una silla, de la que no se levantará sino hasta el final de la obra, construyéndonos los mundos de un barrio quiteño (o de cualquier parte) que se vuelve, para el inseguro protagonista, en una selva terrorífica. Despertares (cuyo título original es El despertar de la primavera, con libreto de Steven Sater y música de Duncan Sheik), pieza basada en la obra que Frank Wedwkind escribiera en 1891, viene como anillo al dedo a una sociedad ecuatoriana con altos índices de abuso sexual infantil que en su mayoría ocurre al interior de las familias. La puesta de este musical corre a cargo de Chía Patiño, que lo saca adelante con solvencia y lo convierte en un puñetazo que da en la cara del conservadurismo. Un trabajo necesario e inteligente.

El trabajo que se llevó las palmas en esta Fiesta fue la obra Caída (Hemisferio cero), de Gabriela Ponce, bajo la dirección de Leni Méndez. Un trabajo fronterizo, obra/instalación, que borda sobre la imposibilidad lingüística de una mujer por contar su historia personal en una estructura rizomática.

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