La crítica: El solipsismo inteligente

Hay ocasiones en las que se afirma que aquellos que leen y escriben libros ya son más aptos que otros para opinar con autoridad.
Robert Musil.
Robert Musil. (Especial)

México

Mucho se escribe sobre el papel que desempeña la literatura para la vida humana. Es común leer afirmaciones del tipo de que la literatura se compone de mentiras verdaderas, que la realidad supera a la ficción, que la lectura es un viaje interior del que salimos cambiados, etcétera. Sin embargo, el papel de la inteligencia como tal se aborda con mucha menor frecuencia, quizá como si se diera por sentado que aquellos que leen y escriben libros son por definición inteligentes en otros ámbitos, y que necesariamente eso los convierte en personas mejor capacitadas que el resto para opinar con autoridad (a menudo apoyados en el dogma de la erudición) sobre temas que atañen a la sociedad en su conjunto.

Lo anterior viene a cuento porque recientemente leí una columna de un importante escritor donde reflexionaba justo sobre su propia columna, sobre la incidencia que tenía, y sobre si valía la pena que continuara haciendo el esfuerzo de escribirla. Con un cierto toque de amargura, constataba en un principio que su columna no servía para nada, pues nadie le hacía caso a los asuntos que él abordaba ahí, es decir, que la realidad se empeñaba en seguir su curso pese a que en ese espacio él dictara que las cosas deberían ser distintas. Sin embargo, concluía que pese a todo sí valía la pena que continuara escribiéndola, pues los poderosos de alguna manera temen a los intelectuales, ya que, razonaba, estarían muy contentos si se callaran y desaparecieran, así que al menos para ser una especie de piedra en el zapato del poder corrupto, sí valía la pena que siguiera publicando semanalmente sus reflexiones.

Hace poco me tocó también escuchar a otro escritor afamado quejarse sobre las diferencias de ingreso entre su gremio y el de los artistas conceptuales. En ambos casos, se percibe un cierto toque de vanidad herida, como una especie de conciencia que se mira a sí misma y no puede entender cómo es que siendo tan inteligente, la sociedad entera no corre en manada a obedecer sus dictados o a comprar sus libros por montones. La pretensión del intelectual que aspira a gurú, más que ser una crítica a los tiempos, termina siendo una parodia involuntaria que refleja de manera magistral eso mismo que los intelectuales encuentran de corrupto y podrido en la época. Quizá antes de escribir una columna (ésta incluida por supuesto) convendría repetir como mantra unas cuantas veces aquella frase de Musil donde afirma que la primera señal de que uno es estúpido es precisamente pensar
que uno nunca puede ser estúpido.