La crítica: Yo participo, tú participas... ellos se ríen

“Prohibido no participar. Prohibido no tocar. Prohibido no romper” reza su consigna.
Un día en la calle, 1966.
Un día en la calle, 1966. (Especial)

México

Sirvan de ejemplo de lo más logrado del GRAV sus “variaciones sobre una escalera”, secuencia que nos invita a explorar con todas nuestras facultades el tema abstracto de la progresión.

Lo primero que vemos son unas estructuras simétricas llenas de aristas acentuadas por el esquema cromático: blanco y rojo. A continuación, nos percatamos de que los ángulos y dimensiones de peldaños y contrahuellas se van modulando conforme a pautas programadas. Pero nuestra integración de representaciones amodales (reglas, razones numéricas) y sensoriales (forma, volumen, color) se enriquece aún más con la cognición corpórea: al escalar estas montañas, comenzamos a aprehender en carne propia sus matemáticas, a la vez que nos vamos inventando, entre risas compartidas, mil variaciones sobre aquel cuento de Cortázar.

Narrativa del cuerpo ajena a las “políticas identitarias”, gozosa propiocepción.

Baba de perico, según otros. Las actividades del GRAV se desarrollan entre la revolución cubana y el 68 parisino. Durante esos mismos años ensaya la Internacional Situacionista sus descarrilamientos antivisuales de la sociedad del espectáculo, mientras Jean-Jacques Lebel busca liberarnos por medio de la transgresión dionisíaca. Para estos activistas los montajes del GRAV no pasan de tecnofilia populista, manipulación de públicos que en nada se distingue de la instrumentada por el capitalismo. Y algo de eso hay.

El arte “participativo” del GRAV es apto para el Tamayo. No así otro arte más acorde con nuestro presente. En el mismo año en que el GRAV lleva a cabo “Un día en la calle”, sembrando entre los parisinos diversos juegos interactivos, Óscar Masotta organiza en Buenos Aires un acto de “sadismo social explicitado”: un público que paga por ver sufrir a veinte ancianos.

Pero ni el arte del GRAV pasa sin censura. “Prohibido no participar. Prohibido no tocar. Prohibido no romper” reza su consigna. Suprime el museo esta última interdicción.

¿Arte participativo mexicano, integrado a la vida? Quedémonos con el ejemplo histórico y rigurosamente actual referido en estos días por Julia Carabias: Desamparado por las autoridades, un pueblo indígena cuelga de los árboles a los delincuentes que lo venían asolando y luego festeja su liberación desplegando coloridas bandas de papel picado donde aparecen las figuras de los ahorcados.

 

Una visión otra: Groupe de Recherche d’Art Visuel, 1960-1968. Museo Tamayo. Hasta el 16 febrero.