La crítica: palabra de arquitecto

El arquitecto estadunidense de origen ruso Louis Kahn, consiguió realizar proyectos fundamentales para el período modernista de la arquitectura mundial.
Cada edificio tiene inspiración y propósito.
Cada edificio tiene inspiración y propósito. (Especial)

México

Algunos de mis colegas piensan que la labor del arquitecto es incompatible con el trabajo académico. Recuerdo la ocasión, cuando era estudiante de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, que me acerqué a conversar con un gran personaje, el doctor Carlos Chanfón. Durante nuestra charla le mencioné que estaba interesado en los antiguos tratados de arquitectura, y amablemente me invitó a un seminario que impartía sobre Villard de Honnecourt, el célebre tratadista francés de la Edad Media, del quien se sabe que participó en la construcción de algunas catedrales como la de Chartres (construida alrededor del año 1200). Cuando le hablé al profesor de mi deseo de continuar mis estudios de posgrado en arquitectura, él me advirtió que si deseaba dedicarme al diseño y la construcción, no me recomendaba estudiar el doctorado.

Lecciones como esta se quedan para toda la vida, y a veces los mejores maestros que tenemos son aquellos que nunca nos dieron clase. Un buen ejemplo es el arquitecto estadunidense de origen ruso Louis Kahn, quien consiguió realizar proyectos fundamentales para el período modernista de la arquitectura mundial, mientras continuaba enseñando a generaciones de estudiantes de las universidades de Pensilvania y Yale.

En el libro de John Cook titulado Conversaciones con arquitectos (1975), Kahn opinaba que “cuando un edificio se construye, el arquitecto está impaciente por verlo realizado, junto a la construcción no puede crecer nada más. Basta mirar el edificio, cuando ha sido terminado, para percatarse de que cada una de sus partes, tan ansiosamente esperada y construida con tal cariño, intenta decirnos cómo fue construida”. Esta reflexión solamente puede tener lugar en la mente de un arquitecto que, además de cultivar su habilidad para el diseño, seguía profundizando en su parte humanística.

Los edificios son objetos concretos que se construyen para satisfacer necesidades humanas, pero su parte artística está contenida en su interior espiritual. Georg Hegel lo explicaba en sus Lecciones sobre la estética al hablar de la arquitectura como el arte de la externalidad. Seguramente Kahn había estudiado a Hegel, ya que a continuación añadía: “Nadie escucha al edificio terminado porque ahora satisface una necesidad. Los deseos del arquitecto ya no son evidentes una vez que el edificio ha sido habitado. Pero al paso del tiempo el edificio se convierte en ruina, y entonces es cuando regresa el espíritu que motivó a su realización”.

Los edificios se construyen con un propósito; sin embargo, cuando su función ha cambiado o han sido abandonados, expresan sensaciones similares a las que nos transmite la escultura. Allí es donde radica la complejidad mayor de la arquitectura.