La crítica: A las orillas del Río de la Plata

Dos espectáculos, actualmente en cartelera con éxito de público indudable, me sorprendieron gratamente en mi reciente visita a Montevideo y Buenos Aires.
"Todas las cosas del mundo".
"Todas las cosas del mundo". (Especial)

Dos espectáculos, actualmente en cartelera con éxito de público indudable, me sorprendieron gratamente en mi reciente visita a Montevideo y Buenos Aires: dramaturgia y dirección del desaparecido César Campodónico a la novela anónima El Lazarillo de Tormes, con la actuación de Héctor Guido, en la costa norte del enorme Río de la Plata; y, del lado sur, Todas las cosas del mundo, de Diego Manso, con puesta en escena de Rubén Szuchmacher. No es un secreto la potencia del teatro en ambas orillas, quizá más divulgado el porteño (no de la Argentina toda, que tiene cosas muy importantes) que el uruguayo. Y esta potencia se manifiesta sobre todo en la dramaturgia, la dirección de escena y en la actuación más que en la iluminación y escenografía, que suelen ser poco contundentes y a veces lamentables.

Para mí es un descubrimiento el texto de Diego Manso, a quien no conocía en absoluto por su poética de una complejidad, de un barroquismo, alucinante. A ratos emparentado con Valle Inclán, Todas las cosas del mundo construye la historia de una cansada pareja de empresarios de fenómenos: Sancho e Iberia.

La obra arranca con el entierro del Niño Jirafa que, al intentar preñar a la Niña Foca, muere en el coito porque su corazón no aguantó el esfuerzo. La historia se desarrolla en medio de la pampa argentina, o sea: la nada y el todo. La ruina se avecina pero un cura de pueblo, huido de escándalos de pederastia, propone explotar a la Niña Foca como milagrosa sanadora que será propuesta para santa, mientras Sancho vuelve a los tiempos de jauja. La historia, cruzada por deseos-objetivos fuertes de todos los personajes, se precipita hacia un final inesperado. Entre humor negro y grotesco, el texto de Manso se teje espléndidamente, ponderado por la puntual y casi matemática dirección de escena de Rubén Szuchmacher que logra generar una energía común a pesar de la diversidad de orígenes-estilos de sus actores en el teatro Payró de Buenos Aires.

El Lazarillo de Tormes sorprende no por su dramaturgia, que quizá continúa un tanto anclada a su origen narrativo, sino por el trabajo actoral de Héctor Guido, que nos recuerda a Rafael Álvarez el Brujo (España) o a nuestro malogrado Carlos Cobos en su capacidad de encarar múltiples personajes con una gracia infinita en un unipersonal que además pasa por su inteligencia corporal. Emocionante además, estar en la sede de El Galpón, que cumple 50 años de vida, y alguna parte de ellos muy ligada a México por el exilio. Si anda por esos lares, lector, ya tiene dos recomendaciones.