La crítica: La narración oral, marginada /I

Para los ingleses, los alemanes o los franceses el teatro es tan alta literatura como la novela.
Necesidad expresiva ancestral.
Necesidad expresiva ancestral. (Especial)

El teatro ha sido por años considerado, por algunos escritores de narrativa y poesía, el bastardo de la literatura. No en todo el mundo. Para los ingleses, los alemanes o los franceses el teatro es tan alta literatura como la novela. Para México y otros países, la supuesta bastardía ha sido atroz o lo era hasta hace pocos lustros. En su primer año de existencia el Fonca, por ejemplo, comenzó ignorando la dramaturgia y al propio teatro dentro de los estímulos que otorgaba. Era para algunos (o es) una subcategoría artística.

Siempre ha sido difícil comprender esa textualidad que no posee autonomía como obra artística consumada y que no termina de ser en tanto no se actualice en un aquí y ahora vuelto carne de escenario. Ese navegar entrambasaguas (la de la literatura y la de la espectacularidad) siempre ha dificultado su aceptación, su entendimiento. Son muchos otros los intermediarios entre texto y receptor. Tampoco los nuevos formatos de escrituras para el teatro (ya no dramaturgia) han abolido del todo esa noción de bastardía y quizá es interesante que no ocurra, porque los mestizajes e hibridaciones permiten ensanchar horizontes.

Recientemente se han incluido dentro de las categorías para becas de creadores a quienes realizan espectáculos de cabaret o performance, pero el caso de la “narración oral” es aún extraño, por decirlo amablemente. La narración oral es una disciplina que parece tierra de nadie porque, siendo una expresión escénica, vive en las márgenes de cualquier clasificación. Se le piensa más como una “acción cultural” de promoción de la lectura que como una expresión artística en sí misma. Es decir: el teatro no la reconoce como una categoría expresiva de su cada vez más amplio territorio y para la literatura es, de alguna manera, solo una herramienta propagandística.

Sin embargo, un extenso y potente movimiento de narradores orales se extiende por Latinoamérica y otros países, apelando a una necesidad expresiva ancestral que surgió del sentarse alrededor de un fuego a contar historias. El surgimiento de nuevas generaciones de narradores orales y de formatos para el ejercicio de su oficio es un fenómeno al que se le ha prestado poca atención. En la ciudad colombiana de Buga, por citar un caso, se lleva a cabo un festival anual de cuentería que lleva más de 25 años de existencia. Pensar que la narración oral, en sus varias formas, no implica un desarrollo de una técnica es parte de los prejuicios que sobre ella existen.