La crítica: monumentos

El gobierno mexicano es uno de los más propensos en el mundo a erigir monumentos.
Guerrero Chimalli, en Chimalhuacán.
Guerrero Chimalli, en Chimalhuacán. (Especial)

México

Recientemente causó una ola de críticas y burlas la escultura monumental de 60 metros de altura que representa a un guerrero Chimalli, obra del escultor Sebastián, que fue inaugurada en Chimalhuacán. Uno de los más sólidos argumentos contra la escultura es que el gobierno del Estado de México gastó 30 millones de pesos para construirla en una zona de la ciudad donde abunda la pobreza.

El gobierno mexicano es uno de los más propensos en el mundo a erigir monumentos. En la Ciudad de México existen monumentos para todo tipo de caprichos y excentricidades. Además de la infinidad de estatuas a los héroes nacionales y a personajes importantes a nivel internacional, también se han rendido homenajes permanentes a políticos desconocidos en nuestro país, cuyos méritos son incluso irrelevantes para la historia de México, como Josip Broz Tito, el caudillo
de la extinta Yugoslavia, o el célebre presidente checoslovaco Thomas Masaryk, cuya estatua fue un regalo del gobierno de su país al nuestro, siendo esta la única razón por la que existe una avenida con su nombre.

¿El gusto del político mexicano por el monumento será una herencia del totalitarismo priísta? ¿Nuestra sociedad necesitará aun de recordatorios en bronce de personajes y hechos que quizá preferiría olvidar?

En el oriente de nuestra ciudad, en la colonia Solidaridad Nacional, existe un monumento tan abstracto como absurdo: es una escultura gigante que celebra al drenaje profundo. Nunca fue terminada y ha quedado olvidada a la mitad del patio de una escuela. Pero eso no es todo: en la salida a la autopista a Cuernavaca hay un enorme Monumento al Caminero —es decir, al constructor de caminos, que celebra su día el 17 de octubre de cada año—. Por si fuera poco, en 2008 se colocó en Insurgentes Sur, poco antes de llegar a Tlalpan, una escultura de un perro famélico llamado Peluso, que representa a un can maltratado. Aunque parezca broma, en México hay un monumento al perro callejero.

Probablemente nuestra clase gobernante y una buena parte de la ciudadanía no se percatado aún de que la construcción indiscriminada de monumentos, lejos de ser una herramienta útil para la propaganda de valores y hechos históricos, hoy en día es contraproducente para quien los construye. La degradación del monumento como instrumento de comunicación social es un fenómeno que no solamente se verifica en nuestro país. En casi todo el mundo las esculturas en el espacio público generan molestias y rápidamente adquieren motes ridículos, que nulifican el potencial real de su efecto simbólico. Parece que no olvidamos que el siglo XIX terminó hace ya 115 años.