La crítica: De la mano del dolor

El escritor Pérez Gay mantiene con vida a su hermano en su "informe triste"
Rafael Pérez Gay, "El cerebro de mi hermano", Cal y Arena, México, 2014, 142 pp.
Rafael Pérez Gay, "El cerebro de mi hermano", Cal y Arena, México, 2014, 142 pp. (Especial)

México

Cuando la muerte nos persuade, aquella sentencia de que la felicidad no es otra cosa que lo acontecido entre desgracia y desgracia se ejecuta. Está la opción de entregarse a ella, es cierto, de hacer nuestro el epígrafe revueltiano y mirarla como un acto infinitamente amoroso: como quien se abraza a un sentimiento, luego a otro, y a otro, y muchos más, aunque en realidad haciéndolo al único, existente o no. Qué importa que tu puñal se me clave en el riñón, pregunta José Martí, si existen versos (esperanzas) más fuertes, contesta. Qué importan distancias y desencuentros entre personas que se aman si éstas alcanzan, diría el doctor José María Pérez Gay (1943-2013) a su hermano Rafael, ese ánimo eterno bautizado estar juntos.

Catorce años menor que el primero, Pérez Gay recién publicó un informe acerca del periodo de enfermedad y deterioro que el doctor padeciera durante los últimos tiempos de su vida. Crónica memoriosa así llamada, informe triste, puesto que da cuenta de las estaciones físicas y emocionales de ambos para convertirse en espejo de realidades, consecuencia que los terceros habremos de recibir como el mejor producto literario. “Pensé que enterraría a mi hermano con este informe –escribe Pérez Gay en El cerebro de mi hermano– y sólo logré mantenerlo con vida. Me di cuenta de que era absurdo el trabajo que me había propuesto, sin ruta y sin meta, como si me moviera en círculos, como sucede cuando se busca la invención de la realidad. Hay que dejarlo ir”.

Ubicable en los espacios de la ciudad grande, la familia clasemediera y la literatura e intelectualidad mexicanas, me parece que este informe de Pérez Gay debería leerse buscando en él algo más allá de la evolución final (rara adjetivación) del doctor. Más bien en el justo sitio de una hermandad que dispara sus destellos a diferentes momentos, recobrados mediante el ejercicio de la siempre caprichosa y desordenada memoria. Parentesco que el autor de El cerebro de mi hermano define como el de dos niños que juegan a ser eternos. “Ante el ataúd de mi hermano recordé que cuando yo tenía seis años y él veinte, montábamos un arte dramático en el cual él era el Santo y yo Blue Demon. En algún lugar siempre seremos esos dos enmascarados”.

Aprender a vivir…, aprender a morir…, termina (evocando a Flaubert) recordándonos Pérez Gay.

¿Queda algo?

Quizás la respuesta martiana: los versos, dulce consuelo, siempre de la mano del dolor. 

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Por “El cerebro de mi hermano”, Rafael Pérez Gay (Ciudad de México, 1957) es ya Premio Mazatlán de Literatura 2014.