La crítica: El interior marginal

Los libros no son ajenos a la aplanadora neoliberal.
Los libros no son ajenos a la aplanadora neoliberal. (Archivo)

México

Para Ernesto Kavi


En una reciente conversación que sostuve con un importante editor literario, le conté la trama de la novela que estaba por aparecer de un respetado escritor mexicano. Su respuesta fue simplemente “Pff. Venderá 80 ejemplares”. Fin de la conversación.

Hace aún más poco hablaba con un amigo editor que está en vías de consolidar un incipiente pero exitoso proyecto editorial. Discutíamos autores, tirajes, portadas, diseños de colección y muchos otros elementos del proceso de edición, cuando no pudo resistir más y me soltó la pregunta: “Puta madre, ¿y cuándo se hace dinero en este oficio?”. De nuevo, fin de la conversación.

Quizá no debería resultar sorprendente constatar en el mundo de los libros lo que ya ocurre en prácticamente todas las esferas de la vida cotidiana. Después de todo, autores como Michel Foucault, Phillip Mirowski, David Harvey y otros han expuesto que el neoliberalismo es ante todo un sistema filosófico, una concepción específica del ser humano, de su relación con el entorno y, sobre todo, con el resto de los seres humanos. A partir de esa concepción del individuo egoísta, cuyo único fin es proporcionarse a sí mismo la mayor cantidad de bienestar posible, el pragmatismo y la mercantilización rampantes, la idea de que la tierra y el trabajo (es decir, la naturaleza y los seres humanos) son tan solo dos productos más a ser intercambiados en el mercado, son corolarios que permiten comprender la
ideología dominante en el mundo en el que vivimos. Es común oír hablar a la gente de la importancia de “saber venderse”, paso último en el proceso de interiorización de uno mismo como mercancía cuyo valor hay que saber explotar. ¿Por qué iban entonces los libros a permanecer ajenos al paso de esta aplanadora, que se arrollaría incluso a sí misma con tal de que eso incrementara en otro poco los beneficios monetarios esperados?

And yet…, quizá como reacción inconsciente a todo lo anterior, continúa existiendo un vibrante submundo de creyentes en aquello que Yves Bonnefoy llama “el territorio interior”, ese paraje que si bien ni el propio lenguaje alcanza a nombrar o comprender, es esa misma conciencia de la imposibilidad la que alimenta el anhelo de seguirlo intentando y explorando. Son ellos quienes hacen posible que el juego de los libros continúe, contra todo dato mortífero y contra todo pronóstico sombrío, y también son ellos quienes probablemente seguirán ahí cuando los gerentes que dominan nuestra época se hayan retirado a un olvido tan gris como sus propias existencias.