La crítica: El hijo de mi padre

Escrita, dirigida y actuada por Adrián Vázquez, nos encontramos con una dramaturgia intensa y elaborada que siempre tiene en cuenta al receptor.
Dramaturgia intensa.
Dramaturgia intensa. (Alma Curiel)

México

Adrián Vázquez es un actor dueño de sus herramientas y con un poderío al que no llega el promedio de sus colegas. Con un pie en Tijuana y otro en Xalapa, ha construido una carrera esculpida en piedra y casi a prueba de balas. La tentación de triunfar en Chilangolandia lo hace titubear, pero le regala más a los escenarios regionales regresando a poner un alto ejemplo de nivel artístico para que sus compañeros de oficio intenten alcanzarlo. Ha hecho un camino construyendo unipersonales en los cuales además afina la pluma y se hace cargo de la dirección escénica él mismo, lo cual no solo es difícil sino prácticamente insólito. Insólito no porque no haya quienes intentan pichar, cachar y batear sino porque lo hace bien, y eso sí es raro. Con No fue precisamente Bernardette y Los días de Carlitos se volvió un artista imprescindible en los precarios corredores de giras.

Con El hijo de mi padre, escrita, dirigida y actuada por él, nos encontramos además con una dramaturgia intensa y elaborada que siempre tiene en cuenta al receptor. Es un viaje emotivo y brutal por los caminos de la infancia de Chimino, su protagonista. Adrián se desdobla en por lo menos 15 personajes para crear el universo ficcional en el que Chimino se mueve. La calidad del trabajo corporal y vocal se acota además a una tabla de no más de 60 por 90 centímetros. En esa pequeña tabla (espacio escénico) se re-construye la periferia de la Tijuana de hace 30 años, y podemos sentir la tierra y el olor permanente a obra negra de casas siempre inacabadas. El viaje de Chimino hacia la adolescencia es una radiografía de la crueldad y los miedos infantiles que muchas veces son ignorados por los adultos. El espectador entabla de inmediato empatía con los muchos personajes y, de hecho, reacciona ante la aparentemente divertida y simpática historia que comienza a desenvolverse con solo un guiño de amargura cuando se menciona al padre de Chimino. El espectador, pues, ríe en empatía absoluta, para terminar helado, golpeado en las tripas y el corazón. Cuando la construcción estructural avanza y lo divertido se torna brutal, en el teatro puede oírse la caída de un alfiler. Es una obra que inevitablemente nos enfrenta a nuestros demonios de la infancia. No hay manera de que alguien se sienta a salvo.

El hijo de mi padre es una de las mejores puestas en escena que puede usted ver en este fin de año en la Ciudad de México. Quedan únicamente dos funciones, los próximos lunes 9 y 16 a las 20:30 horas, en el Foro El Bicho, Colima 268, colonia Roma. No se atreva a perdérsela.