La crítica: los guiones de José Emilio /I

El poeta también se aventuró a la dramaturgia cinematográfica, la prueba de ello podemos encontrarla en producciones como El castillo de la Pureza, de 1972.
Maldad enfermiza.
Maldad enfermiza. (Especial)

México

La poesía, el ensayo y la crónica novelada son el principal legado que deja José Emilio Pacheco; cabe mencionar que también incursionó en el sinuoso camino de la dramaturgia cinematográfica con muy buenos resultados —sin duda, los más sobresalientes de Arturo Ripstein—: El castillo de la pureza —título tomado de un ensayo de Octavio Paz sobre la obra de Marcel Duchamp—, El Santo Oficio, Foxtrot y El lugar sin límites —esta última película  basada en la obra homónima del chileno José Donoso.

¿Cuáles son los temas que aborda José Emilio en su obra cinematográfica? Hay un leitmotiv que se hace constante: el horror de la intolerancia, tan actual como universal; en El castillo de la pureza, Gabriel —interpretado de manera soberbia por Claudio Brook— es un jefe de familia que no soporta el contacto con el mundo exterior y obliga a sus hijos y esposa a permanecer encerrados por 18 años trabajando un raticida que se vuelve ineficaz.

Los autores logran convertir a Gabriel en un personaje conmovedor por contradictorio, atormentado por la dualidad: es incapaz de respetar el orden que intenta establecer en su casa dándose el gusto, cuando sale a la calle, de comerse unos tacos de carnitas cuando prohíbe a su familia comer carne, asiste con prostitutas y, sobre todo, es mentiroso.

La intolerancia en El castillo de la pureza está sustentada por un poder y autoridad despóticos, de un fascismo abrumador. ¿Cómo es posible encerrar a los hijos en un cuchitril porque se distrajeron o hablaron a la hora del trabajo? La respuesta es por una misantropía galopante, imposible de detener y que, irremediablemente, conduce a la locura.

Así como nos embarga la nostalgia cuando leemos la crónica apasionada de cómo era el Río La Piedad en Las batallas en el desierto, en El castillo de la pureza la crónica también es apasionada pero dolorosa, pues se basa en una familia real que conoció el escritor y periodista, y le dio las herramientas dramáticas para escribir una película que nos mantiene a la expectativa de cómo suceden los acontecimientos y cuál será el futuro de semejante familia.

José Emilio Pacheco y Arturo Ripstein logran desde el guión una atmósfera claustrofóbica, húmeda, bien traducida por el trabajo de escenografía y ambientación que hicieron don Manuel Fontanals y doña Lucero Isaac en los foros de los Estudios Churubusco; ahí se logra un diluvio de catástrofes que encierra la paradójica meticulosidad de Gabriel, la que anuncia el devenir de una maldad enfermiza que raya en la demencia.

El castillo de la pureza (México, 1972), dirigida por Arturo Ripstein, con Claudio Brook y Diana Bracho.