La crítica: gobernar la ciudad

Indudablemente la ciudad la creamos sus habitantes: nosotros somos quienes le damos vida, vivimos de ella y somos los responsables de su correcto desarrollo.
Paseo de la Reforma (DF).
Paseo de la Reforma (DF). (Especial)

México

¿Alguien sabe con exactitud cómo se creó nuestra ciudad? Lo dudo mucho, y quizá podríamos especular respondiendo parcialmente a esta pregunta con los datos que nos aporta la historia de cada uno de sus periodos. Indudablemente la ciudad la creamos sus habitantes: nosotros somos quienes le damos vida, vivimos de ella y somos los responsables de su correcto desarrollo. Algunas personas entre nosotros han decidido dedicarse a la administración pública. Para tener acceso a los cargos en el gobierno de nuestra ciudad, estas personas hacen política. Se afilian a partidos o presentan candidaturas independientes a las elecciones, y quienes las ganan se convierten en legisladores, asambleístas, ediles, presidentes municipales, jefes delegacionales y alcaldes.

Pero hay que recordar que el gobierno no hizo la ciudad; en el caso de la Ciudad de México, ni siquiera la planificó. Otras ciudades sí tuvieron en mayor o menor medida la participación directa del gobierno para su creación: durante el periodo moderno podemos observar el caso de Brasilia, que fue construida para ser la capital de Brasil,
por mandato directo de su presidente, Juscelino Kubitschek. Nuestra ciudad, en cambio, al menos en los últimos 150 años ha sido construida principalmente por desarrolladores privados. Muchas de las colonias que ahora conocemos, como Santa María la Ribera, San Rafael, Roma o Condesa, en algún tiempo fueron las haciendas de la Teja, de la Condesa, el rancho Santa María o el pueblo de Romita. Sus propietarios comenzaron a fraccionar sus terrenos agrícolas a mediados del siglo XIX por el crecimiento demográfico que observaron en la ciudad y la necesidad de nuevas viviendas.

Después de la fundación de nuevas colonias, éstas se complementan por la infraestructura, las calles, las plazas, el drenaje, la electricidad y demás servicios que construye y administra el gobierno. También el gobierno se encarga parcialmente de proveer el equipamiento urbano, como las escuelas y hospitales.

Los ciudadanos hemos caído en el estancamiento, nos hemos creído las promesas de campaña de los políticos y, como no han sido cumplidas, nos hemos dedicado a señalarlos con el dedo, sin contribuir a la solución de nuestros problemas. Estoy convencido de que podemos hacer mucho más por la ciudad en las calles que en las urnas, contribuyendo a la limpieza, el orden, el respeto mutuo y la solidaridad, sin necesidad de que intervenga el gobierno. Nuestro deber ciudadano no lo puede suplir nadie más: los gobernantes son simples administradores que están al servicio de los ciudadanos, y nosotros debemos elegirlos, cuestionarlos y pedirles cuentas, para que la ciudad siga siendo nuestra.