La crítica de espacios: Gran silencio

Gracias a mi colega Luis Felipe Ortega, he entrado en contacto con dos excelentes documentales.
La Gran Cartuja, en los Alpes suizos.
La Gran Cartuja, en los Alpes suizos. (Especial)

El espacio arquitectónico no tiene banda sonora: se percibe mediante el silencio. Los ruidos exteriores y la saturación de sonidos solamente contaminan y dificultan la percepción del espacio. La arquitectura encierra un gran vacío silencioso, que se va llenando poco a poco, cuando resuenan los pasos de las personas, el agua, el aire o las conversaciones que lo atraviesan. El espacio no existe en sí mismo, se crea por los límites que se le imponen al aire, lo que conocemos como espacio abierto, nunca es infinito, siempre estará delimitado por el horizonte, por la bóveda del cielo, por las montañas lejanas. El sonido nos ayuda a constatar los límites con los que se produce el espacio, ya que rebota y reverbera contra los muros, o bien hace eco con las laderas de un valle, o simplemente se pierde en la inmensidad del mar.

El compositor estadunidense John Cage (1912-1992) compuso en 1952 una pieza silenciosa titulada 4’33” (4 minutos y treinta y tres segundos), con la cual demostró que el silencio absoluto es imposible. La pieza pone en alerta a la audiencia, quien escucha los sonidos ambientales del espacio arquitectónico donde se ejecuta, esperando escuchar música. El mismo Cage decía: “La música nunca cesa, solo dejamos de escucharla”.

Gracias a mi colega Luis Felipe Ortega, he entrado en contacto con dos excelentes documentales. El primero de ellos se titula Rastro sobre el agua (A Trail on the Water, 2001), de Bettina Ehrhardt, que trata sobre la relación entre tres músicos italianos: Luigi Nono, Maurizio Pollini y Claudio Abbado, quienes ejecutan composiciones experimentales, las cuales se relacionan específicamente con los espacios donde se llevan a cabo los conciertos.

El segundo documental, producido en 2005, lleva por título El gran silencio (Die große Stille). Su director, Philip Gröning, decidió filmar la vida cotidiana de los monjes que habitan la Gran Cartuja, un monasterio en los Alpes franceses. La tarea no fue del todo fácil, ya que el Prior tardó dieciséis años en decidir el momento adecuado para admitir al cineasta dentro de la cartuja, donde la disciplina y el silencio de los religiosos son sus más preciados tesoros. Gröning no añadió ningún sonido (música o voz) por encima de la grabación ambiental de la película, solamente se escuchan los sonidos interiores del monasterio, que incluyen los cantos polifónicos de los monjes.

Ambas producciones presentan modos experimentales de reflexión sobre la relación entre el sonido y el espacio. Si bien el espacio arquitectónico solamente se percibe de modo absoluto cuando se encuentra vacío, la música se aprecia de manera total gracias al silencio.