La crítica de espacios: Elogio de lo inútil

La razón por la cual la experiencia del Highline pasó desapercibida para mí en su momento es que es evidente que carece de las dimensiones y potencialidad espacial para ser un parque público en ...
Highline Park, en Nueva York.
Highline Park, en Nueva York. (Joel Sternfeld)

México

Hace cuatro años visité el Highline Park en el distrito de Chelsea en Nueva York; debo admitir que en su momento el proyecto no me causó una gran impresión. En 2009 había sido inaugurada la primera etapa del proyecto de rescate como parque público del antiguo ferrocarril elevado, que funcionaba con trenes de mercancías en la década de los treinta, pero había ido perdiendo uso gradualmente y fue definitivamente cerrada en 1980. La segunda etapa del proyecto, diseñado por James Cornerm, como paisajista, y Diller, Scofidio y Renfro como arquitectos, fue inaugurada en 2011, y parece que ha detonado un auge inmobiliario en la zona, además de proveer un ambiente agradable para sus usuarios, que viven en el frenético ambiente urbano de aquella gran ciudad.

La razón por la cual la experiencia del Highline pasó desapercibida para mí en su momento es que es evidente que carece de las dimensiones y potencialidad espacial para ser un parque público en una ciudad de 20 millones de habitantes. El espacio es insuficiente para albergar a sus usuarios, lo cual ha hecho inviable la enorme inversión económica que supuso la obra. La revisión de las fotografías del estado en que se encontraba la vía antes de ser remodelada, me sirve de apoyo para indagar más a fondo el por qué de la carga poética de las ruinas. Son especialmente evocativas las imágenes captadas por Joel Sternfeld (fotógrafo neoyorquino nacido en 1944), tomadas entre 2000 y 2001, que conforman una extensa serie fotográfica titulada Walking on the Highline. En las fotografías se aparecía el espacio de la vía elevada en estado de abandono, en calidad de ruina urbana contemporánea con plantas silvestres y sin ninguna utilidad ni como eje de transporte ni como parque urbano.

El Highline fue durante treinta años un espacio inútil, pero bellísimo. Una especie de terreno baldío elevado a seis metros por encima de la realidad urbana. Un lugar donde la naturaleza recuperó temporalmente su territorio, anteriormente despojado por el hombre, en el cual crecieron plantas a su antojo y vivieron animales sin la amenaza humana. Durante ese tiempo, era ilegal acceder a la vía, pero no pocos artistas aventureros como Sternfeld compartieron su espacio secreto con los “sin techo” que proliferan en la ciudad, y también con agricultores urbanos clandestinos, que sembraron hortalizas sobre la obsoleta infraestructura. Ahora está impecablemente readaptada, con todas las normas de seguridad y acceso universal; incluso se puede decir que es un proyecto ecológicamente correcto pero, paradójicamente, al ganar utilidad y sentido perdió toda su cualidad poética.