La crítica: El encierro millonario

El que las cárceles sean ahora un negocio en países como Estados Unidos, desafía a todo criterio coherente de ética y moralidad.
Las cárceles.
Las cárceles, un negocio. (AP)

México

De los modos de producción de cada época se desprenden una serie de prácticas que en su momento son vistas como inevitables, pues son lo que la enorme mayoría de personas ha conocido a lo largo de sus existencias, y de ahí que muchas veces la queja tenga un aire de resignación, como lamentando la suerte que le tocó a cada quien en la vida, justo como si fuera un rasgo tan inalterable como la estatura y el color de piel. Cuando se producen transformaciones históricas, las épocas posteriores a menudo consideran con horror algunos de los rasgos de la precedente, quizá en parte como mecanismo para no mirar los horrores de la propia. Así vemos, por ejemplo, la película Doce años de esclavitud con el estómago atravesado, incrédulos ante el tormento legalizado a partir del comercio y la propiedad de otros seres humanos como esclavos, pero no necesariamente aplicamos los mismos criterios para rasgos de nuestra sociedad que son igualmente espeluznantes.

El que las cárceles sean ahora un negocio en países como Estados Unidos —tan rentable que incluso cotiza en la bolsa de valores y reporta ganancias millonarias— desafía a todo criterio coherente de ética y moralidad. Es fácil imaginar a los jóvenes ejecutivos trajeados en reuniones sobre cómo incrementar los beneficios de la empresa, por ejemplo comprando alimentos más baratos y de peor calidad.

De la misma manera, en Europa se están presentando propuestas para cobrar a los presos una cuota fija por su estancia en las cárceles, para que al Estado no les cueste tenerlos privados de su libertad, convirtiendo con ellos a las cárceles en campos de trabajos forzados, donde los presos deben trabajar para pagar por el privilegio de estar hacinados en condiciones infrahumanas. Estas medidas se fundamentan generalmente en el concepto de la culpa, pues el razonamiento es que si los presos delinquieron entonces entran en una categoría subhumana (como los esclavos), y lo lógico es que trabajen para pagar su subsistencia. Lo que este argumento pasa por alto es que es a menudo la propia sociedad la que crea a los criminales a los que ahora se les quiere convertir en un producto que genera ganancias millonarias y ahorra dinero a las arcas públicas.

Es irrefutable la relación estadística entre crimen y estrato social. ¿Será entonces que los pobres son más malvados de nacimiento y por ello delinquen más? Al parecer sí, y entonces como escarmiento final su encierro enriquece otro poco a miembros de la clase cuya explotación social es en buena medida la causa original del crimen mismo.