La crítica: elogio a la penumbra

Al penetrar en la basílica del santuario franciscano de Aránzazu, en lo alto de las montañas de Guipuzcoa, el ojo tiene que adaptarse lentamente a la oscuridad.
Santuario franciscano de Aránzazu.
Santuario franciscano de Aránzazu. (Especial)

México

La arquitectura es, sin duda, “El juego sabio y correcto de los volúmenes bajo la luz”, como escribió el arquitecto suizo Le Corbusier. Sin embargo, la espiritualidad mayor de un espacio religioso se consigue en un punto liminal entre la luz y la penumbra. Al penetrar en la basílica del santuario franciscano de Aránzazu, en lo alto de las montañas de Guipuzcoa, el ojo tiene que adaptarse lentamente a la oscuridad y, según se va afinando la percepción visual, se descubre un magnífico espacio arquitectónico, en el cual su arquitecto, Francisco Javier Sáenz de Oiza, consiguió la máxima serenidad. Visitando esta obra confirmo una vez más la necesidad de la experiencia corporal del espacio arquitectónico, ya que las fotografías jamás serían capaces de transmitir dichas sensaciones. Incluso sus torres, cubiertas de piedra caliza tallada en punta de diamante, causan un efecto muy distinto al apreciarse de cerca, donde adquieren una fuerza geométrica mayor que en las imágenes publicadas hasta ahora.

El santuario se comenzó a construir en el siglo XV, con muchas dificultades económicas; después de tres incendios que arrasaron con el edificio en distintas épocas, se construye la nueva basílica en 1955. La obra queda totalmente terminada en 1969 cuando se completa la fachada compuesta por las esculturas de Jorge Oteiza y las puertas de hierro del escultor Eduardo Chillida. También es notable el trabajo del pintor Lucio Muñoz, encargado de la decoración del ábside, que fue realizada en bajorrelieve muy al estilo de Le Corbusier. Por último las vidrieras en tonos azules, obra de fray Javier Álvarez de Eulate, y las pinturas de Néstor Basterretxea en la cripta complementan magistralmente el espacio religioso de la basílica.

Tomando en cuenta el clásico ensayo de Junichiro Tanizaki “El elogio de la sombra”, escrito en 1933, esta obra parece estar revirtiendo el paradigma occidental de la belleza, que estuvo siempre ligado a la luz. En la estética tradicional japonesa, lo esencial está en captar el enigma de la sombra. Lo bello no es una sustancia en sí, sino un juego de claroscuros producidos por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que van formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra.

En la historia de la arquitectura moderna, que tiene notables ejemplos de espacios religiosos como el monasterio de La Tourette, de Le Corbusier (1957), en Francia, y la capilla del convento de la Capuchinas en México, obra del arquitecto Luis Barragán (1960), ciertamente no ha hecho justicia suficiente a la obra de Sáenz de Oiza, que permanece como una joya en bruto.