La crítica: El desengaño ontológico

Como sucede con toda obra monumental, Guerra y paz de Tolstói puede leerse en muchas claves, pues es como un árbol con un tronco grueso, firme, plagado de matices y rugosidades.
León Tolstói.
León Tolstói. (Especial)

México

Como sucede con toda obra monumental, Guerra y paz de Tolstói puede leerse en muchas claves, pues es como un árbol con un tronco grueso, firme, plagado de matices y rugosidades, a la vez que a lo largo de sus más de mil páginas se disparan decenas de ramas que a su vez se encuentran y se separan entre sí. Sin embargo, a mi parecer una de las claves de lectura que más salta a la vista es, por un lado, el desengaño existencial que parecen vivir la mayoría de sus personajes y, estrechamente relacionado con esto, la eterna discusión filosófica sobre qué tanto de nuestro destino es azaroso y qué tanto es necesario.

El príncipe Andréi Bolkonski parte del hastío ante su vida de hombre casado, tiene una epifanía al ver el cielo azul mientras yace moribundo en el campo de batalla, renace para enamorarse de Natasha, y vuelve a sumirse en una especie de tranquila amargura existencial frente al desengaño amoroso. Pierre Bézujov comienza como un libertino hijo ilegítimo, para convertirse en un respetable noble al heredar una gran fortuna, se entusiasma con la masonería y su promesa de conocimiento trascendental, y termina de nuevo en la abulia al percatarse de lo vacío de las formas sociales a las que consagra su existencia. Natasha, la princesita Bolkonski, la princesa María, el anciano padre de Andréi, Nikolái Rostov, todos pasan por ciclos de euforia e ilusiones para instalarse finalmente en el desencanto existencial. Sin embargo, el gran vislumbre de Tolstói es que en general no es ni el horror ni la tragedia lo que los desengaña, sino la inanidad del trajín cotidiano, que con el peso de su repetición va erosionando cualquier valor que pudieran asignarle. Paradójicamente, es la guerra y la desventura lo que parece conferirles vida, pues provee de una Causa en la que creer y por la cual luchar, que les permite escapar momentáneamente del sopor que los asfixia.

Tolstói coquetea con el determinismo de nuestro propio carácter, pues considera que es debido a la “ley de la falsificación de la imaginación” que a posteriori nos imaginamos que hicimos las cosas por nuestra propia voluntad, y el margen de azar se lo deja a la “ley de la coincidencia de fenómenos vitales externos”. Su narrador omnisciente aparece como un sabio imperecedero, a ratos mordaz y a ratos compasivo al contemplar la cíclica comedia que se desarrolla ante sus ojos, condenada de manera ontológica a repetirse sin cesar, pues “la principal fuente de los errores humanos es la búsqueda y la determinación de las causas de la aparición de la vida humana”.