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Martes , 25.09.2018 / 14:42 Hoy

Crítica de música: Podría ser la última vez

Mi amigo Jorge Caballero, sin duda cegado y ensordecido por la emoción, escribió en La Jornada que “los británicos están en el mejor momento de su carrera: tocan como dioses”.

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En 1963, cuando Andrew Oldman asistió a un concierto de los Rolling Stones, asegura Bob Stanley en su muy recomendable libro Yeah! Yeah! Yeah! La historia del pop moderno (Turner Publicaciones, 2015), lo que vio “fue una estampada futurista, una amalgama de ruido e imagen. En segunda línea picaban piedra tres currantes —Wyman, Watts, Stewart— y delante resplandecían las tres estrellas, Jagger, Richards, Jones”.

Cincuenta y tres años después, los Stones, grupo descubierto por Oldman, siguen en pie. En la segunda línea permanece Charlie Watts, pero Bill Wyman fue sustituido desde 1993 por otro Jones, Darryl, bajista que no goza del pleno reconocimiento como Stone, mientras que, en los teclados, el lugar de Ian Stewart —fallecido en 1985— es ocupado por Chuck Leavell. Delante las estrellas de Mick Jagger y Keith Richards todavía brillan a sus 72 años, acompañados por el guitarrista Ron Wood, que tiene apenas 68.

Los Rolling Bones —como les llama una amiga británica, casi contemporánea— estuvieron en México y, pese a los pronósticos de que podríamos ver a un grupo decadente, la banda todavía satisface. Mi amigo Jorge Caballero, sin duda cegado y ensordecido por la emoción, escribió en La Jornada que “los británicos están en el mejor momento de su carrera: tocan como dioses”.

Claro que junto con más de 50 mil espectadores disfruté de una fiesta sonora constituida por una infatigable retahíla de éxitos, desde “Jumpin’ Jack Flash” hasta “(I Can’t Get No) Satisfaction”, pasando por “Brown Sugar”, “Let’s Spend the Night Together”, “Paint it Black”, “Honky Tonk Women”, “You Can ‘t Allways Get What You Want” y otras.

Mientras otros grupos de los sesenta se han retirado y otros tocan lastimosos conciertos en foros de poca monta, los Rolling Stones gozan de buena salud. A pesar de que Jagger no se la pasó corriendo todo el tiempo por el escenario, todavía trota con asombroso paso y, con buena voz, se le vio animando un espectáculo que es digno de los Récords Guiness (en 2007 entraron en la lista al obtener 437 millones de dólares por la gira A Bigger Bang). Hasta se le perdonan a Richards algunas fallas en la memoria, que el guitarrista se tomó a guasa.

Al concluir el concierto pensé que, como dice la letra de una de sus primeras canciones: “this could be the last time”. Resulta difícil predecir cuántos años más podrán dar conciertos con tan grandiosa dignidad. Una retirada a tiempo cerraría un memorable capítulo de la historia de la música del siglo XX, que todavía se escucha en el XXI.

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