La crítica: Un comunista en calzoncillos

En novelas como Un comunista…, de estructura moderna y propositiva, los recuerdos de la autora juegan un papel central.
Claudia Piñeiro, "Un comunista en  calzoncillos", Alfaguara, Argentina, 2013, 198 pp.
Claudia Piñeiro, "Un comunista en calzoncillos", Alfaguara, Argentina, 2013, 198 pp. (Especial)

México

Existen verbos cuyas connotaciones se vuelven trágicas en estos tiempos. Desaparecer, es el caso. Hasta antes de los años de las dictaduras del cono sur, éste se utilizaba “sin pensar en su significado más atroz, más aberrante”. Llegado el terror, no hubo ciudadano argentino, uruguayo, chileno, brasileño… que no se lo pensara dos veces al momento de incorporarlo a su vocabulario. Tampoco los pequeños, como lo recrea Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960) en Un comunista en calzoncillos, su nueva y personal novela ya en circulación en nuestro país.

Dije personal, quise decir personalísima. Sin que ello sobresalte al lector. Puesto que Un comunista…, historia que vuela hacia los más añejos recuerdos de la protagonista, a la vez su autora, se sostiene y proyecta en el entendimiento de los significados infantiles, más bien escasos —sino es que únicos—, y en especial en el de la observación del padre. “Centro de mi mundo”, sí. Pero también corazón de las hechuras literarias de Piñeiro; de ese conjunto de libros que de lo más privado saltan a la colectividad (Las viudas de los jueves, Elena sabe, Las grietas de Jara, Betibú).

En novelas como Un comunista…, de estructura moderna y propositiva, los recuerdos de la autora juegan un papel central. Pero no como registros exactos, que bien pudieran serlo, sino como elementos que al ser recuperados nos muestran diferentes caras. Decisión de Piñeiro que se afirma en tantas otras, como lecturas posibles, abiertas. Quizás por esto el juego de cajas chinas. Las infinitas cajas chinas de la literatura, de esta nueva novela y de la memoria.

“El recuerdo”, dice Piñeiro al final de la historia, “puede ser falaz, una mezcla de datos ciertos en inciertos que se fusionan casi como en un sueño. Y al que muchas veces nos resistimos a contradecir y modificar aunque una foto, una nota periodística o los recuerdos de otras personas o de otros tiempos los pongan a prueba. Porque los recuerdos son nuestros, entonces en ellos no hay verdad ni mentira. Recuerdos encubridores”.

La niña de aquel Buenos Aires de los setenta recordará al comunista que fue su padre, un comunista en calzoncillos, “enfático pero no practicante”, para volver a mirarse en la vida: “sucesión de actos miserables interrumpidos por unos pocos y pequeños actos heroicos” y donde, en “el promedio de todos ellos”, logrará sentir esa cosa llamada dignidad. “Donde queremos que al menos un testigo nos sepa dignos. Aunque no lo seamos”.