La crítica de cine: Sangre y remisión

“¿Diente, ojo o uña?” le pregunta el verdugo, tan llorado a su muerte por quienes hoy nos gobiernan.
El Pabellón 6.
El Pabellón 6. (Especial)

México

Aunque en el albergue lo tuteen, don Carlos Francisco Castañeda de la Fuente se echó un pulso con el Presidente. No pudo quitarle la vida; sí vencerlo por lo íntegro. Dos personalismos: el uno, omnímodo; el otro, débil. Dos preparativos: el uno, para la masacre; el otro, para el castigo. Al “hemos sido tolerantes” corresponde la compra de la pistola. Ahí donde asume el mandatario su responsabilidad, actúa don Carlos motivado “por la matanza de los estudiantes”. Si “de lo que más se enorgullece” el comandante en jefe de las fuerzas armadas es de la muerte de ciudadanos inermes, don Carlos tampoco vacila: tras 23 años de vejaciones, declara: “no me arrepiento”.

En el albergue suena una música guapachosa. A don Carlos, viejo y solitario, le recuerda la vez que una señora se puso a bailar en un vagón del metro. “Y entonces yo también le hice así”: don Carlos se mece apenas, sin mover los pies, sin acercarse a su pareja invocada. La cámara festeja su gracia, mientras un compañero le contempla, maternal. La guapachosa se va perdiendo en el tema de la película, mientras la cámara se desplaza hasta el patio donde bailan juntos dos indigentes. Bailan envueltos en una lejanía agudizada por la asincronía de sus pasos con esta música que solo nosotros, los bien comidos, escuchamos.

Dos metáforas articulan el aporte y examen de pruebas: el cristal manchado en el que vemos —como porespejo, en obscuridad— el metraje histórico de Tlatelolco y del centro psiquiátrico; y el haz de luz que penetra las tinieblas. De repente la imagen se invierte y la gotera se encharca por lo alto. La alambrada se tensa contra un cielo de sangre. Las nubes se detienen, pero el tráfico sigue rodando.

“¿Diente, ojo o uña?” le pregunta el verdugo, tan llorado a su muerte por quienes hoy nos gobiernan. Amarrando a don Carlos por los testículos, lo arrodilla de un tirón y le manda rezar el credo.

A don Carlos, vuelto fetiche, le dedican un edículo para él solo, celda blindada donde torturarlo. Sin papeles. Entre cuates. Como hoy.

Curioso que el fotógrafo que registra el Siluetazo —otra forma de hacer presente lo arrancado— haya documentado antes a los internos de un psiquiátrico. Modalidades de desaparición forzada. Por nuestras calles deambulan vidas destrozadas a golpe de fármacos. Vidas opositoras. Pero si en Argentina muere en la cárcel el represor, aquí no. Aquí sigue al mando. Y sigue matando.

El paciente interno, en cartelera. El Siluetazo, en el MUAC.