La crítica: Del caos al karaoke

Álbum Iscariote es “una suerte de monstruo de Frankestein, tramado con borradores de poemas que nunca logré concluir”, según el poéta Julián Herbert.
Álbum Iscariote. Julián Herbert. CNCA/ERA México, 2013.
Álbum Iscariote. Julián Herbert. CNCA/ERA México, 2013. (Especial)

México

Julián Herbert (Acapulco, 1971) inició su trayectoria literaria como poeta, luego pasó al cuento y a la novela. Pertenece a la generación de escritores del norte (gran parte de su vida ha transcurrido en Saltillo) que ha contagiado de aires renovadores a la literatura contemporánea. A pesar de que muestra un paisaje sórdido, escenas violentas, personajes que viven en medio de la desolación, no se vale de un discurso lastimero ni prepotente, sino que se preocupa que la prosa fluya en medio de ese laberinto cercano a la barbarie.

Canción de tumba, su anterior libro, es una gran apuesta narrativa y había que asomarse a este poliamorfo Álbum Iscariote, acaso por la curiosidad de toparse de nueva cuenta con la atinada manufactura de lo antes escrito. Sin embargo, se trata de algo distinto: aquí impera la modernidad, la ironía, la crítica social, los homenajes, la impostura, la indignación, la pérdida de la juventud y la zozobra de vivir en un país violento.

¿Qué hace Herbert en este nuevo título? Escarbar en la innovación poética, hallar frases sonoras que irrumpen con un referente cargado de intensidad (al igual que otros recursos polifónicos), interpretar a su manera el Códice Boturini ola Tira de la peregrinación que describe el viaje mítico de los aztecas (de Aztlán hasta el Valle de México) y desacralizar cualquier antecedente poético convencional.

En cierta forma, el punto de partida es la existencia de un caos y retrata un estilo de vida inmerso en una inmediatez exacerbada: el futuro ya no es como antes, ahora es inmediato al igual que la tecnología, la manera en que fluye la información, la realidad virtual, las nuevas rutas y deconstrucciones.

Este álbum está hilvanado con fragmentos, reminiscencias, traducciones, ritmo vertiginoso, momentos lúdicos, furiosos y, como Herbert define, es “una suerte de monstruo de Frankestein, tramado con borradores de poemas que nunca logré concluir”. En “Karaoke” formula un par de homenajes en el estilo de autores que poco tienen en común: Octavio Paz y Juan Gabriel. Con el primero, establece un diálogo a partir del poema “La exclamación” y con el segundo, imita el ritmo de la balada country “En la frontera”.

Habrá detractores de este libro y momentos en que se añore la escritura vertida en la historia sobre la vida y muerte de su madre; no obstante, Herbert es un poeta que ha logrado asimilar y llevar a la práctica lo que una vez sentenció Guillermo Sucre: “La labor del escritor es encontrar, a partir de un lenguaje anterior, una nueva relación, una distinta entonación.” Y ese atisbo de la modernidad lo cumple cabalmente.