La crítica: El brillo de la política

En un proceso llamado “estetización” el ritual político cada vez se asemeja más a esos programas televisivos de concursos o de beneficencia.
Walter Benjamin.
Walter Benjamin. (Especial)

México

Una de las paradojas del enorme descrédito que vive la democracia representativa es que a menudo se confunde el régimen político actual con el hecho de que toda decisión de gobierno tuviera que parecerle adecuada a todo el mundo. Es muy común ver incluso a analistas políticos tildar de ladrones y estafadores a sus representantes electos cuando determinada acción política no les parece. Se llega así a la paradoja de que cada minoría se siente con el derecho a decidir todo el tiempo en el nombre del todo, y se invoca la traición de los representantes al pueblo de manera continua.

Al mismo tiempo, es muy claro que unas minorías son menos minoritarias que otras, y su poder a menudo está dictado por el grado de visibilidad que posean. Desde hace ya algunos años las celebridades son cada vez más visibles en términos políticos, pues comúnmente adoptan alguna causa como bandera para mostrar su preocupación por el resto de los seres que pueblan el planeta. Quizá alentados por la máxima de unirse al enemigo cuando no se le puede vencer, o incluso seducidos en el sentido literal de la palabra (en este momento, ¿cuántos presidentes no sostienen amoríos públicos con mujeres de la farándula?), los políticos se han embarcado en un maridaje explícito con las celebridades, de tal forma que en ocasiones ya resulta difícil distinguir dónde termina un tipo de espectáculo para dar paso al otro.

Además de una trivialización discursiva de las complejidades políticas, se está produciendo algo muy similar a lo que Walter Benjamin denominara “estetización” por parte de los regímenes fascistas, con sus puestas en escena a partir de despliegues de parafernalia simbólica, música, luces, discursos incendiarios, etcétera. Quizá hoy no presenciemos los elementos tétricos de antaño, pero el ritual político cada vez se asemeja más a esos programas televisivos de concursos o de beneficencia, donde se saca partido de la magnánima limosna a los pobres desfavorecidos que lloran de agradecimiento al recibir una despensa o una sala-comedor. Entre tanto, de manera menos estridente, se siguen produciendo transformaciones estructurales para transferir y concentrar riqueza en esa misma élite político-empresarial mediática, que precisamente utiliza a lo que Harry Browne ha denominado “filantro-capitalismo” (o lo que el hijo de Warren Buffet llama “el complejo caritativo-industrial”) para ensalzar aquellas limosnas destinadas principalmente a poder perpetrar el sistema que hace que esas limosnas sean necesarias en primer lugar.